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LA ÚLTIMA LUNA


Dirección y guión: Miguel Littin.
País:
Chile.
Año: 2005.
Duración: 105 min.
Género: Drama.
Interpretación: Ayman Abu Alzulof (Soliman), Alejandro Goic (Jacob), Tamara Acosta (Matty), Francisca Merino (Alinne), Mahmoud Awad (Gorbacha), Khalid Massou B. (Hab-Nunez), Nicola Zreineh (Janos), Tania Shomali (Azur).
Producción: Jorge Infante.
Música: Wadim Kassis.
Fotografía:
Miguel Joan Littin.
Montaje: Rodolfo Wedeles.
Dirección artística: CarlosGarrido.
Vestuario: Garrido-Acosta.
Estreno en Chile: 31 Marzo 2005.
Estreno en España: 5 Diciembre 2006.

CRÍTICA por Miguel A. Delgado

  No hace falta insistir, a estas alturas, en la capacidad de asumir riesgos de Miguel Littin, algo que, incluso, ha quedado reflejado literariamente en “La aventura de Miguel Littin, clandestino en Chile”, el libro en el que Gabriel García Márquez narraba las vicisitudes vividas por el director chileno cuando volvió de manera ilegal a su país para rodar “Acta general de Chile”, su documental sobre la dictadura de Augusto Pinochet.

 

  Por ello, no resulta extraño que abordara un proyecto tan problemático como el de “La última luna”, una reconstrucción de la Palestina de la que emigró su padre, siendo aún un niño, durante los años de la Primera Guerra Mundial, como tantos otros que huyeron de la ocupación otomana y se instalaron en Chile, país de promisión en aquellos años, como su vecina Argentina, para cientos de miles de emigrantes de todo el mundo. Una emigración que se hacía en los mismos barcos que, en el viaje de regreso, traían a los primeros grupos de judíos a establecerse en los kibutzs que, poco a poco, irían poblando el pedregoso y reseco paisaje de lo que sería el futuro estado de Israel.

  A las dificultades previsibles de rodar con pocos medios y en unos escenarios sacudidos diariamente por la violencia (un rótulo final nos informa de que, diez días después de terminar el rodaje, comenzó a construirse en ese mismo lugar el famoso muro destinado a separar a los israelíes de los palestinos), se añade la ambición de una cinta que busca, en poco más de hora y media, condensar el retrato de una realidad tan compleja como la del paso del dominio turco al protectorado británico, la confluencia de tres religiones profundamente imbricadas en la vida diaria, y el ascenso de una minoría judía que pasa rápidamente de ser menospreciada por la mayoría árabe a convertirse en una fuerza hegemónica, en medio de una situación en la que los iniciales problemas de convivencia acaban degenerando en un conflicto armado.

  Para ello, Littin acude a un simbolismo en el que cada personaje representa a una visión de Palestina y, tal vez, a una posibilidad de lo que podía haber ocurrido. El protagonista, un palestino cristiano inspirado en la figura de su abuelo, no tiene reparo en mantener una amistad, discutida por sus vecinos, con un judío venido desde Argentina, al que llega a venderle un terreno y le ayuda a construir una casa; les vemos discutir por nimiedades pero, en su caso, sus diferencias nunca llegan a hacer mella en una relación amistosa que ni las críticas ni los problemas con las autoridades turcas logran destruir. Sólo la irrupción de una mujer judía, interpretada por una actriz de rasgos tan ajenos a la de los habitantes de Oriente Medio como Francisca Merino, romperá esa relación y acabará llevándose por delante cualquier concesión a las buenas intenciones: la convivencia se convertirá en una guerra por la supremacía, en la que sólo uno de los pueblos tendrá derechos sobre la tierra.

  Littin sale airoso de un envite en el que, en ningún momento, se ocultan unas cartas que se nos muestran bien boca arriba: el director tiene una posición que defiende con uñas y dientes, pero lo hace a través de un argumentario en el que la información fluye de manera natural, y donde no existe una visión idílica de la Palestina anterior a la inmigración judía: si injusto fue lo que le sucedió a los que llevaban generaciones habitando allí, también es cierto que la desunión y las diferencias entre las familias y las aldeas les impidió reaccionar como un pueblo verdaderamente unido. Sin embargo, hay momentos, como el final, en que el simbolismo termina por ser demasiado evidente, pesando en demasía sobre la credibilidad de la narración. Pero el conjunto es el de una cinta notable, un buen modelo, como gran parte de la filmografía del director chileno, de cómo construir una película de tesis eficaz y ajena al maniqueísmo fácil.

Calificación:


Imágenes de "La última luna" - Copyright © 2005 Azul Films. Distribuida en España por Sherlock Films y Aquelarre. Todos los derechos reservados.

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