CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
En el reino de la desconfianza
En su segundo trabajo de
dirección, Robert De Niro
(“Una historia del Bronx”) logra una compleja y equilibrada
película que si no es una obra maestra, poco le falta para
conseguirlo. Para ello, se incorpora a la corriente de
revisionismo histórico que se ha puesto de moda en el cine
norteamericano, y apunta a los orígenes, métodos y trabajos de
la CIA en su intento por hacerse con el control y destino del
mundo durante la Guerra Fría. En concreto, la historia se centra
en la figura de Edward Wilson, encargado de los servicios de
contraespionaje desde su fundación en los albores de la Gran
Guerra hasta el intento de Estados Unidos por recuperar Cuba
para la democracia en 1961, con el desembarco fallido en la
Bahía de Cochinos. Dos momentos reconstruidos por el film con
idas y venidas en el tiempo, y dos frentes con la amenaza nazi o
soviética para épocas de tensión y confusionismo patriótico, en
que las misiones secretas amenazaban con destruir la vida
privada e incluso la propia identidad.
La estructura del filme, su complejidad
argumental y la extensa galería de personajes, resultaban
propicias para la confusión narrativa. Sin embargo, con un
poco de esfuerzo y atención –algo que no resulta costoso– la
historia se sigue sin dificultad, gracias a un guión bien
construido y que hace avanzar la trama sin caídas de ritmo.
El espectador va conociendo en cada momento el mundo de
enredos políticos y familiares en los que el protagonista se
ve envuelto, y también percibe cómo se va formando una tela de
araña de la que resultará imposible escapar sin heridas ni
pérdidas. En un momento, Edward defiende su trabajo
argumentando que gente como él “está para que las grandes
guerras sean lo más pequeñas posibles”, como si fueran
inevitables algunos sacrificios y muertos por el camino. Así,
los intereses personales se mezclan con otros familiares o de
Estado, con dilemas morales de difícil y dolorosa solución,
amores enfriados por la distancia y discreción exigidas,
juegos de apariencias en los que enemigos resultan amigos y
éstos se comportan como enemigos. Y entre tanto espía, mentira
y secreto, se esconde algún patriota oculto y muchos otros
corruptos por descubrir, lealtades heroicas y ambiciones
teñidas de traición, negociaciones sensatas y chantajes
turbios..., y siempre oscuridad y desconfianza. Por eso, el
consejo que dos hombres de experiencia en esos quehaceres le
dan al novato Edward, es que nunca se fíe de nadie, mientras
que su obligada esposa le pedirá, con el correr del tiempo,
que disuada a Edward Junior para que no se adentre en esos
siniestros laberintos vitales.
Quien
aspiraba a cultivar el arte de la poética y fomentar los ideales
humanistas, acaba trabajando en el epicentro de la simulación y
la mentira. Quien tuvo la oportunidad de formar una familia
entrañable y estable, se deja arrastrar por dos “mujeres
fatales” que le precipitan por un mundo de indiferencia y
muerte. Quien construía su vida en busca de un modelo de padre,
termina incubando aquello de lo que venía huyendo desde la
infancia. Historia de oportunidades perdidas y de ausencia de
buenos pastores, porque ésa es la aspiración máxima y única de
nuestro Edward. Porque ese hijo que vino inesperadamente,
precipitó su caminar por la vida, por él se casó y por él
después aceptó un trabajo que, sin embargo, le alejaba de los
suyos: había un trauma infantil que era preciso reparar con la
figura del buen padre. Y también un patriota que asumió su papel
de protector de un rebaño que vivía momentos de temor y recelo,
cruciales para las libertades políticas y los mercados
financieros. En ambos casos, era preciso un buen pastor tanto
para la familia doméstica como para la otra familia de los
Estados Unidos..., pero qué difícil es que quien no podía cuidar
de su propia casa y dar un poco de confianza a su mujer e hijo,
lo lograra en el otro ámbito. Así, el bueno de Edward acaba
convirtiéndose en una mala imagen del buen americano, en un
fracaso de ese modelo de patriota y padre, en una patética alma
en pena que pulula por las desoladoras alcantarillas de la
política. Sugerente planteamiento para quien desempeña cargos
públicos de responsabilidad, a los que se podría exigir una
coherencia de vida entre lo público y lo privado.
