CRÍTICA
por
José Arce
Los caminos
del terror son inescrutables. Tan sólo un género como este,
capaz de dilatarse, contraerse, reiterarse y expandir sus
límites creativos hasta lo inconcebible, podía unir los caminos
artísticos de dos personajes tan dispares como el ex director de
cine porno Gregory Dark, actualmente reputado realizador
de videoclips comerciales, y de Glen Jacobs, más conocido como
Kane, uno de los máximos estandartes de la lucha libre
americana. Semejante alianza provocará la estampida de muchos
espectadores ante la sola mención de la posibilidad de acudir al
cine a ver el resultado del experimento; sin embargo, el
proyecto no ha salido tan mal.
Un grupo de
jóvenes rebeldes recibe la oferta de reducir sus condenas en un
correccional a cambio de colaborar en los trabajos de
rehabilitación de un destartalado hotel en uno de los arrabales
de la ciudad. Por supuesto, en el vetusto edificio reside un
psicópata local, una mole indestructible que hace que
entrañables tarugos como nuestro querido Brian Thompson asemejen
inocentes y cándidas colegialas. Está claro que la idea de
partida no es muy original, y todo el interés se ciñe a ver cómo
Jacob Moodnight –aunque en nuestro país han preferido llamarlo,
asombrosamente, Lester (???)– liquida sistemáticamente a los
chavales. Dark se agarra con toda la firmeza que puede a un
texto simple hasta decir basta firmado por Dan Madigan,
guionista televisivo de la WWF, que recoge todas las pautas
clásicas del ultra saturadísimo subgénero del body count.
Los actores son tan mediocres como prescindibles, convertidos en
meros envoltorios de carne a la espera de ser eviscerados por
nuestro muchacho, que se gana inmediatamente la simpatía de la
platea. Por otra parte, la base de la historia tampoco es para
asombrarse, con un pobre Jacob que haya la justificación de su
comportamiento en una infancia presidida por una figura materna
dominadora y fanática, obsesionada con la religión. Y por
supuesto, todos los personajes hacen lo que deben para morir:
entran en las habitaciones en las que les dicen que no lo hagan,
se separan del grupo para fumarse un porro o fornicar en
cualquier rincón, tratan de atacar al asesino armados con un
triste palo en lugar de huir…
Sin embargo,
hay varios elementos que hacen que “Los ojos del mal” merezca un
tierno visionado, aún a pesar de estar basada en clichés que se
llevan repitiendo desde que Michael Myers sentara
definitivamente las bases del moderno killer on the loose.
Tenemos, entre los valores positivos, el dinámico trabajo de
Gregory Dark, experimentado en el campo del vídeo musical, que
logra preñar el metraje de cientos de planos nerviosos y
acelerados, conformando un álbum de postales inquietantes que
recorren el siniestro edificio al ritmo de una banda sonora
basada en chirridos, crujidos y chasquidos diversos –al margen
de los inevitables temas de hip hop con los que se trata
de identificar a la juventud inadaptada que pulula ante nuestros
ojos–. Teniendo en cuenta que el reparto coral consta de una
decena de víctimas potenciales, las secuencias y los
flashbacks orquestados entre crimen y crimen son un mero
nexo que sirve de pausa en la carnicería, aunque es justo
afirmar que están resueltos con bastante acierto. Otro
inevitable punto de inflexión a la hora de valorar la producción
es el carisma de la figura del psycho y sus tácticas
exterminadoras. Goodnight se sirve de una cadena con un garfio
en el extremo, garantizando la brutalidad de sus acciones,
suficientemente explícitas como para merecer el interés del
espectador, que acude a la sala buscando un enfoque netamente
gore necesario en este tipo de productos de serie B con
sabor añejo; más allá de su afilada herramienta, logra especial
mención uno de los asesinatos, que no será desvelado aquí pero
que despierta simpatías por su nada subliminal mensaje sobre la
obsesión de la juventud con la telefonía móvil. Kane,
afortunadamente, no tiene que esforzarse demasiado por
interpretar su papel, que sólo le exige abrir la boca una vez,
limitándose a pasear su impresionante corpachón malencarado, de
la misma manera que hace todos los fines de semana en los
rings norteamericanos para deleitar a sus legiones de
seguidores.
Por lo demás,
la producción cabalga entre el despiste del equipo y momentos de
un cuidado más que notorio en lo relativo al apartado del diseño
artístico, logrando un resultado compensado dentro de su
absoluta falta de pretensiones. El escalofriante y contundente
prólogo se lleva lo mejor del metraje, una introducción fría y
brutal que recuerda en cierto modo al arranque de la
psicotrónica “Furia silenciosa” (Michael Miller, 1982); a
medida que avanza la historia, el interés decrece de modo
inevitable ante la falta de sorpresas y lo tremendamente
previsible de todo lo que acontece, acontecimientos que se
encaminan a un final resuelto con bastante gracia, con el pobre
mostrenco de Jacob/Lester finiquitado en una secuencia digna de
un cartoon descerebrado y lisérgico.
La lista de
luchadores que saltan de la lona al cine se sigue engrosando.
Tras los pasos de Hulk Hogan, Roddy Piper o The Rock, Kane
–curiosamente, nacido en Madrid hace cuarenta años– se apunta a
un carro modesto pero igualmente rentable, salvando las
distancias. Y por méritos propios “Los ojos del mal” entra
directa en dos listas tan ingentes como inagotables: la de los
hijos de Myers, Vorhees y compañía, y la de producciones que no
pueden acercarse al Vaticano a menos de doscientos kilómetros.
Calificación:
    
Imágenes
de "Los ojos del mal" - Copyright © 2006
Lionsgate y WWE Films. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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