CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En la novela
ganadora del World Fantasy Award “El prestigio”,
Christopher Priest demostraba
cómo podía narrarse una vida bajo los mismos pases y falsedades
de la magia. Christopher Nolan
adoptó en su campo esa teoría para "Memento"
(2000), una historia que se construía al ritmo de la
recuperación de unos recuerdos igualmente ilusorios. Que la
realidad supera a la ficción o que la ficción es simplemente una
versión sin rodeos ni secretos de la realidad, era un mensaje
evidente y de notorio pesimismo en ambos casos. Unos discursos
sobre la lucha y la atracción que sienten esas dos mitades, la
forma y el fondo. Un delicado equilibrio que en “El truco final
(El prestigio)” se sustenta sobre el aparatoso mecanismo en el
que cualquiera puede terminar pillándose los dedos.
Pero el director inglés nos obsequia
con una honradez declarativa –compense eso o no las
decepciones del desarrollo–: el personaje de
Michael Caine detalla los
tres pasos o actos de un número de magia, advirtiendo ya con
palabras que se retomarán al término de la historia que el
público no debe conocer la solución, aunque lo desee. Con este
aviso Nolan parece lavarse las manos ante las posibles
rupturas –o más bien confirmaciones– de expectativas que pueda
ir albergando el espectador. Y es que, como su propio título
en español indica, la cinta termina fluyendo hacia esa
engañosa cubierta, incitando la implicación detectivesca y
abandonando tras la tramoya los conflictos personales que
deberían ser los auténticos protagonistas. Hay una notable
contradicción en el hecho de condenar la curiosidad y, a la
vez, plantear un enigma de resolución facilona. Un lastre
heredado del libro y que, con cutres engaños visuales y un
guión azaroso, coloca el candado mortal a la película.
La estructura que aplicaba el novelista
británico favorecía especialmente la intriga, pues la lectura
consecutiva de los diarios de cada uno de los magos añadía
información desconcertante antes del cierre sorpresa. En su
adaptación a la gran pantalla, se combinan de forma paralela con
un recurso más claro –en lugar de sus descendientes en el
presente, son los propios ilusionistas quienes leen las páginas
de su rival–, aunque a ratos caiga en unos vaivenes hacia el
futuro y regreso al pasado que no facilitan la comprensión ni
añaden más significado. En ese afán por esconder las claves y
por propiciar todos los elementos de la trama hacia el estruendo
final, el camino pierde su objetivo y los detalles resultan
mucho más evidentes. Problema idéntico al de su predecesora
temática, "El
ilusionista", y que resulta molesto incluso para
alguien que, como esta autora, ya conoce la respuesta por la
lectura y pretende observar más allá de los planteamientos
adivinatorios. Bien, no hay mucho más allá y cierta pesadez está
asegurada en cuanto la obsesión de los prestidigitadores se
vuelve incomprensible por lo alejada que está de los motivos
iniciales –una especie de desviación comercial de los
planteamientos filosóficos de “La mosca”, en cualquiera de sus
adaptaciones–.
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La rivalidad
muda que inventó Priest –Borden y Angier no se conocen ni
intercambian más que un par de frases en toda su vida– es
sustituida por una amistad quebrada mucho más efectiva
emocionalmente, pero también capciosa desde el momento que se
olvida para centrarse en la sucesión de trampas y jugarretas
entre los nuevos enemigos. Aunque se pretende alterar la
identificación del espectador hacia Borden –inicialmente
distante– y hacia Angier –de comienzo afectuoso–, finalmente
resulta difícil tomar partido por ninguno, pues sus causas están
tan desdibujadas por el trucaje narrativo como repletas de
emociones no explicadas. Si mientras avanza la película
Nolan no aprovecha la cuidada ambientación, tan tenebrosa y
teatral como los efectos especiales oportunamente pasados de
moda, ni la representación escénica de los trucos, con esa
iluminación blanca que convierte en artificiosos dioses a los
magos, el tema auténtico se recuperará demasiado tarde, con un
flojo clímax del mismo tipo de montaje que "El
ilusionista" y acercándose de lado a las pretensiones
de la torpe "Insomnio" (2002), anterior film del director.
Las ventajas
con las que juega “El truco final (El prestigio)” no son pocas
para un rato de escapismo –por supuesto, ocioso–: la época y las
situaciones exóticas de la magia, poco explotadas en un cine que
ya cree poseer suficiente material prodigioso. Contemplar los
trucos explicados en el libro tiene su encanto unido a la
sensación de que carecen de la parafernalia informática actual.
La inteligencia compositiva del autor se revela en el uso
discreto de la cámara, al menos hasta ciertos apuntes de
principiante –como los mareantes travellings que evitan
mostrar a Hugh Jackman y su
doble en el mismo encuadre frontal–. Y, por supuesto, un elenco
actoral que es todo un ejemplo de casting y química:
Christian Bale y Jackman tienen
trazas de caballeros clásicos –algo que ya demostró el primero
en “Retrato de una dama” (1996) y el segundo en "Kate & Leopold" (2001)–; Michael Caine
se ha convertido en secundario de lujo,
David Bowie rememora sus
míticos y laberínticos momentos cuando aparece entre rayos
azules, y Scarlett Johansson
afianza su trono entre las actrices jóvenes y seductoras, pero
paseándose como esas ayudantes de escenario que sólo sirven para
despistar al público y desaparecer con la misma espontaneidad de
su llegada.
Para
hablar de máscaras y disfraces, de su importancia para construir
un personaje real atrapado en una existencia que le incomoda,
Nolan lo hizo mucho mejor en
"Batman begins"
(2005), donde la sobriedad estética iba acompañada de unas
intenciones simples, pero honestas. En “El truco final (El
prestigio)” los antifaces se utilizan más para complacer al
público que a favor de la historia, enmarañando un relato de
venganzas y aspiraciones profesionales que conducen a una
redención exagerada de los protagonistas –como le sucedía al
melodrama “El callejón de las almas perdidas” (1947), para
lucimiento de un Tyrone Power también mentalista avaricioso y
agónico–. Nada grave en cuanto nos recuerdan que la culpa es
nuestra por haber buscado la solución. Mucho más preocupante
cuando concluye la película como un manifiesto velado de aquel
ilusionista que dejó boquiabierto al público en el año 2000 con
un truco cinematográfico de gran impacto, e incapaz de repetir
la experiencia mientras se desliza hacia una carrera tan
ambiciosa como previsible y corriente.
Calificación:
    
Imágenes
de "El truco final (El prestigio)" - Copyright ©
2006 Warner Bros. Pictures, Touchstone Pictures, Newmarket Films
y Syncopy. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
International España. Todos los derechos
reservados.
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