CÓMO SE HIZO "MIGUEL Y
WILLIAM"
Notas de producción ©
2007
Warner
Bros. Pictures
Notas de la directora Inés
París
«“Miguel y William” es mi tercera película como directora y la
primera en solitario. Desde la escritura hasta el mismo instante
en el que redacto estas notas, ha sido una aventura vital y
creativa, apasionante. Un proyecto de estas dimensiones
–internacional y con un alto presupuesto– absorbe toda la
energía, pensamiento y emociones de un director durante un largo
periodo de tiempo. Durantes dos años yo he vivido en el siglo
dieciséis, una experiencia impagable. Esta historia nació con
una llamada de Antonio Saura, Juan Luis Galiardo y Eduardo
Baura, los productores, que al otro lado del teléfono me
preguntaba: ¿te gustaría hacer una película sobre un encuentro
entre Cervantes y Shakespeare? Antonio, que me conoce hace
tiempo, sabía que la propuesta iba a entusiasmarme. Yo estudié
teatro durante años, trabajé como actriz y como ayudante de
dirección en el teatro Español de Madrid, preparé una tesis
doctoral sobre la importancia social de teatro en el barroco
español... ¿cómo no iba a apasionarme la idea? Recordaba cuando,
recién terminada la carrera de filosofía, pasaba horas en la
Biblioteca Nacional investigando para la tesis y fantaseaba, en
medio de tanta erudición, que lo que de verdad me apetecía era
escribir con todo lo aprendido una obra de teatro. Veinte años
después surgía la posibilidad de una película. Parecía el
destino.
Desde el primer instante en
que empecé a inventar la historia una pregunta se convirtió en
central: ¿cómo debía imaginar a Cervantes y Shakespeare, esos
dos “genios” de la literatura? ¿Rodeados de una especie de halo,
un carisma, un no-sé-qué, que se percibía inmediatamente?
¿Inteligentísimos? ¿Extremadamente ocurrentes? ¿Una especie de
superhombres, ángeles o demonios…? ¿dos monstruos? Me sentía en
una trampa mortal. Todo guionista sabe que es imposible crear
personajes que sean más inteligentes que el propio autor. Puedes
imaginar y construir a alguien más guapo, más valiente, o más
imbécil. Pero ¿cómo creas los diálogos de dos “genios”? ¿cómo
imaginas qué les pasa en la cabeza? El problema estaba en la
misma idea de genio, concepto al que di vueltas durante varios
días. ¿Qué es realmente un genio aparte del de la lámpara, que
es instantáneamente reconocible porque aparece flotando en el
aire? Los genios de carne y hueso son una construcción social.
Personas a los que por su obra y porque han tenido suerte (sus
obras no se han perdido, no las ha destruido el inquisidor de
turno, ni se las han comido los ratones antes de que alguien con
poder, dinero, prestigio y buen gusto, las conozca y le
fascinen) los siglos (normalmente cuando ellos ya han muerto)
los han colocado en un pedestal. Ahora son figuras, mitos,
gigantes, a los que se estudia en las universidades pero ¿y
mientras estaban vivos? ¿No eran hombres o mujeres como
nosotros, empeñados en crear algo, inseguros sobre lo que
estaban haciendo, en la mayoría de los casos no reconocidos y
muchas veces despreciados?
Esta reflexión es la que me
decidió. En vez de escribir sobre Shakespeare y Cervantes yo iba
a hacerlo sobre MIGUEL Y WILLIAM dos seres humanos con sus
debilidades, temores, manías, inseguridades y eso sí, con el
empeño de escribir y hacerlo lo mejor posible.
Humanizarlos no significaba
olvidar que eran dos creadores. Y que se iban a “encontrar”. He
trabajado durante muchos años en equipo y sé perfectamente lo
que significa el encuentro de dos personalidades creativas. Los
momentos más interesantes son aquellos de choque de
sensibilidades, por eso necesitaba que Cervantes y Shakespeare
(ahora Miguel y William) encarnasen dos extremos de la creación.
