CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Veneno en
vasos de oro y jade
La trilogía wuxia que
Zhang Yimou
comenzó con "Hero"
y continuó con
"La casa de las dagas voladoras",
concluye ahora con tintes trágicos. El veneno corre por los
vasos de oro de palacio y también por las venas de sus
moradores. Lo que parece “lealtad, piedad filial y rectitud”
(lema de la dinastía Tang) no es sino oropel manchado de
infidelidad, venganza y sangre. Y tras el vivo colorido de sus
lujosas estancias y los ricos ropajes se esconde la lujuria y
secreto de un pasado de traición, la venganza y ambición sin
límites que amenazan un futuro de armonía y paz. Retrato
shakesperiano de las pasiones humanas en un marco incomparable
por su belleza, riqueza y grandiosidad, todo bajo la mirada
esteticista del director de “La linterna roja” o
"¡Vivir!".
Se
acerca la fiesta del doble Yang y regresan de improviso el
emperador Ping y también su segundo hijo Jai desde sus lugares
de batalla. En la corte están la emperatriz Fénix –enferma y
sometida a un estricto tratamiento por orden imperial–, su
hijastro y heredero Wan –con el que mantiene relaciones
incestuosas–, y el adolescente Yu –que también oculta sus
propias pretensiones–. Suspicacias, intrigas y traiciones
palaciegas en la lucha por el poder, en la búsqueda de amores
prohibidos, en los derechos esgrimidos por una madre
mancillada. Todo se da cita en la antesala de una celebración
convertida en baño de sangre, en una reunión familiar bajo el
signo de un destino trágico, en una dinastía medieval
construida sobre la corrupción.
La
mirada de Yimou es la de un artista consagrado, capaz de recoger
la belleza de un entorno natural o de unos interiores
palaciegos, de indagar en el alma de sus personajes y reflejar
sus buenas y malas pasiones, y de convertir escenas de pelea y
movimientos de masas en poesía visual u ópera majestuosa. Lo ha
demostrado en sus anteriores trabajos, en películas como
“Semilla de crisantemo” o "Hero"
y también en otras más intimistas como "Ni uno menos"
o "El camino a casa",
y lo vuelve a dejar patente en esta adaptación teatral.
Es un cine culto y preciosista, con un prodigioso
dominio del lenguaje visual con el que radiografía lo mejor y lo
peor de la naturaleza humana. En el presente trabajo deslumbra
la fastuosa y apabullante puesta en escena, los vivos colores de
sus decorados colosales, y el detallismo ornamental y de
elementos de atrezo
(barrocas y abrumadoras resultan las capas y tocados de la
pareja imperial en la fiesta). Cuidadísima labor de diseño de
producción en que la cámara se mueve por los pasillos, se
esconde pudorosamente en una esquina de una habitación imperial
o se eleva para recoger los orquestados movimientos de masas de
la batalla o la precisa coreografía de las doncellas de la
corte. Yimou demuestra un absoluto dominio del espacio y el
tiempo, con ajustados ritmos al servicio de un ritual litúrgico
que debe respetar las reglas de la tradición imperial, también
puestos de relieve en los duelos de espada.
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Hay quien ha criticado al director esta brillantez formal
calificándola de ampulosidad, efectismo o artificiosidad
que saturarían el paladar del espectador hasta empachar su
gusto y adormecer su intelecto. Sin embargo, no parece que
detrás de tanto lujo y refinamiento no haya más que
superficies pulidas y oro abrillantado, ni que sus
personajes se reduzcan a saltimbanquies sin vida ni alma.
Porque, como en todos los dramas de Shakespeare o en las
tragedias griegas, tras la máscara se esconde una pasión
secreta e inconfesable, una doble vida (auto)destructiva,
unos instintos salvajes y pérfidos que siempre terminan
por aflorar y cobrarse sus víctimas. Por eso, parece
necesaria tanta bella apariencia para dejar al descubierto
tan profunda podredumbre y vicio:
traición y venganza, celos y envidias, amantes e incesto,
asesinato e impiedad filial se convierten en bajezas aún
mayores en medio de tantos aires de grandeza,
lealtades jerarquizadas, armonías impostadas y bordados en
oro.
Es
cierto que este Yimou carece del desarrollo narrativo de
anteriores trabajos, que la historia se circunscribe
prácticamente a la trama principal, que deja en la oscuridad
hechos del pasado que arrastraron a los personajes y que ahora
quedan celosamente vedados a la curiosidad del espectador.
También es verdad que el escenario se circunscribe al palacio y
sus patios de acceso, privándonos de los paradisíacos parajes de
las películas anteriores, sin despegarse de su inspiración
teatral. O que, siendo espectaculares y bellísimas, las
exhibiciones de artes marciales no tienen la espectacularidad de
"La casa de las dagas voladoras"
o "Hero".
Pero todas beben de la misma fuente, y ahora se ha preferido
resaltar ese aspecto dualista y de contraste entre la brillantez
exterior y vaciedad interior de una sociedad decadente y falsa,
con reflejo en otra época, porque –como Sófocles o Shakespeare–
estamos ante una obra atemporal, y quizá réplica de otra actual
en que la China comunista parece buscar oxígeno capitalista
entre las acartonadas estructuras del marxismo.
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Si lo más
fascinante es su fastuosidad y colorido visual, no menos
valoradas deberían ser las interpretaciones de sus personajes,
obligados a moverse entre la formalidad del protocolo y el
impulso venenoso que corre por sus venas.
La ambigüedad y la
aparente frialdad se dibujan en los rostros de
Chow Yun Fat
o Gong Li
para no mostrar sus
sentimientos ni descubrir sus cartas: contención expresiva y
armonía de movimientos para guardar una falsa calma de palacio,
a la espera del día en que todos se quiten su máscara y
aparezcan los crisantemos bordados en oro, en que el amarillo
dorado se transforme en rojo pasional y sangriento. También los
secundarios trabajan a gran altura en esta gran producción de
miles de figurantes, de lujoso vestuario y de un maquillaje que
convierte los rostros en delicadas porcelanas, hermosos pero
fríos. Los personajes no llegan a conmover con sus dramas porque
se recurre a la representación escénica como manera estilizada y
distante para hablar de otras realidades más abstractas y
comprometedoras.
Drama contenido por la
belleza de sus imágenes y por la frialdad de sus emociones,
hasta que el gong marca la hora de la verdad y se
desencadena en tragedia clásica. Entonces, una familia,
construida sobre el secreto y la mentira –como en
"Después de la boda"–,
verá cómo el veneno causa estragos en su seno, y no el que venía
en dosis preparadas y en vasos de oro y jade, sino aquel que se
había incubado desde años atrás, cuando un régimen tiránico y
una humanidad desenfrenada pretendían hacerse con el poder, y
lograr una imposible armonía entre el sol y la luna, entre el
vicio y la virtud.
Calificación:
    
Imágenes
de "La maldición de la flor dorada" - Copyright ©
2006 Sony Pictures Classics Release, Film Partner International,
Edko Films y Beijing New Pictures Film. Distribuida en España
por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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