No es necesario remarcar que el
peligroso juego de su abuso tiene como consecuencia la
destrucción de los géneros; o lo que sería lo mismo, películas
perfectamente homogéneas: filmes que van de todo y de nada a
la vez. Por esta razón los directores a quienes les gusta
abarcar cuanto más mejor, se andan con cautela a la hora de
diseñar un recipiente lo bastante consistente como para que,
cuando el espectador mire a través de su vidrio, sea capaz de
distinguir los elementos de su combinado en esa mancha que
intenta no ser toda del mismo color.
Quizá sea éste el único defecto
remarcable de “El último rey de Escocia”, obra firmada por
Kevin Macdonald, director del
que no les extrañará saber que su filmografía está mayormente
compuesta por documentales. En términos narrativos su
largometraje no deja de ser una adaptación de la reconocida
novela de Giles Foden de
1998 del mismo título, aunque cabe destacar que la puesta en
escena no se ha resuelto de forma trivial, como delatan las
interpretaciones de su elenco, los juegos de cámara, el montaje
de las escenas de crescendo o los planos de las mariposas
nocturnas.
Escenografía y narración se debaten por
igual a la hora de funcionar como engranajes de una maquinaria
que tiene como fin dos objetivos que quedan perfectamente
definidos en los primeros veinte minutos de metraje, lo que en
cierto modo termina constituyendo un argumento sencillo y
previsible: retratar a Idi Amin, por un lado; y emocionar al
público intentado ponerlo en las carnes del doctor Garrigan,
escocés que viaja a Uganda en misión humanitaria, por otro.
Pocos planos quedan fuera de la intención de lograr un dictador
creíble o poner en aprietos la relación entre éste y su médico
consejero.
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Tanto desde el punto de vista
narrativo como del escénico el film posee una convincente
transformación de sí mismo que sirve de crítica hacia
todos aquellos que creen que puede confiarse en los
gobiernos erigidos en armas y golpes de estado. Este
aspecto está descaradamente exagerado por los guionistas
Peter Morgan y Jeremy
Brock, que plantean un ejecutivo formado por
cuatro amiguetes que gobiernan como quien juega al parchís
y que quitan de en medio, primero sutilmente pero después
con descaro, a cualquiera que se tome las cosas
mínimamente en serio. De este modo se consigue un
apreciable contraste entre las escenas iniciales, con
cantos ugandeses de fiesta, colores vivos y cámaras que
emulan a las usadas en los antiguos discursos ante las
masas (ampliaciones deslocalizadas, primer plano tras la
nuca del orador con su audiencia de fondo); y el estallido
liberado de la cruda realidad que se ha gestado fotograma
a fotograma, con las brutales escenas del quirófano de los
horrores (oscura y macabra) y el colgamiento de piel (en
esta última es posible que tengan que apartar la mirada).
Entre ambos conjuntos transcurre un desvanecimiento
progresivo de los dogmas de la alegría y la predisposición
incondicional a la ayuda.
Sus dos horas de duración también van a
transformar una idea en su mente: la que puedan tener de
Forest Whitaker, que con toda
seguridad no es agradable. Su emulación del presidente ugandés
va a demostrarles, sin lugar a dudas, que este actor tejano es
perfectamente capaz de interpretar… al presidente ugandés. Eso
sí, con sobrada credibilidad; no van a notar ninguna falta de
ímpetu. Su peón, James McAvoy,
el fauno de Narnia, logra un convincente personaje, pero queda
inevitablemente eclipsado por la caracterización tan acentuada
que se ha hecho de Amin.
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Aunque forzando la máquina del
alcance, Macdonald va directo al grano y no descuida
ninguno de los senderos por los que empieza a andar; si se
hubiera dado el caso contrario, nos hallaríamos
indudablemente ante su siguiente documental histórico.
Dejando de lado sus horas con Whitaker, que no han sido
pocas y dan sus frutos, me quedo sin duda con ese
inicialmente difuso vuelo de mariposas nocturnas, que a
medida que ganan nitidez transforman una emocionante
aventura a todo color en una pesadilla lúgubre y
mortuoria.