CÓMO SE HIZO "DAME 10
RAZONES"
Notas de producción ©
2006
Manga
Films
"Dame 10 razones" es una creación personal del director de gran
talento Brad Silberling, célebre por haber dirigido atronadores
éxitos de taquilla para estudios de primer rango como Una serie
de catastróficas desdichas de Lemony Snicket (Lemony Snicket’s A
Series of Unfortunate Events, 2004); City of Angels (City of
Angels, 1998) y Casper (Casper, 1995). Pero Silberling también
ha dirigido proyectos más reducidos fundamentados en el trabajo
del actor, destacándose entre ellos El compromiso (Moonlight
Mile, 2002), con Dustin Hoffman, Susan Sarandon, y Jake
Gyllenhaal. La intimidad de ese tipo de film era la que
Silberling tenía en mente cuando escribió 10 Items or Less. Y
era esa misma intimidad la que deseaba extender a todo el
proceso de realización, particularmente en lo referido a
dimensión, planificación de rodaje, y presupuesto de la
producción. “Escribí esto justo antes de desviar mi trayectoria
para la realización de Una serie de catastróficas desdichas y,
tras este film, donde estuve sumergido en un entorno de rodaje
en estudio durante dos años, comencé a ver un montón de
películas neorrealistas italianas como terapia mental, y
entonces me di cuenta de que había escrito una joya para mí
mismo, donde me era posible salir a la calle con dos grandes
actores y rodar sin más.” Silberling quería su oportunidad para
olvidarse de todas las normas y trabajar independientemente,
reclamando una especie de creatividad esencial, como el
personaje que se halla en el centro de su film. En lo que es un
perfecto maridaje entre forma y contenido, 10 Items or Less
muestra a un actor en un momento decisivo de su vida. La
carismática superestrella que encarna Morgan Freeman anhela
ejercitar la curiosidad, su capacidad, y pasión, que le llevaron
a esa profesión en un primer momento, pero se echa atrás
embargado por la duda y el miedo.
“El miedo puede provenir de
muchos lugares, pero el de naturaleza más fascinante es el que
proviene del éxito, pavoroso en verdad” —comenta Silberling—.
“He visto cómo grandiosos talentos se ven atenazados por el
pánico ante el trabajo que deben afrontar por miedo, ahora, a
equivocarse. Eso es totalmente cierto, y se da en guionistas,
directores, actores... les persigue la maldición del Oscar y, de
pronto, dejas de verles durante dos años, tres años, o más.
Dejan de afrontar riesgos porque el miedo está en que ya no hay
lugar al cual ir si no es hacia abajo y, súbitamente, su buen
hacer, su arte, pasa a estar a cuenta, en depósito. Me fascina
esa paradoja”.
Al mismo tiempo, Silberling
se dedicaba a contemplar el curso de los acontecimientos,
fascinándose por las trabajadoras de las cajas de los
supermercados, particularmente aquéllas que veía al cargo de las
de ’10 artículos o menos’ dispuestas para un servicio más
rápido. “Cada cliente resulta, potencialmente, una discusión”
—explica—. “La cajera —pues normalmente es una mujer— tiene que
ejercer de policía, debe controlar el deseo humano por los
atajos. A su derecha, a un metro, hay otra cajera que trabaja
sin restricción de artículos, y con menos clientes. De algún
modo, sentí que nuestro actor debía encontrarse con esta mujer.
Se me ocurrió que ello sería bueno para ambos”.
Silberling sabía que sólo
había unos pocos actores en Hollywood que pudieran satisfacer
las inusuales exigencias del papel. “Necesitábamos a un actor
imponente que además fuera un icono familiar, y eso nos dejaba
muy pocas posibilidades.” Se envió el guión definitivo
directamente al legendario Morgan Freeman. “Estaba a la caza de
un gran actor” —recuerda Silberling. Y encontró uno. Freeman se
sintió instantáneamente atraído hacia 10 Items or Less porque
vio que sería una experiencia del todo distinta para él: “Era
algo que se salía del terreno trillado, muy distinto a cuanto he
hecho hasta ahora” —explica Freeman. Estaba encantado de tener
la oportunidad de dar vida a un personaje que flirteara y fuera
festivo, aunque también romántico de un modo platónico—. “Mi
esposa siempre me pregunta: ‘¿Por qué no haces una comedia
romántica?’ Hay un aspecto romántico en la historia, y me parece
que se evidencia de un modo encantador pese a que nunca antes lo
había hecho. Dispongo ya de un extenso repertorio con todo tipo
de personajes, pero éste era nuevo para mí” —sigue Freeman. El
productor Lori McCreary se muestra de acuerdo: “Si conoces a
Morgan, sabes que tiene ese lado realmente maravilloso que muy
pocas veces aflora en pantalla. La gente tiene una cierta noción
de lo que Morgan puede hacer, por lo que tiende a asumir esos
papeles serios”.
