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LA MALDICIÓN DE LA FLOR DORADA
(Man cheng jin dai huang jin jia)


Dirección: Zhang Yimou.
País:
China.
Año: 2006.
Duración: 114 min.
Género: Drama, acción.
Interpretación: Chow Yun Fat (emperador Ping), Gong Li (emperatriz Fénix), Jay Chou (príncipe Jai), Liu Ye (príncipe Wan), Chen Jin (mujer del médico imperial), Ni Dahong (médico imperial), Li Man (Chan), Qin Junjie (príncipe Yu).
Guión: Zhang Yimou, Wu Nan y Bian Zhihong; a partir de la obra de Cao Yu.
Producción: Bill Kong y Zhang Weiping.
Música: Shigeru Umebayashi.
Fotografía:
Zhao Xiaoding.
Montaje: Cheng Long.
Diseño de producción: Huo Tingxiao.
Vestuario: Yee Chung Man.
Estreno en China: 21 Diciembre 2006.
Estreno en España: 27 Abril 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  ¿Hasta qué punto puede un efecto digital destrozar la carrera de alguien? Que se lo digan a Zhang Yimou, otrora firmante de obras tan intimistas, sinceras y redondas como “La linterna roja” (1991), ahora estigmatizado por la era post-“Tigre y dragón” (2000). O habría que remontarse a "Matrix" (1999), auténtica artífice de esos saltos peregrinos que han convertido las escenas de lucha en coreografías carentes de sentido argumental y, llegados a “La maldición de la flor dorada”, de toda capacidad de sorpresa.

 

  El director chino cierra una trilogía plagada de tradiciones orientales que a nosotros, público europeo, se nos escapa de las manos y el entendimiento. Sin embargo, el corpus de los cuentos es básicamente el mismo en todo el mundo, por lo que sus películas han cristalizado en referentes de cómo acercarse a una cultura ajena comprendiendo poco pero disfrutando mucho. Relatos con moraleja, cubiertos por un paño milenario para que el efecto no resulte moralizante, adornados por toneladas de costosos decorados que despistan a la retina y satisfacen la ausencia de peso narrativo. Porque, viendo unos pocos minutos de “La maldición de la flor dorada”, uno se da cuenta enseguida de que se va a tragar de pe a pa un dramón de los duros, de los de antes. Casi como una “Ama Rosa” asiática, Yimou compone un enrevesado bordado con hilos familiares, amores, desamores, traiciones, ambiciones, dagas y venenos, una tragedia de aires griegos que culmina en un espectáculo que haría las delicias de Tarantino. No cabe duda de que la corriente visual desprende un tono seductor, un barroquismo que pretende servir de contexto anímico a unos personajes deseosos por rellenar sus vacíos afectivos. Pero para dos horas de metraje no es suficiente.

  Si en "Hero" (2002) las peleas equipararon la violencia a la elegancia, la fuerza masculina a la femenina, y "La casa de las dagas voladoras" (2004) llevó el recurso al paroxismo del drama romántico, Yimou esta vez ha optado por reducir su presencia, que no adquiere tintes ciclópeos hasta el final. Para cuando esto sucede, otra vez están ahí los típicos ninjas que simulan saltar sobre muelles –una escena tan aburrida por requetevista como el ataque a la casa del médico–, los cuerpos que se doblan al filo de lo imposible, las armas de diseño ultramoderno y la sangre que salpica con premeditado arte el paisaje o el atrezo. Por un motivo comercial parecido –la ley del reconocimiento que exige el público le obliga a incluir, sin venir a colación, toques de esa acción manierista–, a pocos minutos del comienzo se desarrolla una pelea padre-hijo que ni añade matices a su relación ni aporta grandes novedades al estilo del director. En cualquier caso, él vigila muy bien que el dorado predomine en la gama cromática –una asfixia de lujo que convierte en un alivio el desenlace, plagado de despojos– y que la flor del título se identifique en las telas que borda la reina y en ella misma, el estandarte de una corte que empieza a marchitarse por la ponzoña de su propia savia y por la sacudida de todos los que la rodean.

  En el interior del apoteósico despliegue de medios, de miles de extras que parece imposible reunir, ya no sólo en la pantalla de un ordenador, sino en un palacio de la época, los actores principales luchan admirablemente por imprimir un carácter de teatro operístico a la función. La maravillosa Gong Li se enfunda sus expresiones más gélidas –para los despistados: recuerden la mala malísima que hacía la vida imposible a la ñoña Zhang Ziyi en "Memorias de una geisha" (2005)– para que el patetismo de su personaje trascienda el peso de los vestidos y el temblor de sus manos. Y Chow Yun Fat, oculto tras un disfraz de Fu Manchú, destroza el concepto de héroe sacrificado que en Hollywood tienen de él –“Tigre y dragón” o “Ana y el rey” (1999)–, y se transforma en un impasible villano cuyas miradas sólo las estropea la dichosa ralentización que tanto gusta a Yimou.

  La belleza hueca y quebradiza, la poesía simbólica y amanerada, la exageración del carácter, nuevas señas de identidad que no deberían perpetuarse más allá de una trilogía, de alguna superproducción alimenticia, especie de blockbuster para la cultura oriental, que aquí sólo cuajan por su exotismo –imagino que ellos pondrán unas caras similares cuando vean "Alatriste" o una escena flamenca–. Yimou apenas salva la pesadez de la historia por la atracción de las imágenes, el detenimiento en el detalle –numerosos planos en perspectiva diagonal sobre el trabajo de los sirvientes– frente a la hagiografía musical de un conflicto shakespeariano. En esa hipérbole percibo cierto haraquiri, una disolución paulatina de la esperanza en los personajes que acompaña a la conciencia del director por el sentido de su trabajo. Todo lo que era esplendoroso se pierde y sólo se conserva el recuerdo retocado, falso, magnificado. Si la lealtad no existe en la Tierra, como evidencia el alegórico plano final, entonces el cine de Yimou se tiñe de rojo pesimista. Tal vez con el presentimiento de que se trata de la última vez que podrá contar algo así, de este modo y consiguiendo que el público lo asuma.

Calificación:


Imágenes de "La maldición de la flor dorada" - Copyright © 2006 Sony Pictures Classics Release, Film Partner International, Edko Films y Beijing New Pictures Film. Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos reservados.

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