CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Secretos y mentiras... para
una ilusión
Cuando aún
permanecen en nuestras retinas las imágenes de "El
ilusionista" (Neil Burger), el director de "Memento"
o
"Batman begins" nos
presenta una película que es en sí misma un auténtico truco de
magia, tanto por su barroco guión como por su elaborada puesta
en escena. Sabemos que la clave del ilusionismo está en crear
efectos de realidad, en saber trasformar lo ordinario en
extraordinario para después devolver al espectador a lo
cotidiano: un mundo de apariencias, mentiras e ilusiones que
adornan y encubren una realidad que a veces puede ser dura,
cruel y hasta terrorífica. Eso es lo que sucede a Robert Angier
y Alfred Borden, amigos y después rivales en el arte del engaño,
obsesionados por el favor del público hasta el extremo de
sacrificar sus vidas y las de sus seres queridos.
La adaptación de la novela homónima de
Christopher Priest corre a
cargo de Jonathan Nolan,
hermano del propio director y artífice de un guión que trae y
lleva al espectador según conveniencia y necesidad. Quien ha
sacado una entrada para el cine asistirá durante más de dos
horas a un espectáculo de ilusiones –el paralelismo entre el
cine y la magia es obvio– que oculta un mundo real de heridas
abiertas y sangrantes. La historia es narrada por Harry Cutter
(Michael Caine), que
adopta de manera alternativa el punto de vista de los dos
prestidigitadores merced a sus diarios, y que es el único
conocedor de la verdad de unas vidas que esconden más de lo
que muestran, que se mueven permanente e inevitablemente en el
terreno del secreto y la actuación, hasta el punto de que ni
los más próximos saben lo que se oculta tras una mirada
profunda o una estrategia obsesiva. Un guión que en su
aparatosidad y artificio encuentra su virtud para mantener la
atención y el ritmo narrativo, pero también su rémora por
necesitar de giros en ocasiones algo inverosímiles y forzados:
rizos y más rizos –algunos de los boicots que mutuamente se
propinan bajo disfraz podrían haberse omitido, y así la cinta
habría reducido su metraje– que desembocan en un final
rocambolesco que cierra la complicada estructura circular del
film. Al inicio, Cutter ha explicado las tres partes de
cualquier truco que se precie, con el “prestigio” –vuelta a la
realidad– como elemento definitivo para que el público
disfrute del engaño al que libremente se ha sometido. La
película de Nolan es precisamente eso: un ir de aquí para allá
en una espiral de frías venganzas y rivalidades de la
inteligencia que buscan “el más difícil todavía”, y que
precisaba un final que aquí no se debe desvelar. Un guión muy
bien construido, plagado de detalles que ajustan las piezas
del puzzle –y que invitan a un segundo visionado–, que
discurre por tres tiempos distintos en la historia sin
confusión narrativa; y a la vez un guión tramposo y que juega
al despiste del espectador con más de una carta guardada en la
manga, desde el silenciado pasado de esos dos jóvenes
aprendices de magos hasta el comportamiento engañoso de los
secundarios.
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Como en una
historia de trucos y apariencias resulta fundamental cuidar su
puesta en escena, generar una atmósfera de expectación y
misterio, Christopher Nolan se aplica y cuida con esmero la
planificación, reforzada por una fotografía efectista de fuertes
claroscuros y un marcado tono turbador con intensos momentos
de angustia y drama vital: ambientación de un Londres victoriano
y lleno de referencias románticas que queda bien recogido en
esas calles y teatros abarrotados de gentes deseosas de asombro
y efímera evasión de su lúgubre realidad, con un diseño
artístico y un vestuario que refuerzan un constante dualismo de
amor y odio, amistad y rivalidad, artificio y sencillez, mentira
y autenticidad, felicidad y fatalismo cruel. Bien escoltados por
un magnífico y sobrio Michael Caine, tanto
Hugh Jackman como
Christian Bale logran que sus
personajes escondan en todo momento su secreto bajo un rostro
enigmático y un comportamiento impredecible, bazas que a la
postre resultan esenciales para que la trama discurra sin
trasmitir ni comunicar más de lo debido, y que apuntan a "La
huella" de Joseph L. Mankiewicz como su referente obligado. Por
su parte, la presencia de Scarlett
Johanson se queda en algo testimonial y sin fuerza
dramática, no llegando a meterse en una historia que no parece
la suya y a la que únicamente aporta un efecto insustancial.
El clasismo
social post-revolución industrial y el ocio como necesidad o
como afición, el orgullo artístico o científico al margen de
planteamientos éticos, la pena de muerte en un mundo que juzga
las apariencias y que crea máquinas –en un sugerente montaje
paralelo en una de las escenas finales– destinadas a acabar con
la vida o con la ilusión (el truco del “hombre transportado” no
es ya la magia inicial, con sus ingeniosos artilugios y
escenografías) son otros elementos de interesante consideración
para una cinta que no vende sólo fuego de artificio sino que
habla del hombre y de su poder autodestructivo, cuando es
arrojado al abismo por la ambición, la venganza, el orgullo
o la falta de transparencia y verdad en la convivencia (otro "Babel" como el de Iñárritu, también con
historias fragmentadas). Una película donde el entretenimiento
está asegurado, y donde nada es lo que parece, precisamente
porque todo aparece y desaparece por arte de magia y de un guión
que sostiene la historia hasta el suspiro-truco final.
Calificación:
    
Imágenes
de "El truco final (El prestigio)" - Copyright ©
2006 Warner Bros. Pictures, Touchstone Pictures, Newmarket Films
y Syncopy. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
International España. Todos los derechos
reservados.
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