CRÍTICA
por
Javier Quevedo
Puchal
Las piedras y el agua
Quizás recuerden aquella
famosa anécdota sobre una conferencia en la que, de la manera
más gráfica posible, uno de los colaboradores pretendía explicar
la importancia de organizar nuestras vidas en base a la
verdadera importancia de los elementos que las componen. Para
ello, se dispuso a llenar un recipiente con una serie de
elementos, que iba introduciendo de forma progresiva de acuerdo
con el tamaño que éstos tuvieran: primero unos grandes
pedruscos, después piedras más pequeñas, a continuación
gravilla, arena y, por último, agua, que acababa filtrándose en
los huecos disponibles para dejarse absorber por la arena. Con
esta explicación tan puramente “new age”, lo que pretendía dar a
entender es que, si uno empieza colocando en el recipiente de su
vida los elementos menos importantes, esto es, aquellos que ya
acabarán encontrando su espacio de un modo u otro, lo único que
conseguirá es dejar sin espacio a los más importantes, los más
grandes.
Pues
bien, esta introducción, que a priori tal vez pueda parecer un
tanto gratuita, no es sino las piedras dentro del recipiente
que podría ser “Dame 10 razones”. A fin de cuentas, el propio
film hunde sus raíces en una premisa muy similar, verbalizada
de forma posiblemente no tan explícita en uno de los momentos
de la historia: si tu vida fuera una de esas cajas de
supermercado en la que solamente puedes pagar diez artículos
como máximo, ¿qué diez artículos llevarías contigo? No es
coincidencia, pues, que uno de los dos personajes principales,
Scarlet (Paz Vega),
sea cajera en uno de esos supermercados con caja para no más
de diez artículos (y, en concreto, lo sea de una de esas
cajas). El otro personaje resulta no ser otro sino
Morgan Freeman,
interpretándose básicamente a sí mismo, en un juego de
desmitificación tan simpática que, a la postre, acaba
delatando lo engañosa que en realidad es (muy atrás queda la
agresividad llevada a término en "Cómo
ser John Malkovich",
por poner un ejemplo).
Podríamos argumentar que, mientras la mejor
baza de la película reside casi por completo en la labor de la
pareja protagonista, sin duda su mejor comodín se halla en la
manifiesta modestia con que todos los implicados afrontaron el
proyecto. Y hablo de
comodín porque, en efecto, tal característica puede resultar
tanto en el punto fuerte de la propuesta como en la excusa ideal
para disculpar mayores logros no conseguidos. En mi caso
particular, me inclino más bien por simpatizar con la frescura
del proyecto, su falta de pretensiones (o, si se quiere, sus
pretensiones sin grandes aires de grandeza) y ese reconfortante
aire “indie” despojado de moderneces o aspavientos con que
Brad Silberling
consigue
insuflar a la cinta... y que, qué diablos, de vez en cuando
resulta de lo más gratificante, sin necesidad de esperar a que
llegue lo último de Isabel Coixet.
Por lo
que respecta a la pareja protagonista, podríamos decir que
(¿previsiblemente?) no se acaba de lograr el pequeño milagro que
supondría haber hecho saltar chispas entre una leyenda
afroamericana de la interpretación y una cada vez más emergente
actriz y sex symbol española. Aun así, nos quedan dos
interpretaciones muy destacables, con especial mención a Paz
Vega (Morgan Freeman, después de todo, sólo parecía estar
pasando un buen rato, alejado de la industria de Hollywood), que
nos regala una Scarlet enérgica y llena de matices, inesperado
centro de las miradas (mal que le pese a Freeman) desde su
primera aparición en pantalla. Y quizás sea esta desigualdad en
el delineado de los personajes lo que corta un poco las alas a
la cinta, lo que le resta veracidad, pues el trasvase mutuo de
conocimientos y vivencias que se supone es el resultado de la
jornada juntos, parece al final producirse de forma más orgánica
solamente en una dirección. Algo perfectablemente explicable,
por otro lado, si nos atenemos al más que probable pudor de
Freeman, quien tal vez por miedo a “humanizar” demasiado a su
propio “personaje/persona” (con la salvedad, eso sí, de su
desmitificadora aparición en la primera secuencia), acaba
apareciendo antes como un todopoderoso Pigmalión
arrolladoramente simpático y bonachón que como el reverso
complementario de esa Scarlet rota por dentro y, al mismo
tiempo, llena de una esperanza que desconoce.
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En definitiva,
una cinta pequeña y simpática, casi podría decirse que
anecdótica, obviamente desigual en el modo en que articula sus
elementos integrantes, pero que aun así logra superar sus
propios obstáculos y lo que acaba dejando es, grosso modo, un
buen sabor de boca.
Aunque también es más que probable que, después la química
inconclusa y el comedidísimo metraje, la pregunta que nos quede
sea más bien: ¿qué diablos hacía a mediodía Morgan Freeman
hablándole de piedras y arena a una cajera hispana sobre el capó
de un viejo coche? Y no sería una mala pregunta, la verdad.
Calificación:
    
Imágenes
de "Dame 10 razones" - Copyright
© 2006 Myriad Pictures, Reveal Entertainment, Revelations Entertainment
y Mockingbird Pictures. Distribuida en
España por Manga Films. Todos los derechos
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