CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
¿Hasta qué punto puede
un efecto digital destrozar la carrera de alguien? Que se lo
digan a Zhang Yimou,
otrora firmante de obras tan intimistas, sinceras y redondas
como “La linterna roja” (1991), ahora estigmatizado por la era
post-“Tigre y dragón” (2000). O habría que remontarse a
"Matrix"
(1999), auténtica artífice de esos saltos peregrinos que han
convertido las escenas de lucha en coreografías carentes de
sentido argumental y, llegados a “La maldición de la flor
dorada”, de toda capacidad de sorpresa.
El
director chino cierra una trilogía plagada de tradiciones
orientales que a nosotros, público europeo, se nos escapa de
las manos y el entendimiento. Sin embargo, el corpus de los
cuentos es básicamente el mismo en todo el mundo, por lo que
sus películas han cristalizado en referentes de cómo acercarse
a una cultura ajena comprendiendo poco pero disfrutando mucho.
Relatos con moraleja, cubiertos por un paño milenario para que
el efecto no resulte moralizante, adornados por toneladas de
costosos decorados que despistan a la retina y satisfacen la
ausencia de peso narrativo. Porque, viendo
unos pocos minutos de “La maldición de la flor dorada”, uno se
da cuenta enseguida de que se va a tragar de pe a pa un dramón
de los duros, de los de antes.
Casi como una “Ama Rosa” asiática, Yimou compone un enrevesado
bordado con hilos familiares, amores, desamores, traiciones,
ambiciones, dagas y venenos, una tragedia de aires griegos que
culmina en un espectáculo que haría las delicias de Tarantino.
No cabe duda de que la corriente visual desprende un tono
seductor, un barroquismo que pretende servir de contexto
anímico a unos personajes deseosos por rellenar sus vacíos
afectivos. Pero para dos horas de metraje no es suficiente.
Si en
"Hero"
(2002) las peleas equipararon la violencia a la elegancia, la
fuerza masculina a la femenina, y
"La casa de las dagas voladoras"
(2004) llevó el recurso al paroxismo del drama romántico, Yimou
esta vez ha optado por reducir su presencia, que no adquiere
tintes ciclópeos hasta el final. Para cuando esto sucede, otra
vez están ahí los típicos ninjas que simulan saltar sobre
muelles –una escena tan aburrida por requetevista como el ataque
a la casa del médico–, los cuerpos que se doblan al filo de lo
imposible, las armas de diseño ultramoderno y la sangre que
salpica con premeditado arte el paisaje o el atrezo. Por un
motivo comercial parecido –la ley del reconocimiento que exige
el público le obliga a incluir, sin venir a colación, toques de
esa acción manierista–, a pocos minutos del comienzo se
desarrolla una pelea padre-hijo que ni añade matices a su
relación ni aporta grandes novedades al estilo del director. En
cualquier caso, él vigila muy bien que el dorado predomine en la
gama cromática –una asfixia de lujo que convierte en un alivio
el desenlace, plagado de despojos– y que la flor del título se
identifique en las telas que borda la reina y en ella misma, el
estandarte de una corte que empieza a marchitarse por la ponzoña
de su propia savia y por la sacudida de todos los que la rodean.
|
 |
En el interior del
apoteósico despliegue de medios, de miles de extras que parece
imposible reunir, ya no sólo en la pantalla de un ordenador,
sino en un palacio de la época, los actores principales luchan
admirablemente por imprimir un carácter de teatro operístico a
la función. La maravillosa
Gong Li
se enfunda sus expresiones más gélidas –para los despistados:
recuerden la mala malísima que hacía la vida imposible a la ñoña
Zhang Ziyi en "Memorias de una geisha" (2005)–
para que el patetismo de su personaje trascienda el peso de los
vestidos y el temblor de sus manos. Y
Chow Yun Fat,
oculto tras un disfraz de Fu Manchú, destroza el concepto de
héroe sacrificado que en Hollywood tienen de él –“Tigre y
dragón” o “Ana y el rey” (1999)–, y se transforma en un
impasible villano cuyas miradas sólo las estropea la dichosa
ralentización que tanto gusta a Yimou.
La belleza
hueca y quebradiza, la poesía simbólica y amanerada, la
exageración del carácter, nuevas señas de identidad que no
deberían perpetuarse más allá de una trilogía, de alguna
superproducción alimenticia, especie de blockbuster para
la cultura oriental, que aquí sólo cuajan por su exotismo
–imagino que ellos pondrán unas caras similares cuando vean
"Alatriste"
o una escena flamenca–. Yimou apenas salva la pesadez de la
historia por la atracción de las imágenes, el detenimiento en el
detalle –numerosos planos en perspectiva diagonal sobre el
trabajo de los sirvientes– frente a la hagiografía musical de un
conflicto shakespeariano. En esa hipérbole percibo cierto
haraquiri, una disolución paulatina de la esperanza en los
personajes que acompaña a la conciencia del director por el
sentido de su trabajo. Todo lo que era esplendoroso se pierde y
sólo se conserva el recuerdo retocado, falso, magnificado. Si la
lealtad no existe en la Tierra, como evidencia el alegórico
plano final, entonces el cine de Yimou se tiñe de rojo
pesimista. Tal vez con el presentimiento de que se trata de la
última vez que podrá contar algo así, de este modo y
consiguiendo que el público lo asuma.
Calificación:
    
Imágenes
de "La maldición de la flor dorada" - Copyright ©
2006 Sony Pictures Classics Release, Film Partner International,
Edko Films y Beijing New Pictures Film. Distribuida en España
por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "La maldición de la flor dorada"
Añade "La maldición de la flor dorada" a tus películas favoritas
Opina
sobre esta película en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"La maldición de la flor dorada" a un amigo
|