CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Regla no escrita número uno del crítico respetuoso con
sus lectores: no desvelar, bajo ningún concepto, aspectos
trascendentales de la trama de la película objeto de la reseña
crítica. Les he de confesar, amigos lectores, que no siempre es
sencillo; es más, en algunos casos, resulta extremadamente
difícil: por ejemplo, a la hora de hablar de "Después de la
boda", séptimo film de la realizadora danesa
Susanne Bier.
En todo caso, y comoquiera que no afecta al estricto cumplimento
de tal regla, sí que me voy a permitir el hacerles una
importante advertencia: si se disponen a verla, vayan preparados
para subir a una montaña rusa emocional de las que producen
vértigos inenarrables. Y, naturalmente, no olviden los pañuelos
–desechables, o no: eso queda a gusto del consumidor–, pues será
complicado que no tengan que recurrir a ellos, y, además, de
manera copiosa.
Con la misma intensidad y contundencia a la hora de escarbar en
las interioridades más duras e inhóspitas del corazón humano que
ya han demostrado ilustres predecesores de su misma
nacionalidad, aunque sin ese punto de mala baba y
reconcentración en el que otros se han regodeado en fecha
reciente (y me viene a la memoria, de inmediato, esa patada en
la tripa que resulta "Celebración" de Thomas Vinterberg, con la
cual, en alguno de sus pasajes centrales, parece que va a llegar
a emparentarse temáticamente), Susanne Bier consigue que
"Después de la boda" termine convirtiéndose, a base de acumular,
en una escala de progresión tan suave como implacable,
situaciones de profundo calado sentimental, en
un paradigma de melodrama, a cuyo lado los últimos films de
Almodóvar podrían terminar pareciendo comedietas bufas.
Y lo hace con buena mano, creánme. Buena mano a la hora de
dosificar elementos propiamente “dogmáticos”, como la cámara en
mano, el montaje fragmentado o la utilización profusa (a veces,
quizá, en exceso: ése sí sería un punto en el que cabe apreciar
un cierto abuso, poco motivado, de tal recurso lingüístico) del
primerísimo primer plano del rostro, incluso el plano de detalle
(especialmente, del ojo –a título de índice o referente de la
intensidad emocional de cada situación dramática concreta–),
junto a otros más integrables en eso que podríamos calificar,
quizá de forma poco ortodoxa (pero útil para entendernos), como
“no-dogmáticos”, tales como la música incidental punteando
determinadas escenas o el recurso a generosos grandes planos
generales sobre vistas y paisajes utilizados como planos de
transición. Una amalgama que nunca deviene en pastiche sino en
una alternancia de texturas y modos que en ningún momento llega
a hacerse estrambótica ni cansina.
Buena mano, también, a la hora de extraer lo mejor de un cuadro
de intérpretes de la máxima solvencia, y muy en especial –sin
desmerecer el trabajo de las dos mujeres:
Sidse Babet Knudsen
y Stine Fischer
Christensen–,
de sus dos protagonistas, un
Mads Mikkelsen
que, aparte de un tremendo parecido físico con Viggo Mortensen,
exhibe una contención y un hieratismo que dotan a su Jacob de la
dignidad herida y sufriente que mejor se ajusta a su desarrollo
dramático, y Rolf
Lassgård,
cuyo personaje de
Jørgen
imprime a la historia un contrapunto más histriónico y exaltado
–como también exige su personaje y los avatares a que se ve
sometido–, aun dentro de un tono también carente de exageración
alguna. En suma, buen trabajo interpretativo al servicio de una
historia que si de algo requiere, especialmente, dada la fuerza
de sus situaciones, es de una encarnación convincente: en ese
aspecto, pocas fallas apreciables para el observador avezado.
Y buena mano, en definitiva, para poner en pie un guión –obra de
la misma directora, junto a
Anders Thomas Jensen–
al que, más allá de algún puntual exceso melodramático (algo
siempre de tan subjetiva consideración) –aunque, en
contrapartida, haya que agradecerle una muy oportuna elipsis en
su tramo final, sobre la que no quisiera revelar mayores
detalles–, se le podría imputar cualquier achaque menos el de
falta de redondez o coherencia: ningún cabo suelto, ninguna
situación desabrochada. Parece sencillo, por lo elemental, pero
no crean, no crean: cuando las pasiones se desatan –y, en este
film, lo hacen, y mucho–, siempre anda suelto el peligro de no
redondear la historia y no lograr que su visión global resulte
totalmente armoniosa. En este caso, se puede afirmar con
rotundidad que tal peligro ha sido hábilmente conjurado.
Si, consecuentemente con todo lo apuntado en los párrafos
anteriores, hacemos una valoración de conjunto de un producto
como "Después de la boda", la conclusión no
puede ser más que altamente positiva, para gozo y regocijo de
todos aquéllos que quisiéramos apostar por un cine europeo de
calidad provisto, a la vez, de buenas armas comerciales.
Que ésa es harina de otro costal, naturalmente, y ahí hay pie
para otras reflexiones, las que nos vienen a las mientes cuando
se nos ocurre pensar en lo que podría dar de sí un film como
éste en las taquillas de todo el mundo si su aparataje de
promoción y marketing fuera parejo a sus bondades
artísticas. Qué bonito cantaría ese gallo…
Calificación:
    
Imágenes
de "Después de la boda" - Copyright © 2006
After The Wedding, Sigma Films III, SVT y Nordic Film & TV Fund.
Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
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