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DIAMANTE DE SANGRE
(Blood diamond)


Dirección: Edward Zwick.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 143 min.
Género: Drama, acción.
Interpretación: Leonardo DiCaprio (Danny Archer), Jennifer Connelly (Maddy Bowen), Djimon Hounsou (Solomon Vandy), Michael Sheen (Simmons), Arnold Vosloo (coronel Coetzee), Kagiso Kuypers (Dia Vandy), David Harewood ('Capitán Veneno'), Basil Wallace (Benjamin Kapanay), Jimi Mistry (Nabil), Anthony Coleman (Cordell Brown), Benu Mabhena (Jassie Vandy).
Guión: Charles Leavitt; basado en un argumento de Charles Leavitt y C. Gaby Mitchell.
Producción: Paula Weinstein, Edward Zwick, Marshall Herskovitz, Graham King y Gillian Gorfil.
Música: James Newton Howard.
Fotografía:
Eduardo Serra.
Montaje: Steven Rosenblum.
Diseño de producción: Dan Weil.
Vestuario: Ngila Dickson.
Estreno en USA: 8 Diciembre 2006.
Estreno en España: 9 Febrero 2007.

CRÍTICA por Leandro Marques

Los límites entre qué mostrar y cómo hacerlo

  A lo largo de casi dos horas y media de "Diamante de sangre", película de Edward Zwick, las sensaciones que quedan al final son negativamente dispares. Se destaca entre ellas la de una notable confusión en la comunicación, que parte desde la realización y se expande por fuera de la pantalla. Sucede que el film intenta sostenerse en una combinación muy disímil entre las ideas que pretende comunicar y las imágenes que les dan forma, provocando que la continuidad y los atractivos de la trama sean irregulares e intermitentes. En algunos momentos, la chatura y previsibilidad de sus personajes, sumada a ciertos lugares exageradamente comunes de la historia, hacen pensar que se trata un mediocre melodrama de aventuras en algún lugar exótico de África. En otros pasajes, en cambio, la cinta se propone como una mirada sobre un rincón del mundo donde no muchos quieren ver – por más que en los últimos años hayan aparecido varias obras rodadas en África–, explorando una problemática que desborda miseria humana, muerte, caos y violencia.

 

  Los límites de lo contable se cruzan en este film con los de cómo eso debe ser contado. Evidentemente, en este entrecruzamiento la película encuentra su conflicto principal. Ese dilema constituye su prisión, porque no puede evadirse nunca del problema del abordaje, de cómo entrarle a la historia. Ni el guión ni el director pueden resolver cómo tratar un tema tan delicado, tan serio, tomado de la vida real; cómo debería ser llevado a la ficción sin que ésta termine por rebajar la verdadera magnitud del problema sobre el que se quiere trabajar. Todo el tiempo sobrevuela tácitamente una pregunta que pareciera obsesionar a los realizadores: ¿cómo hacer un producto que se pueda vender bien y que al mismo tiempo se pueda posicionar como un largometraje serio y comprometido socialmente? No poder resolver este interrogante –o no querer hacerlo–, les conduce a concebir una obra débil, casi sin personalidad. Maddy, la periodista interpretada por Jennifer Connelly, exclama en algún pasaje, luego de haber tomado fotos de una escena de dolor y reencuentro de uno de los protagonistas con su familia, palabras que parecieran reflejar las inquietudes del propio director: "pareciera que estoy sacando provecho de su pesar, del dolor suyo y de su familia". Al no estar bien delimitado el modo de encarar las metas comunicativas de la película, la narración termina deambulando en una historia que no se sabe bien qué puntos quiere alcanzar, y como consecuencia se termina diluyendo en un montón de aspectos no lo suficientemente desarrollados.

