CÓMO SE HIZO "HISTORY
BOYS"
Notas de producción ©
2006
Hispano Foxfilm
1. Origen del proyecto
En mayo de 2004, la nueva y provocadora obra de Alan Bennett
sobre la anarquía de la adolescencia, la finalidad de la
educación y la naturaleza de la historia, “The History Boys,” se
estrenó en el Teatro Nacional de Londres bajo la dirección de
Nicholas Hytner. Causó sensación nada más ponerse en escena.
Rebosante de malicioso ingenio, de energía juvenil y de
insistentes preguntas sobre absolutamente todo, desde por qué
hay alguien que lee poesía hasta el mismo cogollo de la ética
sexual, la obra registró un sinfín de llenos y acaparó numerosos
premios, entre los que figuran los Premios Lawrence Olivier a la
Mejor Obra Nueva, al Mejor Director y al Mejor Actor, así como
los premios del Evening Standard y del Círculo de Críticos a la
Mejor Obra. A una gira mundial de enorme éxito la siguió un
temporada triunfal en Broadway. A pesar de su ambientación
evidentemente británica, el argumento le llegó al público
estadounidense con tanta fuerza como al de su país de origen,
llegando el New York Times a calificar la obra como “locamente
divertida y cautivadora”. Barrió en los Premios Tony, logrando
los correspondientes a seis categorías, incluidas las de Mejor
Obra, Mejor Director, Mejor Actor Protagonista y Mejor Actriz
Destacada.
Aun antes de que la obra
llegara a Broadway, la gigantesca avalancha de entusiasmo
provocada por sus temas y personajes no dejó duda de que Hytner
y Bennett – que anteriormente habían colaborado en LA LOCURA DEL
REY JORGE, película candidata al Oscar® e igualmente basada en
una producción del Teatro Nacional – deberían pensar en llevar
el argumento a la pantalla. Decidieron trabajar a la velocidad
del rayo para mantener esa chispa mágica que se había encendido
en el escenario, rodando la película en sólo cinco semanas,
aprovechando un breve intervalo entre la temporada del Teatro
Nacional y el comienzo de la gira mundial. Optaron por la
rapidez con toda intención.
“La obra había sido ensayada
en profundidad cuando la escenificamos por primera vez y, pasado
poco más de un año, realizamos la película”, explica Hytner.
“Las películas pueden exigir años, y más años y todavía más
tiempo, y, en ocasiones, cuando por fin se finalizan, toda la
pasión se ha consumido. Pero Alan escribió la obra rápidamente,
en un relámpago de inspiración, y nosotros nunca perdimos
nuestro entusiasmo por ella. En el proceso de trasladarla del
escenario a la pantalla – de volver a pensar en cómo contar la
historia, de concebirla de nuevo, de revisualizarla – ni por un
momento levantamos el pie del acelerador”.
Aunque Hytner y Bennett
habían decidido anteriormente realizar una película basada en
HISTORY BOYS, no revelaron sus intenciones ni procuraron
activamente la participación de nadie más hasta que hubieron
terminado el guión y elaborado un calendario completo de
producción. Querían estar listos para entrar en acción en un
instante. Sabían que era necesario moverse a toda velocidad – se
les presentaba una limitadísima oportunidad antes de la gira
mundial y durante las vacaciones en Inglaterra, que les
permitiría rodar en un auténtico colegio cerrado durante el
verano. Lo que era más importante, ellos sabían que cualquiera
con el que realizaran la película tendría que estar de acuerdo
en utilizar precisamente el mismo reparto de la producción del
Teatro Nacional, muchos de cuyos miembros eran jóvenes
primerizos sin experiencia cinematográfica – pero que ya se
habían metido por completo en sus personajes, habiéndolos
ensayado rigurosamente y representado cientos de veces en
escena.
“No sucede muy a menudo que
una obra tenga un reparto perfecto desde cualquier punto de
vista”, afirma Hytner. “Cuando eso ocurre, un material que ya es
rico y resonante se enriquece todavía más. La combinación de las
partes tal y como aparecen escritas en el papel y lo que cada
noche recrean unos actores imaginativos que se meten en la piel
de lo que representan, mantiene todo más que vivo. De ninguna
manera íbamos a realizar esta película sin el reparto con el que
habíamos estado trabajando durante los 12 meses anteriores”.
Cuando Hytner y Bennett
estuvieron listos, se dirigieron a unos productores
independientes notablemente iconoclastas como Kevin Loader (LA
MANDOLINA DEL CAPITÁN CORELLI, EL INTRUSO, THE MOTHER) y Damian
Jones (WELCOME TO SARAJEVO, MILLONES, GRIDLOCK’D). A Loader y a
Jones les entusiasmó formar parte del proyecto y dejar que
Hytner y Bennett llevaran a la pantalla la historia que habían
ideado poniendo en primer plano sus propios instintos creadores.