Sorprendentemente, el nombre
de la icónica estrella cinematográfica jamás se pronuncia en la
cinta: Cada vez que la estrella trata de presentarse, la gente
siempre le dice ‘Ya sé quién es usted’ —puntualiza Silberling—.
“Incluso cuando aparece el nombre en la caja de un
videocassette, se ve siempre tapado por las agresivas etiquetas
con precios de oferta. Era una oportunidad de jugar con la
mitología de las estrellas de cine, de desdibujar esa línea
entre realidad y ficción. ¿Es el personaje un trasunto del
auténtico Morgan? Cada uno de los integrantes del público tendrá
su propia idea”.
Puede que el nombre del
personaje en pantalla de Freeman nunca se mencione, pero el
auténtico actor es el primero en admitir que existen semejanzas
entre ellos. “En él hay mucho de mí. De hecho, hay más de lo que
me gusta admitir. La mejor parodia es la autoparodia”
—puntualiza Freeman de buen humor. Tanto él como el “actor” que
encarna comparten una curiosidad apasionada por la gente que les
rodea; imitan sus características, incluso llegan a las posturas
y modos de hablar de la gente en el mercado, para poder
construir caracterizaciones correctas. Ése era el homenaje que
el director Silberling dedica a los muchos actores con talento
con los que ha llegado a trabajar a lo largo de los años.
“Cuando se hacen suficientes películas, se tienen la ocasión de
poder trabajar con una variedad de actores. Me encanta verles
dedicar toda su energía en la gente, estudiando lo más recóndito
de su actitud. Después de que le enviara el guión a Morgan, Lori
McCreary me preguntó: “¿Cómo sabías que esto es exactamente lo
que Morgan hace?’”
El papel de Scarlet, la
animada cajera, fue para Paz Vega, una actriz consumada en su
España natal, que es la luminosa coprotagonista de Adam Sandler
en Spanglish (Spanglish, 2004), bajo dirección de James L.
Brooks. Scarlet se halla en plena crisis personal, pues su
trabajo no le compensa, está liada con un marido separado, y
afronta un futuro incierto. “Quería que Scarlet fuera una
inmigrante, que estuviera muy sola, manteniendo una relación que
no funcionara en absoluto, de tal modo que cuando la encontramos
todavía está más sola” —nos dice Silberling—. “Afortunadamente,
Paz Vega estaba disponible para este papel tan singular. Me
encontré con ella e hice lo que suelo aplicar en mi propio y
extraño proceso de casting, que esencialmente consiste en
observar si puedo imaginar el personaje en alguien, en comprobar
si hay una esencia en el actor que se alinea con lo que está
escrito.” Vega y Scarlet resultaron perfectos.
“Paz es muy visceral”
—explica Silberling—. “Oye y reacciona de manera tan
extraordinaria que algunos de los mejores momentos del film son
aquellos en los que no habla.” Efectivamente, esto puede ser así
en parte porque Vega aún no domina plenamente el inglés. “Éste
ha sido su segundo largometraje en este idioma” —comenta
Silberling—. “No hablaba inglés cuando actuó en Spanglish;
básicamente trabajó por fonética. Para esta película, estaba muy
concienciada acerca de la necesidad de tener un cierto dominio
del idioma para que sonara a coloquial, y efectuó una labor muy
valiente en esa línea.” Pese a la barrera idiomática que Vega
afrontaba, encaró el trabajo con seriedad y sentido lúdico. “En
ocasiones, tenía que proporcionarle una palabra nueva, y tanto
Morgan como yo nos encantaba observarla dándole vueltas al
vocablo y descubriendo su significado” —recuerda Silberling—.
“Mostraba gran capacidad para con los requerimientos del
personaje.” Freeman también alaba a Vega: “Me divertí mucho
trabajando con ella. La interacción de los personajes era
perfecta, aun hablando idiomas distintos; cuando actúa, se
entrega toda ella. Es maravilloso trabajar con alguien así.” La
misma actriz se muestra muy agradecida por el apoyo que le ha
ofrecido tanto el director como su coprotagonista. De Freeman,
ella dice: “Me ha ayudado muchísimo, igual que, en la película,
su personaje ayuda a Scarlet. Ha sido una experiencia muy
bella”.
