CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Entre
lobos y culpas
Bajo el amparo del Festival
de Sundance y con la vitola de cine independiente, el escritor
Dito Montiel
traslada a la pantalla su autobiografía en un recuerdo-confesión
de aquellos años en los que se esforzaba por sobrevivir en el
barrio neoyorquino de Queens, antes de abandonar a los suyos y
marcharse a California. La cinta ha resultado muy premiada en
festivales como el de Gijón y, sobre todo, en el promovido por
Robert Redford, aunque su tormentosa historia de iniciación a
partir de un ambiente hostil no es ninguna novedad, y su factura
vanguardista tampoco se pueda identificar, a estas alturas, con
lo experimental ni rupturista.
Una llamada telefónica de su
madre reclama a Dito su presencia en el barrio de Astoria,
cuando su padre está gravemente enfermo. De regreso por las
calles de su infancia y adolescencia, sobrevienen recuerdos y
conflictos dormidos en su interior, dramas de aquellos
desastrosos años en los que vivía junto a sus amigos como ratas
desesperadas o como una manada de lobos abandonados, entre la
violencia de las bandas, los ligues y las drogas, o las ansias
de venganza y los sueños por evadirse de esa sordidez o
encontrar acogida en el hogar paterno. Un clima infernal e
irrespirable que un día le empujó a huir hacia Los Ángeles, con
heridas abiertas que exigían una cicatrización.
La historia de los años 80 se
entremezcla con el presente por medio de abundantes
flashbacks, y el director apuesta por la recreación de
ambientes para mostrar –y justificar– las decisiones de huida y
regreso del protagonista, que son las suyas. De esta manera,
su mérito y su rémora están al mismo tiempo en
la profusión y subrayado de elementos
destinados a tal fin. Son tiempos convulsos y difíciles en ese
barrio interracial, donde los jóvenes se hacen viejos
prematuros, pelean entre sí por su chica o por su territorio,
rechazan la autoridad paterna y civil con brusquedad y hastío, y
se ahogan en la droga o el trapicheo a falta de esperanza e
ilusiones auténticas. Es un ambiente cerrado y asfixiante, donde
sus propios pobladores se consideran escoria y desecho, donde
toda la comunicación se realiza a base de golpes e insultos, y
donde el exabrupto y la venganza son moneda común de cambio. La
familia tampoco ofrece ningún alivio ni oxigeno ante panorama
tan desolador, y mientras el padre de Dito se nos presenta como
un hombre autoritario y nada receptivo, el de Antonio lo hace
como maltratador en su permanente estado de borrachera.
Ambientes e individuos desquiciados en la violencia e
incomunicación, pero deseosos de oír un “te quiero”, que suena a
extraño o falso cuando Dito lo escucha de su padre o se lo dice
a su novia Laurie.
En su afán por dar veracidad
a lo evocado, esos momentos sórdidos y desesperanzados son
recogidos por una
cámara en permanente agitación y movimiento,
con planos descuidados en su composición y montados con un ritmo
trepidante. La
fotografía presenta frecuentes desenfoques en los fondos de
plano, y los fuertes contrastes lumínicos y filtros generan una
sensación entre sucio y tonos cálidos, no porque trasmita afecto
o sentimiento sino más bien porque su hiperrealismo callejero
acaba “quemando” el celuloide a la par que la vida de sus
protagonistas. Los diálogos son cortos y rápidos,
artificiosamente espontáneos, caóticos y lanzados como puñales
al enemigo... porque, en esta selva sin autoridad ni conciencia,
el hombre es un lobo para el hombre, y por eso las heridas
físicas y emocionales, los cadáveres muertos y vivientes, las
cárceles de barrotes y las interiores... son la materia fílmica
de este atormentado protagonista-director. Los personajes están
dibujados con el recuerdo personal de lo vivido, y con la
necesidad de dejar patente que el Dito adolescente no tenía más
remedio que huir de ese infierno si quería abrirse camino en la
vida. Son retratos simples, quizá como la propia vida de
Antonio, Giuseppe, Laurie, Mike o Nerf, expuestos en su pequeño
mundo..., que veinte años después apenas parece alterado.
Con más pliegues y matices
están recogidos los caracteres de Dito –tanto adolescente como
hombre maduro– en su lucha interior por permanecer junto a los
suyos y también por liberarse de ese submundo de violencia; y
también la complejidad de su padre Monty, inmerso en su pasado
de mediocre boxeador e incapaz de escuchar y más tarde perdonar.
Las interpretaciones, premiadas en Sundance, están a la altura
de tanto drama existencial, y
Robert Downey Jr.
esconde tras su mirada evocadora un pasado de culpa del que no
acaba de curarse y también una vida de fracaso..., pues sigue
necesitando la confirmación de que su padre realmente le ha
querido y le quiere. Hubiera sido interesante incidir más en la
relación paterno-filial para explicar la dureza y rencor de esos
fríos corazones y su necesidad mutua, pero la figura de Monty
queda un tanto enterrada ante tanta basura y olor malsano,
desligada de la realidad de esas malas calles en su autismo
paterno y en su misteriosa atención hacia el pobre Antonio. Por
eso, la película queda como una serie de brochazos un tanto
deshilvanados para pinturas negras de un pasado difícil, que su
director necesita ahora confesar (de hecho, el propio Downey Jr.
se dirige al espectador al inicio advirtiéndole de que tiene que
contarles lo que fue su vida, aunque no les adelantará nada
hasta su debido tiempo).
Aparte de la
planificación y tratamiento fotográfico, la cinta de Montiel
explora algunos recursos que dan dramatismo y verismo a la
historia. Quizá los más conseguidos sean el uso del sonido, que
deja en off para reforzar la violencia en algunos de los
ataques callejeros o de las disputas y dramas familiares, o esa
superposición y repetición de diálogos y pensamientos que tiene
lugar en el tranvía entre el joven Dito y su amigo escocés Mike
en el momento en que se conocen y hacen planes de futuro.
Además, resulta curiosa –también innecesaria–
la introducción de textos del propio guión ocupando todo el
plano, o los fundidos en negro –efectismo que busca sin reparos
un incremento dramático–
para los ataque cardiacos que sufre Monty. Más llamativa aún es
esa ruptura narrativa que el director se saca de la manga,
mediada la película, para que sus jóvenes protagonistas miren a
cámara y se presenten al modo teatral al espectador,
apostillando el carácter aciago de su corta existencia. Son
toques de modernidad que, como decíamos, sirven para crear un
clima irrespirable, pero también para cargar las tintas y
excederse sin ningún tipo de contención ni equilibrio narrativo.
Historia de huida de un
infierno y su necesario regreso reparador, de una justificación
y confesión impúdicas, de unas problemáticas adolescentes y de
las difíciles relaciones paterno-filiales, bien ambientada e
interpretada en su nihilismo, nada complaciente ni agradable a
la vista o al oído. Gustará a quienes tengan películas de Martin
Scorsese como “Malas calles” o “Uno de los nuestros” entre sus
preferidas, porque su parentesco resulta evidente y la visita a
esos conflictivos barrios de emigrantes es paralela a la del
infierno interior de sus personajes.
Calificación:
    
Imágenes
de "Memorias de Queens" - Copyright ©
2006 Xingu Films, Original Media y Belladonna Productions.
Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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