“Nuestra aportación a la fiesta fue un conocimiento de cómo
hacer esta película con un reducido presupuesto y dar a Nicholas
y Alan el tipo de libertad absoluta de creación que querían”,
resume Loader.
“Kevin y Damian elaboraron
con suma habilidad un paquete financiero y los que tomaron parte
– BBC TWO Films, DNA Films y Fox Searchlight Pictures –
respaldaron al 100 % la idea de que prosiguiéramos por el camino
que ya habíamos emprendido”, añade Hytner.
Al enfrentarse con la
adaptación cinematográfica, Alan Bennett se ciñó en gran medida
a la producción escénica. Bennet, uno de los narradores
teatrales y cinematográficos más populares de Inglaterra, se
había inspirado para escribir la obra en su propia experiencia
como un joven que hizo cuanto pudo para aprobar los exámenes de
ingreso en Oxford y Cambridge”, pero que ansiaba conocer a uno
de esos míticos profesores consumidos por una ardiente pasión de
saber y aprender por el mero hecho de aprender.
“Si hubiera tenido a alguien que hubiera podido infundirme un
entusiasmo tan evidente como Hector era capaz, entonces me
habría quedado más claro el objetivo”, reflexiona Bennett. “Hay
personas que lo hacen pero, en todos mis años de estudiante,
sólo conocí a uno. Justo al final de mis estudios en Oxford,
tuve un tutor que enseñaba historia medieval. La historia
medieval es, dicho con moderación, una asignatura muy marginal
pero él lograba que pareciera que ella y sólo ella era lo que
hacía la vida que mereciera la pena. Todavía hay profesores de
esa clase, que sobreviven aun en las terribles condiciones de la
enseñanza actual, pero yo nunca tuve uno cuando era un muchacho
y supongo que por eso intenté darle vida a uno”.
Bennett ambienta su relato en
los años ochenta, en un colegio de segunda enseñanza donde se
palpa la tensión entre la cultura pop y la superior, el lugar
idóneo para plantear preguntas sobre cómo resolvemos la lucha
entre estilo y substancia en la vida, y cómo enseñan y son
mutuamente enseñados los seres humanos. Lo hizo creando a dos
convincentes profesores opuestos por el vértice: Hector, el
profesor de “Ciencias Sociales”, excéntrico y amante de la
diversión, e Irwin, el pulcro profesor de Historia que se guía
por los resultados.
Si bien el personaje de
Hector – delicado, sabio y de contorno tan amplio en su persona
como en su vibrante pasión por el saber – da en ocasiones la
impresión de ser un héroe nada convencional y desamparado,
también está lleno de enormes fallos que Bennett trató con
emotiva honestidad en su obra.
Cuando se le pregunta por qué
eligió dotar a Hector del perturbador talón de Aquiles de
sentirse atraído por sus alumnos, Bennett contesta: “Me pareció
que encajaba con su carácter; de verdad. Me pareció correcto y,
en cierta forma, le convertía en un inocente. Los chicos de la
obra tienen 18 años y creo que realmente son muchos más sabios
que Hector. Su actitud hacia él es de una tolerancia harta; el
totalmente inútil toqueteo que reciben yendo en su motocicleta
no les alarma ni les daña; simplemente les aburre. Al mismo
tiempo – y éste podría ser un concepto romántico – sienten
afecto por él y le dejan seguir. Simplemente lo soportan y
piensan que es una de esas cosas de la vida. No creo que se
aparte tanto de la verdad ”.
En efecto; tanto Hector como
Irwin demuestran ser demasiado humanos como para servir de
modelos perfectos de comportamiento para los muchachos – pero en
opinión de Bennett da lo mismo, porque les corresponde a los
chicos abrir sus propios caminos hacia lo que de verdad quieren
lograr en la vida. Así lo resume: “Yo quería mostrar que, al fin
y al cabo, los chicos saben más que cualquier profesor.
Emprenderán su propio camino y se labrarán su propio futuro.
Tomarán de cada uno de estos profesores lo que quieran. Eso es
lo que muestra la última escena, que no queda precisamente
idílica. Los chicos no son ni completamente nostálgicos ni del
todo materialistas, y cuando cuentan lo que han hecho en la
vida, el empirismo y la experiencia ganan por completo”.