No era difícil. Sabía que se llevaban unos veinte años, que
Shakespeare (según algunos especialistas) había empezado
escribiendo comedias, que Cervantes fue un autor al que costó
años triunfar. Era fácil imaginar a uno vital, extrovertido,
lleno de sentido del humor y al otro (el español) muy
unamuniano, impregnado de un sentimiento trágico de la vida.
William podría ser joven, aventurero, alocado y un hombre que
odia el sufrimiento. Miguel un ser sensible y torturado,
profundo, triste, inteligente. Cervantes podría aprender de
Shakespeare a confiar en sí mismo, a disfrutar con la escritura,
y usar la creación para burlarse del mundo. Shakespeare
descubriría con Cervantes el dolor, la mirada crítica hacia lo
real, el valor para hablar de la naturaleza trágica del hombre.
El “contagio” de los dos autores debía plasmarse en sus obras.
El encuentro con Shakespeare podría ser el germen de El Quijote
(William tendría mucho de “loco” perdido en unas tierras que
estaba descubriendo) Cervantes el inspirador de… ¿Hamlet? (un
hombre lleno de dudas, incapacitado para la acción) ¿Otelo? ¿El
rey Lear?
Sabía además que esta
película DEBÍA SER UNA COMEDIA. Me parecía imprescindible por un
motivo muy simple: una comedia te puede salvar de la pedantería
y pretenciosidad, trampas en la que es fácil caer al hacer una
película sobre dos figuras con una dimensión histórica y
artística trascendente.
Lo cómico es además un género
en el que siempre me he sentido cómoda. La visión irónica de la
realidad, la trasgresión, la desdramatización de los problemas y
el optimismo vital son mi naturaleza emocional e intelectual.
Me encanta hacer reír a los
espectadores, ofrecerles un momento de relax y disfrute en las
salas de cine, permitirles ver la vida de una manera positiva y
esperanzada.
Además el tono cómico me
parecía muy adecuado para hablar de dos autores que se
caracterizan por su sentido del humor en gran parte de su obra
literaria. Los dos supieron utilizar la emoción y la risa para
trasmitir sus ideas, para hacer pensar y ver el mundo de forma
crítica. Los dos fueron irrespetuosos con los poderes
establecidos y los tabúes sociales. Los dos se burlaron del
mundo y lo pusieron en cuestión para permitirnos imaginar otros
mundos posibles.
Todo esto lo andaba meditando
cuando me puse a investigar y descubrí un dato que me ayudó a
poner en marcha el argumento: la “desaparición” de Shakespeare.
William Shakespeare es uno de
los autores más misteriosos que han existido (si es que existió,
premisa que muchos estudiosos ponen en cuestión ya que tiene un
corpus teatral tan maravilloso y variado que parece imposible
que fuera obra de un solo hombre). Entre los muchos puntos
oscuros de su biografía hay uno especialmente sugerente. Entre
1587 y 1592 desapareció. Lo último que se sabe de él es que,
estando ya instalado en Londres y habiendo empezado a ser
conocido como autor de comedias, asistió al bautizo en
Stratford-upon-avon de sus hijos gemelos, después...nada. Se
volatilizo. Años después volvemos a oír hablar de un tal
Shakespeare de nuevo viviendo y trabajando en Londres. En esta
nueva etapa parece escribir sus grandes obras.
Me lancé a buscar que pasaba
con Cervantes en estos años. Hacia 1590, el español no estaba en
el mejor momento de su vida. Había peleado en Lepanto, perdido
la movilidad de una mano por una arcabunazo, sufrido años de
prisión, regresado a España y fracasado en sus primeros intentos
de ser escritor. Trabajaba de recaudador de impuestos. Los
siento por el pobre Cervantes, pero este desolador panorama me
hizo saltar de alegría. Un hombre desaparecido y otro fracasado.
Había historia.
