CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Ante el dolor y la muerte,
con una sonrisa... si se puede
En la pasada
Seminci,
este documental se llevó con todo merecimiento el máximo
galardón en la Sección Tiempo de Historia. Recoge el testimonio
de Carlos Cristos, médico de
familia al que diagnosticaron una enfermedad neurológica
degenerativa, sin posible tratamiento. Llevado por su marcada
vocación de servicio, pidió a su amigo y cineasta
Antoni P. Canet que le grabase esos últimos años de
vida, con la intención de que pudieran servir a quienes se
encontrasen en circunstancias parecidas, a solas ante el dolor y
la muerte.
Así, con una
concepción tan honesta y con una realización que transpira
cariño y amistad, han quedado recogidos momentos de su esfuerzo
diario por vivir con la mayor normalidad posible, junto a
pensamientos acerca del sentido del dolor y de la muerte,
inquietudes e incertidumbres ante el día de mañana o las lógicas
humillaciones de quien necesita ser asistido para lo más
ordinario. Declaraciones de familiares y amigos, evocaciones del
pasado con el programa de medicina que sacaba adelante en la
radio, imágenes de cuando practicaba el vuelo sin motor o de su
labor asistencial en Ruanda, e incluso alguna grabación de la
música que él mismo componía como afición. Todo tratado de modo
optimista y amable, pero nada edulcorado. La dura realidad se
impone desde el inicio, y quien asiste a la proyección contempla
con asombro e incredulidad la sencillez y franqueza, la
categoría humana de quien dice que se va a morir, pero que
tratará de esperar ese momento de la mejor manera, con una
sonrisa…si es posible.
El
espectador queda irremediablemente impactado por esa manera de
hacerle frente a la muerte, sin aspavientos ni amargura, con
realismo y serenidad. Corresponderá después al director la
tarea de conseguir que ese enfermo, al que ya casi no se le
entiende y que apenas puede andar, deje de causar compasión y
pase a provocar envidia. Lo consigue gracias a una puesta en
escena conmovedora y sobre todo sincera, sin artificio, sabedor
Canet de que basta con respetar y presentar una realidad
pletórica de humanidad, de dejar que la cámara recoja esa
sencillez y honestidad para decir las cosas como son, esa
valentía y humildad para enfrentarse a la verdad de su vida y
aprender a aprovecharla como viene. El director posa su mirada
de amigo y lo hace también con respeto, como quien está
aprendiendo más que enseñando. Por eso, deja hablar a los
protagonistas y que las imágenes fluyan con naturalidad, sólo
con los límites que la ética impone: así, renuncia a recoger
opiniones de la hija de nueve años de Carlos, de forma que no
comprometan su futuro adulto; o rechaza grabar el momento de su
previsible muerte por estimarlo algo exclusivo de su intimidad.
Una postura honrada que queda respaldada por el amplio y
diversificado equipo que ha participado en su realización, con
técnicos de cine trabajando al lado de médicos, sociólogos,
psicólogos y expertos en deontología médica. A nada renuncia
Carlos en esta especie de operación a corazón abierto o carta de
despedida: miedos y obsesiones, felicidad y afán por tener
cosas, amigos y familia, sexo y afectos, testamento vital y
eutanasia, células madre y avances en medicina, el alma y la
eternidad, la existencia de Dios… todas las realidades vistas
desde un interior lúcido y sensible. Son pensamientos y
actitudes vitales muy personales, nada ortodoxas ni cerradas,
tratadas con sensatez y sentido de libertad, con su particular
trascendencia despojada del carácter personal de Dios, con la
defensa de un derecho a morir dignamente pero de manera natural,
lejos tanto de la eutanasia como del encarnizamiento
terapéutico.
A lo largo de
hora y media –que se pasa volando y con la atención capturada
por las imágenes–, el espectador habrá descubierto un alma
grande que ha sabido vivir y disfrutar, y que sabe morir. Carlos
se habrá mostrado como alguien capaz de hacer amigos hasta desde
una silla de ruedas, y el espectador se habrá incorporado con
una sonrisa a una realidad –el dolor, la muerte– que antes o
después a todos nos toca, de una u otra manera. Una lección
para la vida, y una película muy recomendable, que no se olvida
porque nos afecta de lleno y nos deja abierta una ventana a la
que asomarse con una sonrisa… si se puede.
Calificación:
    
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