CRÍTICA
por
Manuel Márquez
¿Fidelidad a
un estilo o incapacidad para renovarse? Es posible que la línea
de separación –si es que existe– entre ambas circunstancias
creativas sea tan extremadamente delgada que su apreciación se
haga muy difícil; tan difícil, que ni siquiera merezca la pena
ponerse a la tarea de descubrirla. "Borrachera de poder", el
último renglón de ese interminable discurso en celuloide que
Claude Chabrol viene esbozando
acerca de las bondades (superficiales) y las maldades
(subterráneas) de esa elegante y discreta burguesía francesa
–quizá, europea, desde un cierto entendimiento de lo europeo,
ése que lo asocia a lo avanzado, lo culto, lo refinado: la
civilización, en suma–, podría ser, en todo caso, un buen
ejercicio de puesta en práctica de tales descubrimientos, pero
tampoco les garantizo la consecución de resultados.
En cualquier caso, esos resultados
tampoco serían tan importantes; lo verdaderamente relevante
(más allá de cábalas acerca del querer o el poder que radica
en su raíz creativa), es que, ya sea por una u otra
circunstancia, Chabrol insiste con este su último film, una
vez más, en una historia que, combinando en justas dosis
elementos de política (sobre todo), suspense y drama (e,
incluso, alguna gotita de comedia, amén del halo de sarcasmo
que sobrevuela toda la trama), nos ofrece un retrato, tan
estilizado en sus formas como despiadado en sus fondos, de la
sociedad francesa vista desde una atalaya de bastante nivel
(quizá no el de su cúspide, pero sí el de sus aledaños).
Es decir, Chabrol en estado químicamente puro, con lo que eso,
naturalmente, conlleva: si le gustaron sus entregas
anteriores, amigo lector, ésta es, sin duda alguna, una buena
opción; inmejorable, si cabe. En caso contrario, mejor
absténgase (salvo que sea usted un fan incondicional de
Isabelle Huppert: el disfrute
lo tiene asegurado...).
Política; corrupción política, para ser
más exactos. Ése es el elemento central de una trama que pone el
dedo en la llaga de un fenómeno no por extendido, menos
execrable desde un punto de vista moral. En ese sentido, Chabrol
se posiciona claramente, y, aunque no alcanza probablemente la
contundencia de un Costa Gavras (cineasta más “plano” en ese
aspecto, menos dado a los matices y más visceral en sus alegatos
cinematográficos), efectúa una denuncia en toda regla de un
entramado de comisiones, chalaneos, traiciones y corruptelas de
todo tipo y pelaje que, sobre un fondo enmoquetado de corbatas y
trajes de corte exquisito, tienen como protagonistas “facedores”
a venerables y honorables hombres del establishment
gubernativo y empresarial de su país. Evidentemente, no hay
nombres concretos ni referencias claras que nos permitan asociar
los hechos narrados a episodios específicos reales, pero tampoco
es necesario: ya se sabe, a buen entendedor...
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Y como “desfazedora” de tales
entuertos, y protagonista absoluta de la función, una
jueza: una mujer de apariencia física frágil, pero de
energía, empuje y capacidad de trabajo inconmensurables,
que se convierte en el paradigma del David (individual,
sola, limitada) dispuesto a entablar una lucha sin cuartel
y de resultado bastante incierto (no seré yo, al menos,
quien les prive de tal incertidumbre antes de que vean la
película) contra un Goliat (colectivo, difuso, oculto)
que, instalado en las hipocresías y los dobles juegos
morales de las clases dirigentes, resulta muy difícil de
tumbar (y, menos aún, de una sola pedrada). ¿Quién mejor
para dar vida a un personaje de ese perfil que Isabelle
Huppert? La actriz francesa, una de los mejores del cine
europeo actual (y de todos los tiempos, me atrevería a
decir), y por la cual no parecen pasar los años (es
impresionante cómo mantiene ese aspecto juvenil, casi
aniñado, que le proporciona una tremenda versatilidad y un
arco de edades interpretativas amplísimo), vuelve a
ofrecer una lección magistral al servicio de un papel
ciertamente agradecido: positivo (porque, en definitiva,
ella no deja de ser la “buena de la función”, eso es
indudable...), intenso (su presencia en pantalla es
constante, abrumadora casi...) y complejo, rico en matices
(al fin y al cabo, es su personaje el que aporta las
líneas de trama secundaria –centradas en la relación con
su esposo y su sobrino, y cómo éstas se ven gravemente
afectadas por sus avatares profesionales–, que dan más
cuerpo al film). No es fácil encarnar esa mezcla de
fragilidad y soberbia (puede que la segunda sólo sea una
herramienta con que sobreponerse a la primera) con que
la jueza Jeanne se desenvuelve por sus distintos
territorios vitales, y el hacérnosla cercana y creíble,
sin la más mínima concesión al alarde, es un mérito que
hay que adjudicarle al haber de esta magistral intérprete
que es la Huppert.
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En
definitiva, no faltan los argumentos para que esta última
entrega de Chabrol nos dé sobrados motivos de satisfacción
cinematográfica, siempre y cuando asumamos la premisa de que
estamos ante –ya saben– más de lo mismo. Y dado que, huyendo de
los cinismos y dobleces que tan magistralmente retrata el
director francés, no he hecho, a lo largo del texto precedente,
el más mínimo intento de ocultar mis querencias por su cine,
supongo que se nota palpablemente que a mí me gusta, y mucho.
Avisados, pues, quedan...
Calificación:
    
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