El rodaje rápido propiciaba
la improvisación, la libertad de los actores que, de este modo,
se sentían alentados para experimentar con sus respectivos
personajes. Como director, me gusta creer que mi labor consiste
en mantener el coche en la calzada. Aunque hay que escuchar a
todo el mundo” —comenta Silberling—. “Morgan subraya lo mucho
que le sorprendió el hecho de cuan parecida era la manera de
pensar de ambos, algo así como esa cualidad de los músicos que
les permite, en medio de la improvisación, encontrarse en ese
fraseado rítmico que se repite a largo de la composición y que
siguen al unísono, llegando a ese punto donde ya no hay
discusión y se empieza a finalizar las frases del otro. He
querido deshacerme de las normas, liberarnos todos de la
parafernalia que significa tener un enorme equipo técnico a lo
Hollywood, movernos sin videoplayback, sin sillas por todas
partes, excepto para Paz y Morgan, nada de retoques de
maquillaje, mínima iluminación. Solos, ahí, ante la cámara”.
Además de Freeman y Vega,
Silberling hubo de completar el reparto con algunos secundarios
del todo esenciales. El papel de marido separado de Scarlet, y
gerente del supermercado, fue para un actor con talento como
Bobby Cannavale, célebre en la escena neoyorquina y en
largometrajes de índole tan diversa como Vías cruzadas (The
Station Agent, 2003); y Serpientes en el avión (Snakes on a
Plane, 2006). “No le conocía” —comenta Silberling—. “Le
telefoneé súbitamente cierto día y me respondió: ‘No puedo
creerme que esté hablando contigo. ¡Claro que lo hago! Díme
cuándo; tanto me da de qué se trata’” —ríe Silberling.
Kumar Pallana, un actor que
ha aparecido en varias películas de Wes Anderson (Academia
Rushmore (Rushmore, 1998); Los Tenenbaums: Una familia de genios
(The Royal Tenenbaums, 2001)), así como en La terminal (The
Terminal, 2004), de Steven Spielberg, se incorporó al reparto
como Lee, el decrépito ayudante del gerente en el supermercado.
“Me preocupaba quién podría encarnar a este viejo senil porque
tenía que ser creíble y divertido, y su avanzada edad tenía que
percibirse” —comenta Silberling—. “Pero me crucé con Kumar, y me
pareció fantástico. Se trata de un veterano del vodevil, por lo
que encajó a la perfección y sin esfuerzo”.
Además de demostrar su
capacidad para atraer a profesionales con talento para su
película, Silberling también tiene ojo para actores no
profesionales que sean interesantes, como Alexandra Berardi, la
mujer que efectúa una demostración de una mopa para un grupo de
clientes en otro gran almacén: Targets, y quien instruye a
Freeman acerca de las sutilidades que encierra las
demostraciones en el establecimiento. “Su tarjeta dice: ‘Señora
de la Mopa’” —dice Silberling—. “Me hallaba buscando
localizaciones, lo que en un film de este tamaño significa que
sólo estábamos mi coche, mi cámara, y yo. Y vi a Alexandra
efectuando una demostración de mopa. Me pareció la mejor. Le
compré una y le pregunté si le gustaría aparecer en la película;
le pareció que había perdido el juicio".
Para Silberling, este manera
de proceder nada habitual para bastir un reparto era inherente a
su propia visión del film: “Era muy importante observar cómo el
personaje de Freeman regresa a la vida en virtud de su regreso a
la vida real. Hemos incluido gente extraída directamente de la
calle. Todos los que trabajan en el lavacoches son auténticos
trabajadores del establecimiento; la mujer de la tienda de
regalos... todos. No teníamos presupuesto para cerrar esos
establecimientos para el rodaje, por lo que tan sólo disponíamos
de la vida desplegándose en torno a nosotros” —añade la
productora Julie Lynn—. “Cuando se hace un film de estas
características, es importante trabajar de modo tan orgánico
como sea posible con el entorno, de modo que no lo
interrumpamos. El supermercado estaba abierto mientras estábamos
rodando; era toda una novedad para el establecimiento, y la
gente más bien se divertía que se enfadaba, pero los que se
divirtieron más fueron los trabajadores”.
