CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Reunir a dos piedras
angulares como Cervantes y Shakespeare en un hipotético
encuentro cinematográfico presenta no pocos atractivos para
alguien que, como quien suscribe, ama la literatura al mismo
nivel que el cine. El argumento debía ser rocambolesco para no
herir nacionalismos filológicos con un enfrentamiento serio y
equitativo, pluma contra pluma. En su afán por evitar que la
sangre corra entre los dos dramaturgos,
Inés París, ya
sin su colaboradora Daniela Fejerman, exagera el asunto con
consciencia, pero también con una ineficiente comicidad, incapaz
de igualarse a los requiebros originales de sus protagonistas.
Es entonces cuando corre la
tinta emborronándolo todo en un pastiche que, como adolecía su
película anterior,
"Semen, una historia de amor",
toma de aquí y de allá unas cuantas referencias que hagan reír
al más ingenuo. Lo que podía haber sido un interesante discurso
sobre la inspiración y el talento –incluso sobre las propias
influencias de las que tanto abusa la directora–, se convierte
en un ejercicio de urticaria creativa: al final, mucho rascar
termina produciendo más dolor que placer. París se habrá dado
cuenta de que las adaptaciones de las obras de ambos escritores
son abundantes –si bien el bardo de Avon gana de forma
cuantitativa–, pero ellos apenas han asomado la cabeza en el
celuloide. Juntos y revueltos, qué mejor manera de celebrar sus
genios que con un homenaje al humor y la parodia. El problema es
que, con un contexto de época y, encima, castellano, resulta muy
difícil arrancar la risa con bromas coherentes con su tiempo y
la tentación del chascarrillo moderno clama con demasiada
fuerza.
Por esa razón,
“Miguel y William” se aferra a la facilidad del chiste
contemporáneo, el manoseado doble sentido y alguna que otra
punzada soez, lo cual embarra con vergüenza ajena a los
personajes a los que se está homenajeando.
Convertidos en criaturas de ficción, ninguno de los dos se
comporta según los esquemas de sus obras y sí a través de los
estereotipos que el cine ha levantado sobre ellas. No hay más
que ver el aire a lo Joseph Fiennes que
Will Kemp
imprime en su caracterización física y sus gestos, y al cargante
Juan Luis Galiardo
como un reverso insípido de su don Quijote (2001). El influjo de
la almibarada “Shakespeare in love (Shakespeare enamorado)”
(1998), de John Madden, es más que notable tanto en el esquema
argumental como en la distribución escénica. La musa que
desestabiliza la vida del creador para después subrayar ese caos
como inicio de una fructífera carrera es encarnada en
Elena Anaya
con la belleza inocente y el talento limitado de siempre.
Empeñada en conseguir una obra única de sus dos literatos
admiradores, provoca una brecha entre el deber y el deseo que
confluyen en el clímax de una representación teatral –heredera
del planteamiento de Madden sólo como prolongación de las
verdades veladas y los entuertos desvelados del cierre de “El
pirata” (1948), de Minelli–. Tan insignificante confabulación se
recrea, al menos, con el anacronismo y la hipérbole de una
puesta en escena libre del puntillismo de otras recreaciones
españolas como "Alatriste" o
"Los
Borgia". Un
envoltorio cuya escasa credibilidad consigue igualarse a la de
su historia, completándola y reafirmándola sin la victoria que
impide el poco agraciado guión.
Inés París sigue la moda de
explicar los orígenes de referentes actuales mediante causales y
tontas explicaciones. El fútbol, los nombres y estampas de “El
Quijote” o las tragedias de Shakespeare –sin ir más lejos, toda
la trama es una transposición de “Otelo”, como “Shakespeare in
love (Shakespeare enamorado)” lo era de “Romeo y Julieta” y
“Noche de reyes”– reciben su dudosa génesis con una gracia que
ni siquiera funcionaría si la directora recurriese en menos
ocasiones a ella. Tal vez el pulso entre dos autores abrumados
por la destreza ajena y por la propia que empieza a bullir sin
sentido, tenía demasiado calado para una escritora de comedias.
En cualquier caso, el trauma del choque creativo podía ir más
allá de ese simplón repiqueteo de espadas con que se abre el
filme. No importa que, por pagar el precio de un tema más
relevante, el argumento se trivialice y el humor campe a sus
anchas. Pero la picaresca debe presentarse con una inteligencia
mayor, demostrando que la comedia española puede resolver su
crisis sin recurrir a las estratagemas de la moderna –y también
decadente– comedia norteamericana. En este aspecto, es la
estupenda banda sonora de
Stephen Warbeck
–volvemos a “Shakespeare in love (Shakespeare enamorado)”– la
que consigue dotar a la película del distanciamiento y la ironía
que muchas de sus escenas buscan entre patosos esfuerzos –y gags
físicos más agitados que las aspas de un molino, casi siempre
obsequio de Will Kemp–.
Sin romper la armonía
del inestable conjunto más que por un par de apuntes dramáticos,
el sacrificio que imponía la dualidad despertada por la musa
inconstante es sustituido por una de las fiestas colectivas
típicas en los cierres de farsa shakespeariana. El divertimento
blanco de “Miguel y William” –aunque ese inocuo apelativo no la
exima de sus errores– se enfrenta al melodrama de Madden sin más
hallazgos. La realidad como rúbrica de un mundo ficticio e
ilegítimo se sustituye por una ebria celebración del libre
albedrío creativo –representado en ese último giro final,
producto de la revelación de una sexualidad madre de todas las
libertades–. Su concepción es tan cándida y descerebrada que
hasta París, poniendo por primera vez en entredicho las palabras
de un genio, se atreve a firmar con aquello de “Bien está lo que
bien acaba”.
Calificación:
    
Imágenes
de "Miguel y William" - Copyright © 2007
Zebra Producciones, Miguel & William Producciones, IV Centenario
y Future Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
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