  Un buen ejemplo de cómo se podría contrarrestar un dilema así surge de la reciente "María Antonieta", de Sofia Coppola. Se le criticó su falta de apego al carácter histórico del devenir de la reina francesa, pero no quedan dudas de que a Coppola le interesaba contar una película que fuera más allá de la verdad documentada de su protagonista o de aquella época. A la directora no le importaba ser fiel a los hechos de la Historia, sino que pretendía describir al personaje que existió hace más de un siglo desde otro ángulo, con una mirada personal y contemporánea. Es tan claro su mensaje, la construcción de su relato, su estética, que más allá de que puede gustar o no gustar, como sucede con toda obra, la identidad del film está resuelta desde su primera imagen.

  Esta dualidad con la que convive “Diamante de sangre” se percibe en los tonos y climas que construye cada escena. Si bien no está siempre explícita, puede percibirse cierta carga de culpa que impacta a la trama. Y si es culposa, se puede dudar acerca de su transparencia y honestidad. Por otra parte, llama la atención la gran cantidad de diálogos que bordean lo risible, como también ciertos intentos de humor, en situaciones de extremas complicaciones, que lucen tímidos y, como consecuencia, inadecuados. Además, la trayectoria que sigue el guión está demasiado apegada a clichés que le quitan emoción y sorpresa. En este punto, impactan las etiquetas que se imprimen a cada personaje. Aunque la enorme jerarquía de los actores protagonistas sirve para paliar esto en alguna medida, no alcanza para disimular la hasta torpe previsibilidad de sus comportamientos.

  Leonardo DiCaprio es Danny Archer, un contrabandista de diamantes, vil mercenario obsesionado por conseguir tantas piedras preciosas como le sea posible y canjearlas por armas. Recio con las mujeres y la vida en general, un tipo duro, sin un sentido de la justicia, del bien y del mal, que vaya más allá de sus propios intereses. En su misión, se encuentra con Maddy, una bella periodista que representa la búsqueda de la verdad, de la justicia, y la esperanza de que con valentía es posible construir cambios. Un tercer personaje es Solomon (Djimon Hounsou), un padre desesperado luego de que su familia fuera arrebatada por revolucionarios asesinos. Solomon simboliza la pureza, la lealtad, la honestidad, la incapacidad de mentir. Si con esta escueta descripción de las básicas cualidades de los personajes se intentaran pensar las posibilidades diferentes de relaciones, situaciones e interacciones que se podrían generar entre ellos, las menos originales, las más estereotipadas, tienen lugar en "Diamante de sangre". A pesar del propio talento de sus actores.

  La película tiene un ritmo narrativo vertiginoso, que se sostiene a través de consecutivos pasajes de acción y violencia. Un combo integrado por efectos especiales, de sonido, bellas locaciones y, sobre todo, tiros, mutilaciones, torturas y sangre. No fracasa en su intento de entretener. Pero con respecto a la temática explorada, la cinta es menos una mirada sobre la Guerra Civil en Sierra Leona en los 90, o una denuncia sobre el mafioso negociado de los diamantes, como quisiera creerse a sí misma, que un relato al estilo Indiana Jones sobre una aventura en un lugar exótico. Será cuestión de gustos e ideologías de cada espectador definir si se prefiere o no combinar un producto que apunte básicamente al entretenimiento con una historia basada en hechos reales, hechos que afectan a muchos seres humanos de manera dramática. El cine es un arte donde todo es posible, respetando ciertos códigos morales, estéticos, ideológicos, narrativos. A veces, en algunos casos, el cómo se muestra, el cómo se elige desencadenar los hechos de un relato, debe estar a la altura de aquello que se quiere mostrar. Las dudas y la confusión que parecen brotar desde las entrañas mismas de “Diamante de sangre” no conducen a la idea de que “el qué y el cómo” convivan en armonía y apunten para un mismo lado. Por más que eso se pretenda hacer creer.

Calificación:


Imágenes de "Diamante de sangre" - Copyright © 2006 Warner Bros. Pictures, Virtual Studios, Spring Creek, Bedford Falls e Initial Entertainment Group. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos reservados.

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