|
 |
En una película de
espías y dobles identidades, de hermandades secretas y crisis
abiertas durante la Guerra Fría, es crucial la
ambientación de las escenas. Por eso, una fotografía de fuertes
claroscuros trasmite esas atmósferas de ambigüedad y misterio,
en las que se deja ver lo que se quiere y siempre se oculta la
verdad, de cuya
existencia incluso se acaba dudando. Cinismo e intereses ocultos
para comportamientos inquietantes y enigmáticos, distantes y
fríos, con personajes que no muestran nunca sus posiciones y que
no dicen una palabra de más, ni de menos. Diálogos muy cuidados
y precisos para una historia que retoma subtramas y recuerdos
presentados en flashbacks, que recupera personajes sin
aparente trascendencia inicial, que aclara móviles
malinterpretados y deja al descubierto carencias afectivas que a
la postre resultan fundamentales. La fluidez narrativa y el
equilibrio entre la historia particular y la otra Historia
–incluido el reclutamiento de cerebros alemanes tras la derrota
nazi, como recogía "El buen alemán"– son
quizá las bazas más conseguidas en este oscuro y perturbador
fresco político.
Pero un guión y montaje
precisos, una cuidada fotografía, una música que no se excede
pero que resulta eficaz, y una puesta en escena nada artificiosa
no serían suficientes para hacer grande la película. Tratándose
de una cinta sobre personajes de doble fondo,
De Niro encuentra en Matt Damon al
actor que da cuerpo a un personaje de compleja y elaborada
psicología, recogiendo su “silencio inquietante” y dibujando su
progresivo declinar hacia el escepticismo
–un viaje como el del Ulises de Joyce–, en su aprendizaje de
“buen pastor”, distanciado de todo y de todos. Su rostro
inexpresivo sirve de máscara que oculta sus pensamientos, que
enfría sus sentimientos, que anula su trasparencia. Su
concienzudo trabajo conforma la imagen del perfecto funcionario
gris y anodino, guía y pastor de espías –y pésimo esposo y padre
de familia–, que nunca deja ver lo que su cabeza maquina, que se
mueve en solitario entre la duda y la “necesaria” desconfianza,
que tiene que corregir sus faltas de prudencia con muertes
aisladas –“pequeñas guerras”–, y cuya “moral de circunstancias”
se convierte en la más mezquina y reprobable de las conductas.
El resto de las interpretaciones están a gran altura, parcos y
sobrios en gestos y actuación, sin histrionismos ni
esquematismos en ningún caso. Quizá se echa en falta una mejor
caracterización de los personajes por medio del maquillaje,
vestuario y atrezzo, que hubiera facilitado la recreación de los
distintos momentos de la historia y ayudado a plasmar su
evolución en marcos tan dispares.
Ambiciosa y equilibrada
obra de Robert De Niro, que viaja a un tiempo “tibio” en el que
la verdad no era fría ni caliente porque simplemente no se
dejaba ver, a unos gobiernos que a veces se convertían en
cazadores cazados por espías dobles, a unas vidas en las que la
desconfianza reinaba y la soledad se adueñaba de sus personas
hasta destruirlas. Con todo, se trata de una
recomendable propuesta para un público amplio interesado por la
Historia del siglo pasado, y también en aspectos antropológicos
como la libertad interior y la fatalidad, la
amistad y la familia, el escepticismo y la ética personal.
Calificación:
    
Imágenes
de "El buen pastor" - Copyright © 2006
Universal Pictures, Morgan Creek Productions, Tribeca Films y
American Zoetrope. Distribuida en España por Universal Pictures
International Spain. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El buen pastor"
Añade "El buen pastor" a tus películas favoritas
Opina
sobre "El buen pastor" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"El buen pastor" a un amigo
|