CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Alma gitana
El cineasta
argelino-francés Tony Gatlif viaja a la tierra de Drácula
para sumergirse en el alma gitana y contagiar al espectador con
la fuerza del amor desesperado. Un viaje emocional en el que
acompaña a Zingarina, una joven francesa que parte en busca del
músico rumano que la dejó embarazada y que pronto sufrirá el
desencanto del amor no correspondido, para después deambular sin
rumbo por tierras extrañas y terminar fundiéndose de manera
ebria y desenfrenada con una cultura que no es la suya.
La historia
de Zingarina es semejante a la que el propio Gatlif recogiera en
"El extraño loco", donde la vitalidad de una cultura y folklore
reflejan una dramática e imperiosa necesidad interior. En este
caso, asistimos a la profunda transformación de una mujer
arrastrada por la pasión, que deja todo lo que tiene para salir
al encuentro del que considera el amor de su vida. Sólo su amiga
Marie la acompaña por esas tierras de barro y aires libertarios,
entre la superstición y la tradición, con la música y el baile
en sus venas, con el vodka que alivie el frío y las penas. Amor
que se convierte en locura cuando la amargura y el dolor se
adueñan de su alma y rompe con el pasado, con su amiga y con su
país, para vagar por los caminos en busca de la felicidad. En
esta nueva odisea interior, Zingarina viene a significar la
soledad de quien desesperadamente va al encuentro de lo único
que le importa en la vida, de la misma manera que Tchangalo –el
hombre que se cruza en su vida– hace con el oro que le permita
sobrevivir en un entorno hostil. Un dramatismo mostrado
plásticamente con imágenes de gran fuerza visual, con planos
desoladores de Marie que ve cómo su amiga se va sola en un tren
sin destino conocido, o en esos parajes nevados que trasmiten
frío y aspereza. Son seres sin raíces físicas ni emocionales,
expuestos al ritmo frenético de los bailes y transportados por
la música a un mundo de ensoñaciones.
Por eso,
Gatlif otorga a la música –compuesta por él mismo y por
Delphine Mantoulet– un papel protagonista, con letras y
acordes que hablan del desarraigo y el sueño de felicidad, del
vacío y la desorientación afectiva. También lo surrealista sirve
al director para reflejar esos anhelos, miedos e
insatisfacciones, unas veces con sonidos “de profundis” un tanto
enfáticos y efectistas que oye la desconcertada Zingarina, y
otras con imaginaciones en las que ella primero y Tchangalo
después reproducen su incierto encuentro con el amado.
Precisamente esta duplicidad de desenlaces amorosos –el
imaginado y el real– sirve a Gatlif para cerrar la estructura
del relato y abrir una puerta a la esperanza y al poder del
amor. Estamos, con todo, ante una película de sensaciones, de
ráfagas de vida y de dolor, descompensada y caótica
narrativamente, pero con momentos de desbordante belleza visual
y musical, con una fotografía de tonos fríos y colores
desaturados. El guión es anárquico, irregular y desequilibrado,
con una progresiva pérdida de fuerza dramática a medida que
avanza la trama, con una comicidad que bien firmaría el propio
Kusturica. Tanta canción y baile sirven con eficacia para
recrear una cultura y ambientar un amor loco y pasional, pero
interrumpe en exceso la historia personal, que a duras penas
remonta el vuelo y que en ocasiones se pierde entre lo
pintoresco del folklore y el esperpento de posesiones diabólicas
y exorcismos –escena en el bosque más bien cómica y tópica de
Transilvania, malamente insertada y prescindible, y cerrada con
una luz cegadora de tono pretencioso–.
En este cine
de estados de ánimo y subconscientes, la interpretación de
Asia Argento brilla con fuerza y vigor, hasta trasmitir esa
pasión y arrobamiento de quien ha decidido romper todos los
platos de su vida y convertirse en una auténtica gitana de alma
rebelde e indomable, más allá del vistoso vestido zíngaro que se
pone. También el turco Birol Ünel encarna con
autenticidad al hombre desencantado y solitario, pero dispuesto
a arriesgarse en el "abrazo del oso" que el amor desesperado
supone y que puede granjearle más de una herida emocional. Hay,
por otra parte, imágenes de evidente carga metafórica que rayan
en lo solemne y pretencioso, como la de esos platos rotos del
baile, o ese "ojo que todo lo ve" que Zingarina lleva dibujado
en la palma de su mano y que marca su destino, o esas brasas
ardiendo, o el oso real que les sorprende en plena noche y que
más bien parece producto de su imaginación atormentada o de una
superstición enfermiza.
Con todo,
Gatlif nos ofrece un cine distinto al habitual, en que
acompañamos, cámara en mano y con un gusto por los primeros
planos, a una mujer y un hombre que buscan amor y oro (en
realidad, amor), reflejos a su vez de una sociedad desquiciada y
que trata agónicamente de echar raíces en tierra firme (en lo
duradero, en la fidelidad), aunque sin querer con ello quedar
atrapada entre cuatro paredes (en el compromiso), como el pueblo
zíngaro: paradojas de la vida y de la sociedad. La película
gustará a un público adulto que prefiera el cine un tanto
surrealista, de sensaciones y arranques emocionales, de estampas
cómico-folklóricas en la línea del mencionado Kusturica.
Calificación:
    
Imágenes
de "Transylvania" - Copyright © 2006
Princes Films, Pyramide Productions, Canal y TPS Star.
Distribuida en España por Aquelarre Servicios Cinematográficos y
Sherlock Films. Todos los derechos
reservados.
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