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CONCURSANTE


Dirección y guión: Rodrigo Cortés.
País:
España.
Año: 2007.
Duración: 90 min.
Género: Thriller.
Interpretación: Leonardo Sbaraglia (Martín Circo Martín), Chete Lera (Edmundo Figueroa), Myriam Gallego (Laura), Luis Zahera (Pizarro), Myriam de Maeztu (Santillana), Fernando Cayo (Eloy).
Producción: Ignacio Salazar-Simpson, Douglas Stuart Wilson, Julio Fernández, Luis Collar y Pancho Casal.
Música: Víctor Reyes.
Fotografía:
David Azcano.
Montaje: Guillermo Represa y Rodrigo Cortés.
Dirección artística: Antón Laguna.
Vestuario: Cristina Rodríguez.
Estreno en España: 16 Marzo 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Jaque mate a la Banca

  De arriesgada y original hay que calificar esta ópera prima del gallego Rodrigo Cortés. Muy moderna en su factura y quijotesca en su mensaje, el director apuesta por la comedia esperpéntica y disparatada para hacer su particular crítica al capitalismo salvaje y a cuantos viven de él en una complicidad autodestructiva. El absurdo y la paradoja por bandera del discurso, la acidez y la ironía como instrumental quirúrgico, y el caos y la destrucción para dar salida a un concurso de locos. Porque esta película va de concursos –unos de muerte y otros de vida–, de asunción o inadaptación a un sistema en el que dos jugadores mueven sus fichas, como en el ajedrez.

 

  En ese tablero de ajedrez que es la vida, Martín Circo es un profesor de historia de la economía que explica la teoría de Keynes a sus alumnos, y que está a punto de casarse con Laura. Todo le sonríe, y más cuando en un concurso televisivo gana 500 millones de pesetas en premios. Pero pronto el “sistema” tributario y su ingenuidad se encargarán de mostrarle la otra cara de la moneda –nunca mejor dicho–, cargándose de créditos, deudas e hipotecas, siendo abandonado por su novia y dando término a su vida como única forma de ganarle su partida a la Banca.

  Con lo dicho, no hemos descubierto nada al lector porque la película se inicia con una escena en que el difunto y calcinado Martín toma la palabra para relatar al espectador la tragedia de su vida desde aquel fatídico día en que ganó el premio. Apertura memorable que recuerda al Gillis que cuenta en “El crepúsculo de los dioses” cómo su cadáver acabó en la piscina de la estrella Norma Desmond. De Billy Wilder toma esa estructura testimonial del protagonista y también su habitual tono sarcástico y cínico para, desde la exageración y el absurdo, caricaturizar un mundo capitalista y consumista que hace girar la felicidad en torno al dinero, que vive sobre la mentira de los bancos, de la televisión o de la propia Universidad como supuesto centro del saber, y que ha perdido la libertad entre esclavitudes financieras y parásitos (abogados) que trabajan sobre una riqueza ficticia.

  En esa encrucijada neocapitalista, al individuo no le queda más remedio que elegir entre participar en el incierto concurso del mercado –con sus caóticas pero rígidas reglas financieras que pueden tanto llenarle la cuenta corriente de dinero fácil como despojarle de su propia casa– o decantarse por el concurso de la vida de la calle, aunque en su vertiente "natural" y primigenia. El desgraciado e inocente Martín tendrá que optar también entre el teórico modelo económico que viene explicando a sus alumnos –que personifica la adusta y antipática catedrática Sra. Santillana–, y la que le proporciona el cínico y escéptico profesor Edmundo. Es una partida de ajedrez, de carácter vital, entre blancas y negras, con el mar –la libertad– en el horizonte, en un evidente guiño a la inolvidable escena del Bergman de “El séptimo sello” en que el cruzado Antonius Block retaba a la Muerte que venía a visitarle. Y como entonces, la guadaña acaba por segar la vida del individuo, aunque aquí adquiera más bien un tono fatalista y de carácter surreal, pues Cortés pretende darle un aire de liberación y un sentido cósmico new-age.

  Pero si algo llama la atención en la película de Cortés, es su moderna propuesta visual –se nota su procedencia del cortometraje–, elaborada a partir de una trepidante mezcla de recursos narrativos que se apoyan en la foto fija y en el empleo de ralentís y aceleramientos; en una inestable y caótica cámara que prefiere la planificación descuidada, los encadenados, las transparencias y los primeros planos, sin olvidar los travellings mareantes y los barridos tipo dogma'95; y que cuenta desde el inicio con la voz en off del protagonista para dirigirse al espectador, sin variar el punto de vista narrativo. El endiablado ritmo con que nos cuenta su historia familiar y los momentos previos a la crisis, se acentúa en su tercio final, cuando el desquiciamiento y espíritu anárquico-destructivo se adueñan de la confundida víctima. Pero la trama es mínima, y su director se contenta con esa diatriba contra el Sistema, al que atiza a diestro y siniestro con inteligentes diálogos, sin aparente estructura y con el desorden y desorientación –voluntario y consciente, pues el tema así lo pide– de quien vive arrastrado por las circunstancias y sin saber por dónde le viene el aire.

  El carácter experimental y la voluntad de estilo propio de la cinta alcanzan a una imagen que presenta diversidad de texturas, desde la fotografía digital de escasa definición junto a otra de mayor nitidez, hasta el empleo de abundantes virados sepias o de luces cálidas, además de las fotos fijas en blanco y negro o las imágenes de apariencia documental y de época. Tanto efectismo y un vertiginoso montaje quieren trasmitir el ritmo acelerado y sin sentido del capitalismo y la modernidad, pero llegan a cansar y acaban resultando mucho artificio para tan reducido mensaje, con repeticiones machaconas y vueltas sobre lo mismo hasta desembocar en un final precipitado y alargado con el que cerrar su guión circular.

  Entre la artificiosidad formal, la interpretación de Leonardo Sbaraglia aporta una humanidad desconcertada a tan enloquecida historia. De cabo a rabo sostiene, con variedad de registros, la evolutiva trama de quien abandona la ingenuidad inicial para sucumbir al desencanto final, de quien aparca la teoría idílica del profesor –que explica, pero que no sabe nada de la economía real– para apostar por la cruda realidad del mundo que Edmundo le presenta. Precisamente la escena en que el personaje interpretado por Chete Lera –otra buena actuación– le explica el surgimiento y evolución de la economía de mercado, recurriendo a imágenes surrealistas y gráficas –difícil olvidar al caballo blanco trotando en el salón de conferencias–, constituye una auténtica lección de economía y quizá el mejor momento de toda la película.

  Que un debutante nos presente una propuesta tan novedosa y original, una “rara avis” en una cinematografía que tantas veces busca imitar a lo foráneo, es algo alentador. Estuvo, sin éxito, en el reciente festival de Málaga, lo que no habla bien de quien decidió el palmarés, al parecer no acostumbrado a que el cine español presente trabajos tan auténticos e inteligentemente críticos –aunque también tan pesimistas y descorazonadores–. Tragicomedia recomendable para espectadores de cierta formación académica, y para economistas o "expertos" en finanzas, a quienes servirá para una animada tertulia con alumnos y compañeros sobre la pretendida "maternidad" de la Banca o eso de que "Hacienda somos todos".

Calificación:


Imágenes de "Concursante" - Copyright © 2007 Lazonafilms, Continental Producciones, Nephilim Producciones y Castelao Productions. Distribuida en España por Filmax. Todos los derechos reservados.

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