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LA MALDICIÓN DE LA FLOR DORADA
(Man cheng jin dai huang jin jia)


Dirección: Zhang Yimou.
País:
China.
Año: 2006.
Duración: 114 min.
Género: Drama, acción.
Interpretación: Chow Yun Fat (emperador Ping), Gong Li (emperatriz Fénix), Jay Chou (príncipe Jai), Liu Ye (príncipe Wan), Chen Jin (mujer del médico imperial), Ni Dahong (médico imperial), Li Man (Chan), Qin Junjie (príncipe Yu).
Guión: Zhang Yimou, Wu Nan y Bian Zhihong; a partir de la obra de Cao Yu.
Producción: Bill Kong y Zhang Weiping.
Música: Shigeru Umebayashi.
Fotografía:
Zhao Xiaoding.
Montaje: Cheng Long.
Diseño de producción: Huo Tingxiao.
Vestuario: Yee Chung Man.
Estreno en China: 21 Diciembre 2006.
Estreno en España: 27 Abril 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Veneno en vasos de oro y jade

  La trilogía wuxia que Zhang Yimou comenzó con "Hero" y continuó con "La casa de las dagas voladoras", concluye ahora con tintes trágicos. El veneno corre por los vasos de oro de palacio y también por las venas de sus moradores. Lo que parece “lealtad, piedad filial y rectitud” (lema de la dinastía Tang) no es sino oropel manchado de infidelidad, venganza y sangre. Y tras el vivo colorido de sus lujosas estancias y los ricos ropajes se esconde la lujuria y secreto de un pasado de traición, la venganza y ambición sin límites que amenazan un futuro de armonía y paz. Retrato shakesperiano de las pasiones humanas en un marco incomparable por su belleza, riqueza y grandiosidad, todo bajo la mirada esteticista del director de “La linterna roja” o "¡Vivir!".

 

  Se acerca la fiesta del doble Yang y regresan de improviso el emperador Ping y también su segundo hijo Jai desde sus lugares de batalla. En la corte están la emperatriz Fénix –enferma y sometida a un estricto tratamiento por orden imperial–, su hijastro y heredero Wan –con el que mantiene relaciones incestuosas–, y el adolescente Yu –que también oculta sus propias pretensiones–. Suspicacias, intrigas y traiciones palaciegas en la lucha por el poder, en la búsqueda de amores prohibidos, en los derechos esgrimidos por una madre mancillada. Todo se da cita en la antesala de una celebración convertida en baño de sangre, en una reunión familiar bajo el signo de un destino trágico, en una dinastía medieval construida sobre la corrupción.

  La mirada de Yimou es la de un artista consagrado, capaz de recoger la belleza de un entorno natural o de unos interiores palaciegos, de indagar en el alma de sus personajes y reflejar sus buenas y malas pasiones, y de convertir escenas de pelea y movimientos de masas en poesía visual u ópera majestuosa. Lo ha demostrado en sus anteriores trabajos, en películas como “Semilla de crisantemo” o "Hero" y también en otras más intimistas como "Ni uno menos" o "El camino a casa", y lo vuelve a dejar patente en esta adaptación teatral. Es un cine culto y preciosista, con un prodigioso dominio del lenguaje visual con el que radiografía lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. En el presente trabajo deslumbra la fastuosa y apabullante puesta en escena, los vivos colores de sus decorados colosales, y el detallismo ornamental y de elementos de atrezo (barrocas y abrumadoras resultan las capas y tocados de la pareja imperial en la fiesta). Cuidadísima labor de diseño de producción en que la cámara se mueve por los pasillos, se esconde pudorosamente en una esquina de una habitación imperial o se eleva para recoger los orquestados movimientos de masas de la batalla o la precisa coreografía de las doncellas de la corte. Yimou demuestra un absoluto dominio del espacio y el tiempo, con ajustados ritmos al servicio de un ritual litúrgico que debe respetar las reglas de la tradición imperial, también puestos de relieve en los duelos de espada.

