CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Secretos de familia
El movimiento Dogma'95 se
americaniza en este excelente melodrama que optó al Oscar®
a mejor película de habla no inglesa durante la última edición.
No se lo llevó porque sólo se concede un galardón y
"La
vida de los otros", de
Florian Henckel von
Donnersmarck,
también es un gran film. Pero en esta ocasión tendrían que haber
clonado la estatuilla y entregado una de ellas a
Susanne Bier,
quien aúna en su propuesta lo mejor de la estética promovida por
Lars von Trier y la narrativa más ágil y trasparente del género
norteamericano. El ensamblaje es tan perfecto que, unido a unas
interpretaciones antológicas y a una interesantísima historia,
logra que podamos hablar de una obra maestra, profunda,
equilibrada y próxima a cualquier espectador.
Como
en la reciente "Disparando
a perros", de
Michael Caton-Jones, la historia también nos habla de un
cooperante que busca entre los niños pobres y abandonados, en
este caso de Bombay, la manera de dar un sentido a su vida,
lejos del vacío de la acomodada sociedad occidental. Entregado
a esta buena causa, Jacob se ve obligado a viajar a su
Dinamarca natal para gestionar una importante donación de un
empresario, Jørgen,
que permita mantener el orfanato a flote. Una vez allí, el
benefactor aprovecha para invitarle a la boda de su hija,
momento de inesperadas confesiones y encuentros que reabren
múltiples heridas del pasado aún sin cicatrizar.
Lo que
sucede “después de la boda”, tras el brindis de la novia, tendrá
que verlo el propio espectador, que asiste a toda la proyección
encandilado por una narrativa que avanza a buen
ritmo y que en ningún momento decae, que se sirve de puntos de
giro estratégicamente colocados en la trama para relanzarla en
una nueva dirección, y que se apoya en unos diálogos ajustados y
directos en los que no sobra ni falta nada. Guión perfectamente
construido en torno a
tres ”confesiones” y otras tantas confidencias en que los
personajes intentan esclarecer quiénes son o quiénes deben ser,
qué pretenden o qué podrán hacer con el tiempo que queda, o
asimilar unas emociones y sorpresas de difícil digestión. Sin
recurrir a flashbacks y con silencios esclarecedores, la
historia exterior e interior avanza siempre por terreno seguro y
con una fluidez narrativa asombrosa y cautivadora. Hay un par de
momentos en los que parece que la historia se le va a ir de la
mano a la directora para precipitarse hacia el melodrama
lacrimógeno, pero entonces unas antológicas elipsis dejan en el
espectador el sentimiento justo y preciso, remansado en la paz
tras la tormenta, para a continuación seguir elaborando un
retrato de familia con sus secretos y misterios.
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Los personajes se definen no sólo por lo que dicen o
hacen, sino por lo que expresan con unas miradas que
esconden profundos dramas y sufrimientos, que se
entrecruzan para desvelar culpas, temores y también un
sincero amor por los suyos. Todos los actores, también los
secundarios, realizan unas interpretaciones magistrales,
contenidas aunque dejando entrever sentimientos genuinos y
verdaderos. Los duros rasgos del rostro de
Mads Mikkelsen
no impiden que sus ojos trasmitan todo el dolor y la ira
almacenados durante años, ni tampoco la ternura mostrada
con los niños o con Anna. No es menor la sensación de
autenticidad que trasmiten
Sidse Babett Knudsen
y Stine Fischer
Christensen
en sus papeles de madre e hija respectivamente, entre el
desconcierto y el desamparo que las circunstancias les
deparan, o la de un
Rolf Lassgård
que despliega toda la variedad de registros que el
personaje paterno exige.
En
ocasiones, el recurso a la cámara en mano puede molestar,
desconcertar o desorientar al espectador. No sucede eso en la
película de Susanne Bier, que sigue a los personajes en su
búsqueda de la verdad y de la libertad interior, en su necesidad
de liberarse de un lastre que pesa demasiado o de una angustia
por un futuro que inquieta en extremo. No se excede la cámara en
sus justificados movimientos, como no lo hace en los insertos o
en los planos detalle que introduce en su afán por penetrar en
la interioridad de los personajes, aunque a alguno le puedan
parecer enfáticos. Todos los recursos están al servicio de una
historia oculta que es preciso desvelar, de unos sentimientos
que deben aflorar para sanar, de un tiempo que es muy valioso y
que conviene aprovechar. Quizá por eso la directora también
emplea un montaje sincopado que permita avanzar la historia sin
entretenerse innecesariamente, contando con la inteligencia del
espectador y también permitiéndole –facilitándole– los momentos
justos de emoción e incluso de reflexión, necesarios para
ahondar en el drama interior que se pretende abordar.
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No le faltan escenas
conmovedoras ni tampoco profundidad al abordar importantes
cuestiones en torno a la paternidad y a la familia por adopción,
a los afectos que nacen y a los que son traicionados, a los
ideales y a los negocios, al tiempo pasado y al que queda por
venir, a la enfermedad y la muerte. Por la pantalla desfilan
personajes auténticos, con todos los matices y dilemas morales
que la vida presenta. Jacob se debate entre sus obligaciones
naturales y las asumidas en su labor solidaria; Anna tiene que
replantearse su existencia tras conocer la verdad; Helene sufre
el amor a la vez que el "engaño" y la desdicha; y Jorgen intenta
comportarse como “un hombre bueno” que ha aprendido a valorar el
tiempo que se tiene y que ha entendido que no se puede controlar
todo. Entre ellos se tejen unas vigorosas y entrañables
relaciones, de recriminación y perdón, de ruptura y consuelo, en
que procuran evitarse el sufrimiento y preparar el día del
después... La progresión dramática va pareja a la
sensibilización hacia los problemas del otro, y la soledad deja
paso a los lugares donde se encuentra afecto, mientras que la
rabia o sorpresa se transforman en responsabilidad compartida, y
los errores y segundas oportunidades se abren paso en una
sociedad opulenta donde la familia no es protegida.
Ante
una película como la que dirige Susanne Bier, tan bien rodada y
montada, con un equilibrado y preciso guión, con unas
interpretaciones en que los actores se esconden en sus
personajes y desnudan sus almas, con unas historias tan
auténticas como humanas, sólo queda aconsejar vivamente al
lector que acuda a verla.
Disfrutará con la verdad de unos personajes dispuestos a todo a
pesar del pasado y del futuro, sentirá el desgarrón y la dureza
de la vida sin recurrir a la violencia gratuita ni al nihilismo
desalentador, y se emocionará lo justo para sentir vivamente
unas realidades humanas de nuestro tiempo. Heredera del espíritu
de "Italiano
para principiantes", Lone
Scherfig, y afín a alguna de las constantes de Isabel Coixet ("Mi
vida sin mí"), por
sus fotogramas se desliza una brisa de aire fresco que hace que
el cine sea, a veces, un fiel reflejo del hombre, en su
luminosidad contrastada por algunas e inevitables sombras,
secretos y mentiras.
Calificación:
    
Imágenes
de "Después de la boda" - Copyright © 2006
After The Wedding, Sigma Films III, SVT y Nordic Film & TV Fund.
Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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