¿Dónde demonios pudo ir
Shakespeare durante los “años oscuros”? (Es el nombre que dan
los eruditos a estos años perdidos) Lo que de él había leído
–que su mujer, con la que se casó estando embarazada, era algo
mayor que él; que cuando ya era padre de varias criaturas se
largó a Londres donde tuvo varias amantes, que escribió sonetos
de amor que pudieron dedicados a un hombre o a una mujer… –me
condujo a pensar en una fuga por amor. Recordaba los sonetos de
Shakespeare dedicados a una dama de ojos oscuros que le hace
sufrir y a la que tacha casi de demonio. Era fácil imaginar al
joven William, impulsivo y apasionado, corriendo detrás de una
faldas. ¿Hasta dónde? Bueno, por motivos obvios de producción,
hacía falta que tal carrera le trajese a España.
Ahora bien, para cruzar un
mar, acercarse a tierras enemigas y soportar el sol de la
llanura castellana por amor a una mujer, ella debía valer un
potosí. Para mí la protagonista era una mujer estupenda,
merecedora del amor de dos genios (rivales en las letra y en el
deseo) pero... atrapada en una sociedad donde las mujeres tenían
pocas posibilidades de ser libres, decidir su destino y, sobre
todo, de crear. Sin embargo yo la imaginaba con alma de artista,
con una pasión que despertase el amor de los dos hombres más
allá de la tracción por sus encantos físicos. Sin duda ella
amaba el teatro. ¿Autora? Ya había dos y muy famosos. Actriz
entonces. Una mujer que quería representar nunca podría hacerlo
en Londres, donde los escenarios estaban vetados a las mujeres.
Pero sí en España. Vivía en Londres, conoció a Shakesperare y le
enamoró. Pero ella se marcha, regresa a España, su país de
origen ¿por voluntad propia? ¿en el siglo dieciséis? Imposible.
Un matrimonio concertado era una propuesta más creíble. Y así
empezó a nacer Leonor y a convertirse en la protagonista de la
película. Habría dos genios pero la mujer era el centro de la
historia. Ella más lista que los dos, sería el catalizador que
los uniese. Su aventura vital el hilo conductor.
Siempre imaginé la película
muy “teatral”, al modo de las comedias de capa y espada, pero
protagonizada por dos escritores. Esto nos permitiría jugar con
los arquetipos: unos malos poderosos y oscuros, mujeres
disfrazadas de hombre, correrías por los pasillos de un
castillo, duelos a espada. Pero, siendo una película sobre la
creación artística, sobre la relación que entre lo vivido y lo
inventado, lo importante no eran tanto las espadas como las
plumas. El duelo de los autores, un duelo de talentos y la
resolución de los conflictos tener lugar sobre un escenario. Los
protagonistas no eran guerreros sino artistas y se trataba de
mostrar como al final el arte, la capacidad de conmover y
convencer, es más poderosa que cualquier arma.
Esta idea de teatralidad me
hizo concebir la película desde sus orígenes como una
“invención”. El regreso al siglo dieciséis debía tener algo de
“viaje de ciencia ficción” hacía atrás. Lo que hoy sabemos de la
época, a través de la pintura y la literatura, tienen mucho de
convención. Los retratos de la época muestran el poder, la
simbología, los atributos sociales de los retratados. No son
“realistas” ni “verídicos”. ¿Por qué íbamos a estar obligados a
serlo nosotros? Además la película jugaba con una fantasía
absoluta desde el principio ¿y si Shakespeare hubiera venido a
España? ¿Y si hubiera conocido a Cervantes? ¿Y si hubieran
rivalizado por el amor de una mujer?