  Hay quien ha criticado al director esta brillantez formal calificándola de ampulosidad, efectismo o artificiosidad que saturarían el paladar del espectador hasta empachar su gusto y adormecer su intelecto. Sin embargo, no parece que detrás de tanto lujo y refinamiento no haya más que superficies pulidas y oro abrillantado, ni que sus personajes se reduzcan a saltimbanquies sin vida ni alma. Porque, como en todos los dramas de Shakespeare o en las tragedias griegas, tras la máscara se esconde una pasión secreta e inconfesable, una doble vida (auto)destructiva, unos instintos salvajes y pérfidos que siempre terminan por aflorar y cobrarse sus víctimas. Por eso, parece necesaria tanta bella apariencia para dejar al descubierto tan profunda podredumbre y vicio: traición y venganza, celos y envidias, amantes e incesto, asesinato e impiedad filial se convierten en bajezas aún mayores en medio de tantos aires de grandeza, lealtades jerarquizadas, armonías impostadas y bordados en oro.

  Es cierto que este Yimou carece del desarrollo narrativo de anteriores trabajos, que la historia se circunscribe prácticamente a la trama principal, que deja en la oscuridad hechos del pasado que arrastraron a los personajes y que ahora quedan celosamente vedados a la curiosidad del espectador. También es verdad que el escenario se circunscribe al palacio y sus patios de acceso, privándonos de los paradisíacos parajes de las películas anteriores, sin despegarse de su inspiración teatral. O que, siendo espectaculares y bellísimas, las exhibiciones de artes marciales no tienen la espectacularidad de "La casa de las dagas voladoras" o "Hero". Pero todas beben de la misma fuente, y ahora se ha preferido resaltar ese aspecto dualista y de contraste entre la brillantez exterior y vaciedad interior de una sociedad decadente y falsa, con reflejo en otra época, porque –como Sófocles o Shakespeare– estamos ante una obra atemporal, y quizá réplica de otra actual en que la China comunista parece buscar oxígeno capitalista entre las acartonadas estructuras del marxismo.

  Si lo más fascinante es su fastuosidad y colorido visual, no menos valoradas deberían ser las interpretaciones de sus personajes, obligados a moverse entre la formalidad del protocolo y el impulso venenoso que corre por sus venas. La ambigüedad y la aparente frialdad se dibujan en los rostros de Chow Yun Fat o Gong Li para no mostrar sus sentimientos ni descubrir sus cartas: contención expresiva y armonía de movimientos para guardar una falsa calma de palacio, a la espera del día en que todos se quiten su máscara y aparezcan los crisantemos bordados en oro, en que el amarillo dorado se transforme en rojo pasional y sangriento. También los secundarios trabajan a gran altura en esta gran producción de miles de figurantes, de lujoso vestuario y de un maquillaje que convierte los rostros en delicadas porcelanas, hermosos pero fríos. Los personajes no llegan a conmover con sus dramas porque se recurre a la representación escénica como manera estilizada y distante para hablar de otras realidades más abstractas y comprometedoras.

  Drama contenido por la belleza de sus imágenes y por la frialdad de sus emociones, hasta que el gong marca la hora de la verdad y se desencadena en tragedia clásica. Entonces, una familia, construida sobre el secreto y la mentira –como en "Después de la boda"–, verá cómo el veneno causa estragos en su seno, y no el que venía en dosis preparadas y en vasos de oro y jade, sino aquel que se había incubado desde años atrás, cuando un régimen tiránico y una humanidad desenfrenada pretendían hacerse con el poder, y lograr una imposible armonía entre el sol y la luna, entre el vicio y la virtud.

Calificación:


Imágenes de "La maldición de la flor dorada" - Copyright © 2006 Sony Pictures Classics Release, Film Partner International, Edko Films y Beijing New Pictures Film. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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