CRÍTICA
por
Leandro Marques
Los límites entre qué
mostrar y cómo hacerlo
A lo largo de casi dos
horas y media de "Diamante de sangre", película de
Edward Zwick,
las sensaciones que quedan al final son negativamente dispares.
Se destaca entre ellas la de una notable confusión en la
comunicación, que parte desde la realización y se expande por
fuera de la pantalla. Sucede que el film intenta sostenerse en
una combinación muy disímil entre las ideas que pretende
comunicar y las imágenes que les dan forma, provocando que la
continuidad y los atractivos de la trama sean irregulares e
intermitentes. En algunos momentos, la chatura y previsibilidad
de sus personajes, sumada a ciertos lugares exageradamente
comunes de la historia, hacen pensar que se trata un mediocre
melodrama de aventuras en algún lugar exótico de África. En
otros pasajes, en cambio, la cinta se propone como una mirada
sobre un rincón del mundo donde no muchos quieren ver – por más
que en los últimos años hayan aparecido varias obras rodadas en
África–, explorando una problemática que desborda miseria
humana, muerte, caos y violencia.
Los
límites de lo contable se cruzan en este film con los de cómo
eso debe ser contado. Evidentemente, en este entrecruzamiento
la película encuentra su conflicto principal. Ese dilema
constituye su prisión, porque no puede evadirse nunca del
problema del abordaje, de cómo entrarle a la historia. Ni el
guión ni el director pueden resolver cómo tratar un tema tan
delicado, tan serio, tomado de la vida real; cómo debería ser
llevado a la ficción sin que ésta termine por rebajar la
verdadera magnitud del problema sobre el que se quiere
trabajar. Todo el tiempo sobrevuela tácitamente una pregunta
que pareciera obsesionar a los realizadores: ¿cómo hacer un
producto que se pueda vender bien y que al mismo tiempo se
pueda posicionar como un largometraje serio y comprometido
socialmente? No poder resolver este interrogante –o no querer
hacerlo–, les conduce a concebir una obra débil, casi sin
personalidad. Maddy, la periodista interpretada por
Jennifer Connelly,
exclama en algún pasaje, luego de haber tomado fotos de una
escena de dolor y reencuentro de uno de los protagonistas con
su familia, palabras que parecieran reflejar las inquietudes
del propio director: "pareciera que estoy sacando provecho de
su pesar, del dolor suyo y de su familia". Al no
estar bien delimitado el modo de encarar las metas
comunicativas de la película, la narración termina deambulando
en una historia que no se sabe bien qué puntos quiere
alcanzar, y como consecuencia se termina diluyendo en un
montón de aspectos no lo suficientemente desarrollados.
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Un
buen ejemplo de cómo se podría contrarrestar un dilema así
surge de la reciente "María
Antonieta", de
Sofia Coppola. Se le criticó su falta de apego al carácter
histórico del devenir de la reina francesa, pero no quedan
dudas de que a Coppola le interesaba contar una película
que fuera más allá de la verdad documentada de su
protagonista o de aquella época. A la directora no le
importaba ser fiel a los hechos de la Historia, sino que
pretendía describir al personaje que existió hace más de
un siglo desde otro ángulo, con una mirada personal y
contemporánea. Es tan claro su mensaje, la construcción de
su relato, su estética, que más allá de que puede gustar o
no gustar, como sucede con toda obra, la identidad del
film está resuelta desde su primera imagen.
Esta
dualidad con la que convive “Diamante de sangre” se percibe en
los tonos y climas que construye cada escena. Si bien no está
siempre explícita, puede percibirse cierta carga de culpa que
impacta a la trama. Y si es culposa, se puede dudar acerca de su
transparencia y honestidad. Por otra parte, llama la
atención la gran cantidad de diálogos que bordean lo risible,
como también ciertos intentos de humor, en situaciones de
extremas complicaciones, que lucen tímidos y, como consecuencia,
inadecuados. Además, la trayectoria que sigue el guión
está demasiado apegada a clichés que le quitan emoción y
sorpresa.
En este punto, impactan las etiquetas que se imprimen a
cada personaje. Aunque
la enorme jerarquía de los actores protagonistas sirve para
paliar esto en alguna medida, no alcanza para disimular la hasta
torpe previsibilidad de sus comportamientos.
Leonardo DiCaprio
es Danny Archer, un contrabandista de diamantes, vil mercenario
obsesionado por conseguir tantas piedras preciosas como le sea
posible y canjearlas por armas. Recio con las mujeres y la vida
en general, un tipo duro, sin un sentido de la justicia, del
bien y del mal, que vaya más allá de sus propios intereses. En
su misión, se encuentra con Maddy, una bella periodista que
representa la búsqueda de la verdad, de la justicia, y la
esperanza de que con valentía es posible construir cambios. Un
tercer personaje es Solomon (Djimon
Hounsou), un
padre desesperado luego de que su familia fuera arrebatada por
revolucionarios asesinos. Solomon simboliza la pureza, la
lealtad, la honestidad, la incapacidad de mentir. Si con esta
escueta descripción de las básicas cualidades de los personajes
se intentaran pensar las posibilidades diferentes de relaciones,
situaciones e interacciones que se podrían generar entre ellos,
las menos originales, las más estereotipadas, tienen lugar en
"Diamante de sangre". A pesar del propio talento de sus actores.
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La película
tiene un ritmo narrativo vertiginoso, que se sostiene a través
de consecutivos pasajes de acción y violencia.
Un combo integrado por efectos
especiales, de sonido, bellas locaciones y, sobre todo, tiros,
mutilaciones, torturas y sangre. No fracasa en su intento de
entretener. Pero con respecto a la temática explorada, la cinta
es menos una mirada sobre la Guerra Civil en Sierra Leona en los
90, o una denuncia sobre el mafioso negociado de los diamantes,
como quisiera creerse a sí misma, que un relato al estilo
Indiana Jones sobre una aventura en un lugar exótico. Será
cuestión de gustos e ideologías de cada espectador definir si se
prefiere o no combinar un producto que apunte básicamente al
entretenimiento con una historia basada en hechos reales, hechos
que afectan a muchos seres humanos de manera dramática. El cine
es un arte donde todo es posible, respetando ciertos códigos
morales, estéticos, ideológicos, narrativos. A veces, en algunos
casos, el cómo se muestra, el cómo se elige desencadenar los
hechos de un relato, debe estar a la altura de aquello que se
quiere mostrar. Las dudas y la confusión que parecen brotar
desde las entrañas mismas de “Diamante de sangre” no conducen a
la idea de que “el qué y el cómo” convivan en armonía y apunten
para un mismo lado. Por más que eso se pretenda hacer creer.
Calificación:
    
Imágenes
de "Diamante de sangre" - Copyright © 2006
Warner Bros. Pictures, Virtual Studios, Spring Creek, Bedford
Falls e Initial Entertainment Group. Distribuida en España por
Warner Bros. Pictures International España. Todos los derechos
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