La idea de recreación desde
hoy en día del siglo dieciséis la discutí y elaboré con aquellas
personas del equipo que han sido claves en la realización de
esta película (Néstor Calvo en la fotografía, Sonia Grande en el
diseño de vestuario, Jon Bunker en la dirección artística,
Carlos Saura Medrano como line producer). Trabajamos siempre en
la idea de que la película debía ser muy contemporánea en su
tratamiento visual y estético. Queríamos huir del retrato
sombrío y trascendente de la “España negra”. Durante meses
estudiamos la pintura de le época y nos detuvimos en los
pintores flamencos cuyo tratamiento del color nos inspiró los
tonos de la película. Estudiamos las películas que nos parecían
buenas referencias como “La Kermesse heróica” de Jacques Feyder
por su capacidad de dar un tono cómico y de enredo a una
película de época; “Shakespeare in love” de John Madden como
modelo de comedia romántica; “Los duelistas” de Ridley Scott con
su utilización emocional de los paisajes y sus sencillos y
efectivos combates y Sleepy Hollow de Tim Burton, por su
tratamiento estético y fotográfico fantástico, no realista.
La concepción no realista,
“de cuento”, que la película debía tener hacía evidente la
necesidad de rodar todo lo posible en decorado. En el guión
había un “patio” central de castillo donde se desarrollaba gran
parte de la acción. Lo construimos en un enorme estudio donde
nos resultaba posible controlar la luz, la climatología y los
tiempos de rodaje.
Para hacer más creíble el
decorado lo mezclamos con espacios “reales” filmados en varios
castillos. El de Loarre, en Huesca, es el “exterior” de nuestro
castillo. Lo elegí por estar aislado en lo alto de una montaña y
ser un castillos sobrio, guerrero, medieval. Era el espacio
simbólico que correspondía a un duque como Obando que de
renacentista y cortesano no tenía nada. Las habitaciones de los
protagonistas se rodaron cerca de Toledo, en Guadamur, un
castillo que nos dio más de una sorpresa agradable (existía una
habitación morisca como la descrita en el guión, las paredes
tenía pintados unos lobos que se convirtieron el símbolo de
Obando...)
Los paisajes que aparecen el
la película fueron cuidadosamente elegidos para que no rompiesen
el tono simbólico y fantástico del resto de la película. Son
zonas de Castilla-La Mancha y todos muchos de ellos parajes
cervantinos: Almagro, las lagunas de Riudera, los molinos del
campo de Criptana.
Rodar una película de época
significa desplazar un equipo amplio y complejo. Además de los
actores y los técnicos habituales, viajábamos con las carrozas,
los caballos y burros, la gente que cuidaba de los animales, los
especialistas para las escenas de acción, los de efectos
especiales... recuerdo con emoción lo que era llegar al amanecer
al castillo de Loarre y ver la falda de la montaña sembrada de
vehículos y personas que se ocupaban de que la fantasía se
hiciese realidad. En momentos así es cuando uno se da cuenta de
lo privilegiada y maravillosa que es esta profesión.
Aunque también sufrimos. El
frío que hace en los castillos (a veces más en el interior que
fuera) el polvo que levantaban los suelos sobre los que tenían
que moverse los actores y desplazar la cámara, el humo de las
innumerables velas que nos obligaba usar mascarillas y que teñía
de negro los maravillosos maquillajes cerúleos de los actores,
la incomodidad de los trajes de época, con corsés que cortaban
el aliento a las actrices, los tiempos de espera para que todo
estuviera listo y sobre todo, la dificultad de trabajar con
animales: caballos que relinchan, que se encabritan y se
“niegan” a pararse en las marcas, burros que se empeñan en tirar
de un decorado hasta romperlo, cerdos que se lo comen o con los
que sólo se puede hacer una toma porque mueren de un infarto si
les haces correr varias veces...
Pero todo esto se supera con
facilidad cuando tienes un equipo como el ha hecho esta
película. Un equipo que mezclaba técnicos y artistas ingleses y
españoles, enormemente profesional y unido por un proyecto en
que creían y al que todos han sabido aportar lo mejor. Empezando
por su entusiasmo y esfuerzo. Sobre todo, los actores.»
Imágenes
y notas de cómo se hizo "Miguel y William" - Copyright © 2007
Zebra Producciones, Miguel & William Producciones, IV Centenario
y Future Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
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