CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
En este país
donde buscar a Bin Laden significa acariciar un billete de 500
euros en vez de poner a un asesino en su sitio, la ópera prima
de Rodrigo Cortés adquiere
una fuerza bruta a la hora de repartir mamporros entre todos los
títeres que componen –componemos– el guiñol de cada día. Con un
argumento básico, pero repleto de perspectivas lúcidas, humor
negro e ironía acuchilladora, “Concursante” es un espectáculo de
felicidad cinematográfica y de dolorosas conclusiones sociales.
Poco importa que Martín Circo (Leonardo
Sbaraglia) –apellido indicador del funambulismo
económico y bancario que se va a montar a su alrededor– sea un
tipo corriente que, como personaje aislado, no presenta ningún
atractivo. Menos importa que los personajes que lo acosan en su
desventura se encasillen en el estereotipo –la novia
insoportablemente materialista, el abogado de pintas
fascistoides o los enviados del banco vestidos de gabardina gris
y sombrero Bogart–. No importa nada que la historia no avance
hacia ninguna parte, porque todos los elementos formales y todas
las decisiones de trazado visual están al servicio de un
compendio de ideas oportunas y magníficamente expuestas. Al
estilo de una comedia intrépida, la película revisa los datos
biográficos básicos del protagonista en un recorrido fresco y
vertiginoso que anticipa todo el desarrollo posterior. De forma
metadiscursiva, la cámara se mueve, en apariencia, con
gratuidad, pero, más allá del mareo que puede provocar tanta
inquietud de planificación, las escenas absorben el sentido
último de aquello que se quiere contar. Y que no es otra cosa
que el imperceptible ascenso y llegada de la suerte –es por ello
que apenas vemos el concurso, donde Martín gana los 500
millones, más que en una pantalla borrosa–, y el no menos rápido
encuentro con la desgracia y la caída que parece no tener nunca
choque final.
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Tomando más
la intención altruista de "American
beauty" (1999) que el sombrío desengaño de “El
crepúsculo de los dioses” (1950), el relato parte del punto de
vista del protagonista muerto, roto sólo en el resumen que
cierra el filme. Comienza así un recorrido hacia atrás que, en
contra de trampas de montaje con sorpresa incluida, vive del
mismo caos que el orden de los recuerdos en nuestra memoria. En
una espiral que multiplica a cada minuto la angustia, Martín
observa derrotado cómo los obstáculos se apiñan frente a él sin
que las normas narrativas y constructivas del héroe clásico
sirvan de mucho. Un viaje de autoconocimiento y revelación que
no depara nada bueno al espectador, condenado a identificarse
con un sufrimiento absurdo, hiperbólico, cubierto de risas que,
más que ofrecer puntuales descansos, parten el alma. Cortés
no ha firmado una cinta complaciente, ni en lo estético ni en lo
argumental, y su éxito se debe tanto a la sinceridad y el arrojo
de la primera vez, como a la sólida interpretación de Sbaraglia,
de quien por fin se aprovechan el físico y el encanto bonaerense
como armas arrojadizas de una sociedad regida por las
apariencias.
Desde luego
que, dando los pasos iniciales, el director se tambalea de vez
en cuando. Toda la secuencia que resume las conversaciones entre
Martín y el dumasiano economista Edmundo (Chete
Lera) –o cómo extraer filosofía sin recurrir a mundos
paralelos y alucinaciones– puede pecar de un exceso de
exposición teórica y de abstracción poética –el caballo, la
partida de ajedrez–. El pulso es vivaz e imprudente, pero esas
virtudes, por escasas en nuestro cine, pueden convertirse en
graves taras para espectadores que se cansen de llamadas de
atención continuas, giros radicales y banda sonora
ininterrumpida. Y aunque la última imagen conecta en un trazo de
demoníaco círculo con el principio, y recupera la espléndida
metáfora del cielo estrellado, guarda un atisbo de peligrosa
interpretación esperanzadora que nada tiene que ver con su
auténtico significado. Por lo demás, se agradecen las perlas
surrealistas que Cortés dispersa por el metraje –la decana en
silla de ruedas, la abuela conectada a un mando a distancia–, y
se anticipa como constructor de hirientes prototipos más que en
la línea de creador de personajes.
El cine, como
la vida, es un saco de papeletas que se lanzan al aire: unas
caerán en tierra seca y otras, sobre mojado. “Concursante” se
lanza conscientemente al charco, se moja y se emborrona con
estrategias que para muchos serán incomprensibles –fotografiar
los momentos caseros, el pitido del despertador o la descripción
de un despacho en estampas estáticas y con la tristeza del
blanco y negro–. Mientras la película avanza, el cielo se va
apagando de estrellas, y, al final, sólo brilla una ilusión: la
del cine patrio que puede ser, aunque los nubarrones
financieros, productivos, creativos y festivaleros estropeen
muchos días las vistas. Y como documento de todo ello se
presenta esta cinta representativa del momento en que todo se
derrumbará, en cuanto la última esperanza resida en un maletín
de dinero.
Calificación:
    
Imágenes
de "Concursante" - Copyright © 2007
Lazonafilms, Continental Producciones, Nephilim Producciones y
Castelao Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos
reservados.
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