CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Todo menos
pura coincidencia
El veterano
Claude Chabrol abandona por
esta vez el reverso burgués de la Francia de provincias, por el
que se ha movido largo tiempo diseccionando sus miserias con
mano experta, para situar en París su particular visión de un
asunto de plena actualidad, la corrupción en el poder a gran
escala. La cáustica mirada del septuagenario realizador continúa
en plena forma, y para dar forma a una investigación emprendida
por una jueza de instrucción vuelve a contar, en la que
significa su séptima colaboración, con la complicidad de
Isabelle Huppert, un nombre
indisolublemente vinculado a su cine.
La conocida ironía del director asalta
la cita que abre la película: “cualquier parecido con personas
existentes es, como suele decirse, pura coincidencia”. Al
parecer, “Borrachera de poder” se inspira en un escándalo
financiero en Francia a mediados de los 90 de proporciones
astronómicas, cuestiones que no nos son en absoluto lejanas
como malversación de fondos, comisiones en cadena o desvío de
capitales destinados a países del tercer mundo. Los sucesivos
interrogatorios a políticos y empresarios en el proceso de
instrucción ponen al descubierto un sistema de corrupción
perfectamente asentado, considerado habitual, e incluso
“justo”, entre quienes detentan esos cargos.
Al contrario de lo que pudiera parecer en
un principio, los detalles de este complicado proceso no
importan demasiado, los hechos delictivos no se conocen de forma
exhaustiva y se ignoran las consecuencias. Chabrol no pretende
realizar una crónica política ni, afortunadamente, una obra "de
juicios". Tan sólo se centra en un periodo concreto de la
instrucción, y se introduce en un terreno relativamente poco
explotado, la intimidad de unos jueces en ocasiones muy
conocidos, pero de los que apenas se sabe nada, más allá de una
vaga imagen apresurada a la entrada o salida de los juzgados. Y
donde otros se hubiesen perdido tratando de explicar los
vericuetos de un sumario inabarcable, su maliciosa mirada
se dirige a algo mucho más concreto, el efecto contaminador del
poder sobre aquellos que de un modo u otro, en distintas
escalas, lo detentan.
|
 |
Como no podía ser de otro modo,
el realizador se siente mucho más interesado por este
trasfondo que por la propia trama, por la transformación
que el poder produce también en la propia jueza conforme
el caso va adquiriendo mayores dimensiones. Esto le
conduce a trazar un matizado retrato de la protagonista,
con más de un claroscuro, que muestra el esfuerzo, incluso
obsesivo, por sacar adelante la investigación, pero
también deja entrever su velado placer al someter a los
encausados a sus implacables interrogatorios, su nada
disimulada satisfacción durante los registros, o el desdén
con el que se refiere a unos implicados a los que
literalmente va a “entalegar”. Este adivinado deleite en
su autoridad sobre los acusados queda sutilmente plasmado
en reveladores detalles, en especial, tal y como señala el
propio Chabrol en una entrevista, en unos guantes rojos
que se enfunda en determinados momentos, símbolo de unas
manos manchadas al ejercer su potestad sobre otras
personas.
El film transcurre casi íntegramente en
interiores, en torno a un círculo muy concreto de personajes
–tan sólo se conoce la repercusión exterior del proceso en
pequeños apuntes mediáticos– que acentúa la sensación de asistir
a aquello que se mueve bajo la pulida superficie. Su sentido del
humor no tiene piedad con la doble moral de los corruptos, a los
que dibuja como fantoches proclives a métodos sucios, más
ridículos que peligrosos. La burguesía, constante objeto de
análisis en su trayectoria, aparece de forma lateral en la
relación de la jueza con su marido y el sobrino de éste, y en
las referencias a su familia política. Si bien es cierto que, en
esta ocasión, estas relaciones en el estamento más arraigado en
la sociedad francesa se quedan en un nivel relativamente
superficial, siendo el aspecto menos logrado de la cinta.
Desde hace
varios años, Chabrol opta por una sencillez formal que le
permite acudir directamente a lo esencial de la trama; una
narración lineal que se sustenta en la creación de atmósferas y
la definición de los personajes mediante unos férreos diálogos.
Vuelve a rodearse del equipo habitual de sus últimas películas,
y de nuevo, del punto de referencia que supone la presencia de
Isabelle Huppert, actriz que por esta vez se aleja de
su imagen glacial, ajustando su dureza con el humor del
cineasta, composición que añade a la galería de personajes
femeninos que ha construido bajo su astuta mirada: la condenada
a muerte de “Un asunto de mujeres”, la desequilibrada empleada
de “La ceremonia” o el vivo retrato de la perversidad de "Gracias por el chocolate".
Se pueden
echar de menos las tramas burguesas y los elementos de intriga
propios de su autor, que logra un film vinculado a la
actualidad, tal vez menos apasionante, pero trasladable en
esencia a cualquier tiempo y lugar. Su escaso interés por
desmenuzar el proceso revela el convencimiento de que la jueza
es tan sólo una pequeña piedra en el camino de una rueda de
corrupción que seguirá girando y que, cada cierto tiempo,
reaparecerá en la superficie. Este enfrentamiento entre justicia
y poder le sirve para continuar investigando bajo la aparente
realidad, una parcela crítica que, de una forma u otra, mantiene
desde hace décadas.
Calificación:
    
Imágenes de "Borrachera de poder" - Copyright © 2006 Aliceléo,
France 2 Cinéma, Ajoz Films e Integral Film. Distribuida en
España por Nirvana. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "Borrachera de poder"
Añade "Borrachera de poder" a tus películas favoritas
Opina
sobre "Borrachera de poder" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"Borrachera de poder" a un amigo
|