CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
El ingenio de la dama
Un cansado y melancólico
Miguel de Cervantes y un seductor y jovial William Shakespeare
llegaron a conocerse, e incluso a enfrentarse artísticamente por
el amor de una dama, en la Castilla de finales del siglo XVI.
Confiar en una brillante idea como punto de partida y moverse
con la libertad que permite la Historia-ficción puede dar
excelentes resultados. De igual forma, todo ello puede no ser
suficiente si la prometedora premisa inicial se agota en sí
misma a los pocos minutos de metraje, y esa invitación al juego
en el tiempo histórico, aun aceptada, se pierde entre los giros
de una simplona comedia de enredo.
Por
esta pendiente se desliza “Miguel y William”, primer
largometraje en solitario de la directora
Inés París.
Imagina que pudo ocurrir durante unos años en los que
misteriosamente se pierde la pista del escritor inglés, dentro
de una biografía ya de por sí oscura. Durante este período
podría haber seguido hasta Castilla a una joven doncella,
Leonor de Vibero, que regresa de Londres para contraer
matrimonio con un duque. En su castillo coincide con Miguel de
Cervantes, por aquel tiempo un autor que malvive como
recaudador de impuestos y no goza del reconocimiento por sus
obras. Los dos rivalizan con sus versos por seducir a la dama.
Recordar
Shakespeare y el Cine empuja a asociar rápidamente calidad y
buen gusto. Sus textos han generado excelentes adaptaciones e
incluso, como es bien sabido, su propia figura inspiró la
estimable “Shakespeare in love (Shakespeare enamorado)”, con la
que es inevitable no establecer ciertas comparaciones. Apenas
queda algo de esos signos de identidad en una comedia que se
permite, como máxima aspiración, una poca afortunada sucesión de
citas y guiños a las obras de los dos escritores. En el momento
que surgen ciertos destellos de la calidad literaria que ambos
atesoraban, como la cadencia de un soneto del autor inglés
cantado por Leonor o las conversaciones de ésta y Cervantes
sobre la naturaleza del amor y el teatro, tristemente se esfuman
por las presuntas gracias que acto seguido sueltan sus
personajes.
Y es
sorprendente esta determinación por conducir el film hacia una
especie de “vodevil en el castillo”, con una trama que encadena
incontables recursos de situación (carreras por los pasillos,
duelos, entradas y salidas por las ventanas) sin demasiado
concierto. Apuesta por la efectividad del
chiste fácil, grotescas referencias literarias que el guión
introduce con calzador, en lugar de preocuparse por imprimir
originalidad y desarrollar con coherencia el argumento.
Da la impresión de que no
confía en las posibilidades que le ofrece el rico material que
lleva entre manos, algunas secuencias que contienen un humor
inteligente apenas destacan entre aquellas que optan por el
camino más rápido, usando este género como un saco en el que
todo parece tener cabida.
Todo ello transcurre con
una ambientación deficiente, cargada de
anacronismos. Unos hermosos escenarios naturales, pero
excesivamente fríos, se completan con la pobreza de unos
decorados de cartón piedra
que llegan a recordar a las antiguas adaptaciones televisivas de
dramas históricos. Podría achacarse a una supuesta escasez de
presupuesto –aunque, según los datos de producción, es holgado–
o a una alarmante falta de imaginación y de capacidad para
plasmar esos recursos en la pantalla. Los distintos elementos de
la dirección artística no acaban de casar, y los equívocos
trascurren en un espacio demasiado desangelado como para lograr
el ímpetu necesario en este tipo de comedia. Aun respetando las
licencias históricas, la cinta resulta tan llena de tópicos que
parece la mirada de un cineasta venido a reconstruir una
historia que le es ajena, o lo que es peor, concebida para ser
vista en el exterior (ver a Leonor admirando el cuadro de un
apuesto noble y exclamar un alegre "viva España" cuanto menos
provoca un respingo en el asiento).
Similar irregularidad se
observa en el terreno interpretativo, aunque el conjunto del
reparto cumple con oficio su cometido, en especial el largo
elenco de secundarios. El actor británico
Will Kemp como
Shakespeare nos somete a una composición gesticulante, con la
que parece estar haciendo su propia película, mientras que la
presencia de una muy desaprovechada
Geraldine Chaplin
se convierte en un mero reclamo. Sin duda, destaca el entusiasmo
de una Elena Anaya
que desprende dulzura y encanto como pletórica Leonor,
moviéndose con soltura en los tiempos que exigen los enredos de
la trama.
A pesar del título, es
Leonor, vínculo entre ambos escritores, la verdadera
protagonista de un film que reivindica el ingenio de la mujer,
reprimido en aquel tiempo por el hombre. Ella no es sólo la
inspiradora del talento, sino el cerebro pensante y motor de
cuanto sucede. Junto a esto, introduce como telón de fondo el
Teatro convertido en reflejo de la vida. Se percibe el dominio
de la directora de estas obras clásicas, por lo que resulta
extraño que no haya utilizado con más acierto sus mecanismos en
la construcción de la historia. En última instancia,
sus buenas intenciones –dignificar el papel de la mujer
en aquella época y la admiración al Teatro– quedan diluidas en
la discreción del conjunto.
Calificación:
    
Imágenes
de "Miguel y William" - Copyright © 2007
Zebra Producciones, Miguel & William Producciones, IV Centenario
y Future Films. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
International España. Todos los derechos
reservados.
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