CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Más vale tarde que
nunca
De “El almuerzo
desnudo”, la icónica novela de
William S. Burroughs, siempre se
dijo que era una obra imposible de filmar. Demasiado rara,
demasiado escurridiza, demasiado abstracta, en fin, capaz de
burlar las normas más elementales de la narrativa tal y como se
había dado a conocer hasta entonces (y tal y como, en la gran
mayoría de casos, se sigue conociendo hoy por hoy), la prosa de
Burroughs se presentaba como una bestia salvaje, indómita y,
hasta cierto punto, “peligrosa”. Sin claros protagonistas, sin
un hilo conductor específico, pero con un espíritu de
provocación decididamente orgánico y electrizante, la novela
metía el dedo en tantas llagas que, en efecto, no es de extrañar
que, a la hora de adaptar el libro a la pantalla grande, el
propio
David Cronenberg renunciara a hacer un retrato fidedigno
de lo expuesto en aquellas páginas, por la simple razón de que,
como él mismo reconoció, una película de tales características
hubiera sido prohibida en la mayoría de países del mundo. Por el
contrario, vio que el único camino posible era intentar captar
la esencia de su fuente literaria, trasladar a fotogramas la
imaginería de la misma, en lo que acabó siendo una retorcida
fusión/fabulación de la vida y obra de Burroughs que, realmente,
tanto tenía del mundo del gran pope de la generación beat como
del director canadiense.
Visto así, no resulta demasiado sorprendente que “El almuerzo
desnudo” fílmico haya tardado nada menos que dieciséis años en
llegar a nuestro país (un hecho que, siguiendo la estela de su
origen literario, la convirtió hasta cierto punto en “la obra
imposible de estrenar”). Sin embargo, no es algo que se deba, ni
muchísimo menos, a ningún tipo de polémica insalvable ni miedo a
herir susceptibilidades y supuestas sensibilidades (motivos
éstos, en cambio, que sí se dieron como grandes problemas para
publicar el libro de Burroughs). En absoluto: el obstáculo con
que se ha topado la espléndida cinta de Cronenberg en nuestro
país fue, sin duda alguna, el mercantilismo galopante con que se
sigue entendiendo el cine dentro de nuestras fronteras. Y es
que, de algún modo, a uno le da la impresión de que “El almuerzo
desnudo” (película) no llegó a las pantallas con treinta años de
retraso (hay que entender que la novela data de 1959), sino
posiblemente con treinta años de antelación. Claro que, hoy en
día, el ojo patrio ya está quizás más habituado a las rarezas
desasosegantes de autores como, pongamos, Takashi Miike, pero
los 90 eran decididamente otros tiempos. Así, parece más que
probable que una simbiosis tan rematadamente perfecta de mundos
tan enfermizos y extremos como los de Burroughs y Cronenberg,
fuese un reto demasiado frontal para nuestros distribuidores
(siempre tan “preocupados” por no hacernos pensar ni
experimentar más de la cuenta).
En
cualquier caso, bien está lo que bien acaba, y por fin podemos
disfrutar (más o menos, claro está, pues la distribución no ha
dejado de ser de lo más rácana) de una de las
piezas fundamentales del cine fantástico de los 90. Una joya
poseedora de una belleza hipnótica y desafiante para con nuestra
imaginación,
definitivamente más próxima al Cronenberg más insano e
inquietante, el de “Videodrome” o “eXistenZ”,
que al domesticado director de “Una historia de violencia”.
Lúcida reflexión sobre los infiernos de la creación literaria y,
en ese sentido, malsana prima hermana del “Barton Fink” de los
Coen. Fascinante por el denso ambiente que perpetra un
Cronenberg en excelente forma artística, pero también por el
evocador diseño de producción, simplemente asombroso, y unos
intérpretes sobrecogedores en sus respectivos roles (mucha
atención, sobre todo, a
Judy Davis,
magnética en todas las vertientes de su papel desdoblado). En
resumen, una obra tan redonda que, si se le quisiera encontrar
alguna falta, habría de buscarse directamente en los efectos
especiales, quizás ya un tanto desfasados para el gusto actual,
más adoctrinado en la sofisticación infográfica que en los
animatronics. Y aún así, podríamos determinar que lo
tremendamente imaginativo de muchos diseños (sobre todo, los
“insectos/máquinas de escribir” y los denominados mugwumps,
espectacular translación en imagen de una descripción
burroughsiana particularmente imprecisa) supera con creces a
muchas realidades pixeladas de última hornada. En definitiva,
una obra críptica y personal, puede que incluso demasiado para
la media del cine contemporáneo (con el permiso de David
Lynch)... pero, tal vez por esa misma razón, imprescindible.
Calificación:
    
Imágenes
de "El almuerzo desnudo" - Copyright © 1991
Film Trustees, Naked Lunch Productions, Nippon Film Development
& Finance, Recorded Picture Company, The Ontario Film
Development Corporation y Téléfilm Canada. Distribuida en España
por Avalon Productions. Todos los derechos
reservados.
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