CRÍTICA
por
Manuel Márquez
Llevar a la pantalla
cinematográfica la biografía de personajes excesivos,
megalomaníacos o tremebundos (e Idi Amin, indudablemente,
lo fue, y en grado superlativo) conlleva siempre el
peligro, ahí agazapado, de que ese elemento –el personaje–
termine devorando el propio vehículo de su historia –la
película–. Claro está, también habría que decir,
inmediatamente a continuación, que eso no tiene por qué
ser necesariamente malo (y es que hay peligros de gozosa
consumación): si quien nos brinda la interpretación del
personaje es un monstruo del calibre (en todos los
sentidos) de Forest Whitaker,
mejor, mejor así.
Y es que "El último rey de Escocia"
–largometraje cuyo personaje central, curiosamente, no es el
de Idi Amin, sino el de su médico personal, el escocés
Nicholas Garrigan, eje alrededor del cual gira la historia, en
su condición de testigo-perspectiva occidental acerca de la
figura del singular presidente ugandés, uno de los sátrapas
más sanguinarios que haya conocido jamás el continente
africano (y hay que decir que, desgraciadamente, la nómina de
ese siniestro negociado es amplísima...)–, aun cuando se
trata de una película ciertamente correcta, entretenida, bien
narrada y excelentemente ambientada (el trabajo realizado en
ese rubro es de un nivel muy elevado), no pasaría de ser una
mera anécdota en la cartelera si no fuera por el trabajo que
despliega el orondo Whitaker, fagocitando su rol hasta un
punto en que hay momentos en que uno es incapaz de distinguir
con claridad si se encuentra ante el original o su
reproducción interpretativa, tal es el verismo con el que
encarna al dictador locuaz, ciclotómico y terrible que era el
ínclito Idi Amin Dada.
Ante tal despliegue, quedan
empequeñecidas las que, a mi modo de ver, serían las
deficiencias más marcadas de esta producción: la tibieza –apenas
atisbos– de la crítica política hacia el papel jugado por las
potencias occiddentales en el advenimiento de Amin al poder, y
su posterior sustento –cuestiones sobre las cuales hay alguna
pincelada a medio esbozar: es una opción legítima de guión la de
no dar más cancha al factor político en la historia, pero pienso
que hubiera dado muchísimo juego–; o ciertas deficiencias en la
construcción dramática del personaje del doctor Garrigan –al
que, en un intento de contrapesar la trama política con
elementos dramáticos colaterales, se le convierte, por momentos,
en una especie de atleta sexual bastante poco creíble, lo cual
constituye uno de los aspectos más flojos y prescindibles del
film–, o las serias dificultades del actor que lo encarna –el
joven James McAvoy– para
encontrar el tono adecuado que requiere cada una de las
situaciones en que se ve envuelto –su apajolamiento casi
permanente, muy apropiado en la fase de fascinación inicial a la
que se ve sometido por su particular “encantador de serpientes”,
no tiene mucho sentido en momentos posteriores–.
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Whitaker, insisto, arrasa con todo.
Desde su primera aparición –ese mitin en una aldea
perdida– hasta la mirada con la que despide el avión en el
que salen de su país los liberados del secuestro palestino
–episodio con el que se le da cierre–, la exhibición
declamatoria –debería estar terminantemente prohibido
exhibir este film en versión doblada...– y gestual del
actor norteamericano se convierte en uno de los mayores
espectáculos que cabe ver en una pantalla de cine: una
exhibición que parte de la absorción absoluta de todos los
matices de una personalidad compleja, para devolverlos
traducidos en las palabras, miradas y movimientos de un
hombre que llegó a convertirse en un monstruo y, a pesar
de ello (o, quizá, debido precisamente a ello), consiguió
que muchos a su alrededor llegaran a sentirse literalmente
abducidos por su personalidad. Y, aunque una
interpretación nunca hace, por sí sola, una película –o,
en puridad, no debería hacerla–, supongo que, si toda
regla ha de tener una excepción, ésta es una de esas
particularmente adecuadas para dar cumplimiento a ese
aserto.
Disfruten del espectáculo, pues, y
asistan a la transustanciación, sin trapecio y sin red, de un
actor en su personaje, una experiencia cinematográfica
ciertamente impagable. Además, siempre es reconfortante pensar
que, al fin y a la postre, ese negro grandote que aparece en la
pantalla no es Amin, es Whitaker: un actorazo, con todas las
letras. ¿El otro? Procuremos desterrarlo de nuestras pesadillas
(ficticias), y ojalá que aquellos que sufren las de sus
congéneres (reales), puedan olvidarlas, también, muy pronto.
Calificación:
    
Imágenes
de "El último rey de Escocia" - Copyright ©
2006 Fox Searchlight Pictures, DNA Films, Film Four, UK Film Council,
Scottish Screen, Cowboy Films y Slate Films. Distribuida en
España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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