Cuando hubo que transformar
la obra de teatro en guión cinematográfico, Bennett optó por no
realizar cambios radicales, dejando el relato, ya
suficientemente enérgico, fundamentalmente intacto. “Me limité a
eliminar partes que me parecieron inadecuadas o que no quedarían
bien, y Nick recortó más”, dice Bennett. “Luego añadí lo que me
pareció necesario para completar el cuadro. Introduje en el
guión unos pocos personajes simplemente porque hacía falta ver
al director deambulando por el colegio, y porque en las escenas
que se desarrollan en la sala de profesores hacía falta ver a
los profesores. Escribí una breve escena – aunque ella la
convierte en muy buena – que se desarrolla en el departamento de
arte, a cuya cabeza está Penelope Wilton. Y añadí a un profesor
de educación física bastante religioso interpretado por Adrian
Scarborough, un personaje ligeramente inspirado en alguien que
asistía al colegio en mi época”.
Los productores quedaron
impresionados con los resultados, que mantuvieron vivo el
espíritu de la obra a la vez que reforzaban la experiencia
íntima que del argumento tiene el público. “Alan comprendió
instintivamente que no tenía mucho sentido ampliar HISTORY BOYS
para empezar cortando algo que tan favorable efecto causó a los
espectadores del Teatro Nacional, por buscar alguna falsa
cualidad cinematográfica”, explica Kevin Loader. “La ventaja del
paso del escenario a la pantalla, en este caso, consiste en que
la película nos hace sentirnos más cercanos a estos personajes;
nos hace participar más de sus historias emocionales y nos
brinda la oportunidad de sacar el máximo partido al asombroso
detalle de estas interpretaciones”.
Por su parte, Nicholas Hytner
vio en ello la ocasión de correr algunos riesgos
cinematográficos. “Para mí resultaba maravillosamente
emocionante intentar sacar una película de personas muy
brillantes que se alumbran ideas mutuamente, que se destrozan
uno a otro intelectualmente intentando ser más astuto que su
émulo, desplegando gran ingenio y alegría de vivir, todo lo cual
oculta una seriedad subyacente”, explica Hytner. “Tratamos de
reflejar todo esto en la forma como rodamos y montamos la
película. Pero igualmente intentamos expresarlo permaneciendo,
en ocasiones, tan estáticos como es posible estarlo en una
película. Pienso especialmente en la escena en la que Hector y
Posner discuten juntos el poema ‘Drummer Hodge’ y desnudan sus
corazones, descubriéndose indirectamente a través de la
discusión de este poema original de Thomas Hardy. La escena es
casi exactamente igual en el teatro y en la pantalla, apenas
está modificada”.
Hytner, que fue alumno de
Cambridge, concibe en definitiva la película como centrada en un
tipo de educación que va mucho más allá de las paredes del aula.
“Quiénes somos y en qué nos convertimos es el resultado de
muchas influencias distintas”, observa. “Sin duda nuestra
educación tiene mucho que ver con ello, aunque mucho menos de lo
que nos inducen a creer cuando andamos a la caza de las notas,
en busca de la admisión en la universidad. Ingresar en Cambridge
era para mí lo más importante del mundo. Lo logré y me encantó
mi estancia, pero desde que me licencié nadie me preguntó nunca
en qué colegio había estudiado. Las voces de la señora Lintott y
de Hector transmiten una gran fuerza en el guión, sugiriendo que
eso realmente no importa. En modo alguno cree la película, como
tampoco ninguno de ellos al final de la misma, que esas dos
universidades sean lo máximo y la culminación de todo. No lo
son. Pero eso es lo que les dicen a los chicos y ellos se
esfuerzan en alcanzarlo”.
Con todo, Hytner optó por no
pronunciarse claramente a favor de nadie en el feroz debate de
Bennett entre el concepto pragmático que Irwin tiene del mundo,
y la visión, impulsada por el alma y el corazón, de la educación
que alimenta Hector – decidiendo dejar la discusión indecisa
para que el público medite sobre el particular. “Es mucho lo que
resulta atractivo en la forma como Hector enseña”, reconoce
Hytner. “En un nivel emocional es muy fácil responderle a él y
resulta más duro hacerlo con Irwin, o con la señora Lintott.
Pero la película no supone en modo alguno un respaldo inequívoco
del enfoque de Hector. Nos hallamos ante un debate que no tiene
una conclusión clara – ni siquiera pide al público que extraiga
una conclusión. Pero sí pide a los espectadores que mediten muy
profundamente sobre lo que se discute”.
2.
Adaptando la obra
>>
Imágenes
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Films, BBC Two Films, UK Film Council y Royal National Theatre.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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