Estos escenarios —el
supermercado, el lavacoches, el otro almacén: Target—,
localizaciones, todas, de Carson, California, son elementos
importantes de la película. “La ciudad de Carson es un crisol de
etnias” —observa Silberling—. “Existe una comunidad asiática,
una hispana, y muchas más. Me crié en Los Ángeles, y nunca antes
había estado en Carson, de tal modo que, como cualquier escritor
que se respete a sí mismo, quería escribir acerca de un lugar
del que no tenía ni idea.” A mucha gente puede que Carson le
parezca un territorio ignoto. Su paisaje urbano es tan distinto
al de Los Ángeles escenificado en otros filmes que
inmediatamente llama la atención.
Integrando una parte del
deseo de Silberling de realizar la película de un modo
determinado e inmediato, el rodaje debía cumplirse en quince
días, comprendidos entre febrero y marzo de 2006, lo que
significaba que tanto el reparto como el equipo técnico tenían
que moverse con suma rapidez y estar siempre alerta para
conseguir que todo pudiera cumplirse a tiempo. “Cuando se
realiza un film con este tipo de planificación tan apretada, te
ves obligado a solicitar a tu reparto y equipo técnico que sean
generosos con su tiempo y savoir faire, y uno ha de estar
totalmente seguro de su guión” —explica Lynn, que fue contratado
por Silberling para trabajar en el film dada su experiencia en
rodajes con planificaciones apretadísimas y todavía más
ajustados presupuestos.
“Se trataba de una producción
muy reducida” —nos dice Silberling—. “Quería recrear la
sensación de rodar filmes en super-8 en el Ventura Boulevard,
como cuando era adolescente. Las reuniones del equipo técnico
empezaron a tener lugar sentados alrededor de la mesa de mi
cocina. Todos los implicados en la producción estaban
emocionados ante la sencillez del proyecto. Cada uno de ellos
provenía de algo más grande y creo que la intimidad de aquello
les parecía realmente renovador”.
Una consecuencia de todo ese
estilo de rodaje tan simplificado para 10 Items or Less fue que
Silberling limitó a los actores, y a sí mismo, a tan sólo unas
pocas tomas de cada plano. “La media era de tres, lo máximo eran
cinco o siete, y ello probablemente acontecía sólo si
intervenían aspectos técnicos” —comenta Silberling—. “El
resultado está en que las escenas rezuman frescura” —nos dice
Freeman—. “Son más inmediatas.” Paz Vega está de acuerdo:
“Mantienes la tensión y la energía. Es algo muy dinámico. En
ocasiones, es bueno no tener mucho tiempo para pensar, sólo para
sentir y actuar.” Efectivamente, el plan de rodaje era tan
alocado que Freeman y Vega se conocieron tan sólo la noche
anterior al inicio del mismo.
En el proceso de selección de
su equipo, Silberling se rodeó de rostros familiares. Optó por
trabajar por segunda vez (después de El compromiso (Moonlight
Miles, 2002)) con el director de fotografía Phedon Papamichael,
ateniense de nacimiento, también célebre por su labor en
largometrajes como En la cuerda floja (Walk the Line, 2005); y
Entre copas (Sideways, 2004). A Papamichael le encantan las
producciones con estilo de rodaje trepidante; según dice
Silberling: “Me parece que, como muchos otros europeos, está
siempre bromeando acerca de los excesos de Hollywood.” El propio
Silberling supo dar con otros modos de hacer con los que las
limitaciones de la producción redundaran en beneficios: “Ni tan
siquiera quería videoplayback. Hay una cierta languidez que se
asienta en los platós de las películas en que hay todo ese tipo
de cachivaches. Acabé por manejar personalmente la cámara
durante una buena parte de la película; fue como ejecutar una
danza con los actores”.
Para el montaje, Silberling
contrató a Michael Kahn, quien había montado Casper (Casper,
1995); y Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket
(Lemony Snicket’s A Series of Unfortunate Events, 2004), así
como la práctica totalidad de los filmes de Steven Spielberg. La
experiencia de Kahn contribuyó a que el montaje fuera muy rápido
y en sintonía con lo requerido. “Al día siguiente de acabar el
rodaje, Mike ya estaba montando” —nos dice Silberling—. “En dos
semanas, la película estuvo montada… me llevó más tiempo
planificar y esperar el preestreno”.
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© 2006 Myriad Pictures, Reveal Entertainment, Revelations Entertainment
y Mockingbird Pictures. Distribuida en
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