CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Cualquiera que haya
tenido que pasar por las llamadas “pruebas de selectividad”
acordará que la experiencia no da como para proporcionar una
base dramática particularmente jugosa. Embutir un grueso de
conocimientos poco desdeñable en un lapso de tiempo ridículo, o
dicho de otro modo, ese proverbial “hincar los codos” de toda la
vida, prácticamente coarta la posibilidad de interacción con
cualquier otra cosa que no sean libros abiertos y apuntes. Y sin
embargo, algo debió de ver en todo ello
Alan Bennett
para usarlo como base de “The
history boys”, una de las obras teatrales inglesas de más éxito
de los últimos años. Claro que su visión del proceso es bastante
menos prosaica y peñazo que la que podamos tener muchos de los
que la hemos vivido de primera mano, y es que, no en vano, los
estudiantes protagonistas de su obra no estudian en vistas a la
preselección de cualquier universidad, sino nada menos que de
esos dos auténticos iconos de lo British que son Oxford y
Cambridge. Y para ello se someten a una preparación que
consiste, más que en empollar como bestias, en aprender a
aguantar el tipo de cara a una entrevista específica con los
mandamases de tamañas instituciones.
Posiblemente resulte complicado discernir, al menos para la
mente de un español medio, tan poco acostumbrado al placer de
una buena obra de teatro (y de un libro o un museo, para qué
engañarnos), el secreto del éxito de una pieza que reflexiona
en torno a los entresijos del aprendizaje, que lo hace con un
texto de notable verbosidad, cuajado de poemas, citas sesudas,
hechos y nombres ilustres... y que, para colmo, cede el
protagonismo a un grupo de alumnos brillantes y un trío de
profesores entregados a su oficio. Sin embargo, “History boys”
habla de algo más que la docencia y el aprendizaje, habla del
modo en que estos dos elementos se conjugan para determinar lo
que somos... o lo que nunca pudimos ser. Habla, en definitiva,
del noble arte de vivir. De cómo un profesor apasionado no
necesariamente es una persona apasionada. De cómo, a veces, no
hay mejor afrodisíaco que la mente de otra persona. Y de la
posibilidad de que, al fin y al cabo, no hay más Historia que
aquella que escribimos nosotros mismos.
Lamentablemente, la cinta de
Nicholas Hytner
se toma demasiado tiempo para
comenzar a hablar de ello de una forma que realmente conmueva al
espectador, es decir, haciéndolo partícipe no sólo de las mentes
de sus protagonistas y, por tanto, de sus fortalezas, sino
también de sus corazones, o lo que es lo mismo, sus debilidades.
Así, durante los primeros cincuenta minutos, nos vemos
arrastrados a lo que parece ser una gran clase magistral de
docencia, en la que se crea un claro contraste entre los métodos
del nuevo y joven profesor Irwin (Stephen
Campbell Moore),
pragmático y más interesado en los resultados que en el proceso
de la enseñanza, y los del veterano profesor Hector (Richard
Griffiths), tan
apasionado como Irwin pero, sin duda, mucho más preocupado por
el mero placer del aprendizaje que por las metas inmediatas del
mismo. No es hasta mediado el metraje que el fuego abierto de
ideas, réplicas y performances –tan extravagantes como
inverosímiles– dentro del aula, da un viraje radical hacia el
terreno de la explicitud emocional... y lo hace sin la menor
concesión al espíritu cerebral de la obra, con el análisis del
poema “Drummer Hodge” de Thomas Hardy por parte del profesor
Hector, en una escena de un calado emocional notable que se
beneficia tanto del excelente monólogo de Bennett como de la
impecable interpretación de Griffiths. Y es que, en esencia, la
escena en cuestión reúne lo mejor (texto y actuación) de una
cinta que adolece de una realización bastante
fría y morosa, casi más propia de un telefilm de la BBC que de
un largometraje comercial, a pesar del espantoso montaje
quasi-turístico con
que Hytner pretende dar un poco de energía cinética al paso de
los jóvenes por Oxford y Cambridge (un pasaje que, entendemos,
se elidió en la obra original y cuya inclusión en el
largometraje no hace sino contrastar demasiado abruptamente con
el tono imperante).
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No
cabe duda de que “History boys”, y me refiero solamente a la
película, aunque presupongo que la pieza teatral debe diferir
bien poco, no es una obra perfecta. Existe un contraste
demasiado acusado entre el perfil psicológico de los profesores,
rico en matices y registros, y el de los alumnos, que acaban
pareciendo, en líneas generales, poco más que un rebaño de
cerebritos y freakies del que sólo sobresalen un par por
méritos propios. Posiblemente exhiba un abuso de referencias
culteranas, que en ocasiones pueden oscurecer el discurso antes
que esclarecerlo. Y, bajo mi punto de vista, no llega a
equilibrar sus pretensiones intelectuales, meramente
discursivas, con esos pocos momentos de autenticidad emocional
que pueden tocar algo más que nuestras células grises, si bien
es cierto que la mano de Bennett hace ya de por sí un flaco
favor a las vidas afectivas de sus personajes. Así y todo, nos
queda una cinta bastante fresca e inteligente,
con no pocas líneas de diálogo memorables
(atención a la particular visión de la Historia según esa
absoluta roba-escenas que es Mrs. Lintott) y, cómo no, la
sorprendente revelación de que incluso una breve lección de
gramática puede decir mucho de nuestras vidas.
Calificación:
    
Imágenes
de "History boys" - Copyright © 2006 DNA
Films, BBC Two Films, UK Film Council y Royal National Theatre.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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