CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
No resulta fácil llevar a la
pantalla una historia tan popular como la vida de Jesucristo, y
no sólo porque sea conocida por todos en sus más nimios detalles
sino porque cada espectador se habrá forjado su propia visión de
los hechos, que difícilmente coincidirá con la que el director
de turno le muestre. Además, un tema religioso siempre es
susceptible de levantar ampollas al afectar a lo más hondo de la
persona, y es fácil que uno se sienta decepcionado si esperaba
mayor profundidad espiritual en el dibujo de los personajes o
una fidelidad escrupulosa a los textos y a la tradición, o por
el contrario porque deseara una mayor libertad y riqueza
imaginativa al interpretar lo que los Evangelios han dejado sin
apuntar.
Ahora ha sido la directora de
"Thirteen"
quien ha querido acercarse a una adolescente y a su prometido
para mostrar los comienzos de la historia más grande jamás
contada: desde los desposorios de María y José hasta la matanza
de los inocentes, asistimos al inesperado nacimiento de Juan el
Bautista o presenciamos la ambición sin medida del rey Herodes o
la loca aventura de los Magos de Persia, todos ellos con la
mirada puesta en el momento central de la Natividad de Jesús.
Catherine Hardwicke
sigue fielmente los textos evangélicos de Mateo y Lucas, y busca
rellenar esos pasajes reproduciendo la vida cotidiana de Nazaret
o los percances de un difícil camino de Belén. Es entonces, al
hacer uso de su imaginación y de una cuidado diseño de
producción que recoge multitud de detalles y costumbres de la
época, cuando logra los momentos más auténticos y entrañables:
vemos a María ocupada en los mil quehaceres de una joven de su
edad o divirtiéndose con sus amigas, nos adentramos en unas
reducidas casas de adobe que invitan a hacer la vida fuera, o
conocemos a unos tipos populares que aportan costumbrismo y
frescura a la historia. El resto, aquellos
episodios recogidos en los Evangelios están tratados con respeto
y ternura, recreando auténticas estampas tradicionales recogidas
por el arte cristiano o la tradición navideña de belenes,
con una planificación canónica y un enfoque amable y dulce. No
hay excesos de ningún tipo en la película, ni dramáticos
–incluso en el episodio de los inocentes asesinados– ni
emotivos, pues los momentos conmovedores quedan siempre
contenidos y nunca se desbordan.
La cinta se desenvuelve así
en el difícil equilibrio de mostrar lo humano de sus personajes
y no agostar a la vez el misterio divino en que se desenvuelven.
Siendo correctas las interpretaciones,
Keisha Castle-Hughes se mueve durante la primera mitad en
unos registros de ambigüedad,
con un rostro entre demasiado serio y preocupado, sin dejar que
refleje su interior de fe u oración; ciertamente su actitud es
piadosa y sobrenatural pero más por sus palabras que porque sus
ojos trasmitan una profundidad del alma y una intimidad con
Dios: así, su espiritualidad surge más de la narración de los
hechos que de la dramaturgia de la propia imagen. Además, en su
retrato se echa en falta que no se haya recogido adecuadamente
la perplejidad y turbación interior que tuvo al chocar su
promesa a Dios de virginidad y su entrega en matrimonio; aquí
estos esponsales acordados por sus padres son vistos más como un
contratiempo derivado de una costumbre que no contemplaba el
amor, aunque más tarde sea precisamente este enfoque el que
sirva para mostrar un paulatino y sutil enamoramiento lleno de
delicadeza. Más convincente resulta el guatemalteco
Oscar Isaac
en el papel de José –muy bien dibujado en el guión– como un
hombre joven verdaderamente enamorado de su esposa y a la vez
dispuesto a no estorbar los planes de Dios; su espontaneidad y
la entereza de su personaje le conceden una presencia de la que
carecen el resto –incluida la Virgen–, pues los de Joaquín y Ana
se mueven en unos parámetros poco perfilados por la fe y Herodes
se limita a poner cara de malvado y pérfido.
Si la creación de
ambientes es el elemento más logrado, es debido en gran parte a
una fotografía que sabe recoger la calidez del lugar gracias al
uso de filtros y suaves contrastes lumínicos. Por su parte, la
banda sonora se convierte en el mejor reflejo de una cinta a la
que dota de armonía y ternura, con una presencia continua
durante todo el metraje, sosteniendo –quizá excesivamente– los
momentos de contemplación y misterio.
Una película
agradable y correcta, bienintencionada y de factura
convencional, apropiada para estas fechas
por su mensaje religioso y humano, que gustará a un público
amplio por su tono amable y complaciente, y también por la
cuidada labor de ambientación del año cero de nuestra cultura.
Calificación:
    
Imágenes
de "Natividad" - Copyright © 2006 New
Line Cinema y Temple Hill. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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