CRÍTICA
por
Albert Meroño
Peñuela
El gamberro y
chistosillo llamado Will Smith
que recuerdan de “El príncipe de Bel-Air”, repuesta repetidas
veces en televisión, se ha transformado desde que la serie que
le dio a conocer finalizara en 1996. Aunque no es fácil decir en
qué. Antes de aventurarse en el área de la producción no pasaron
inadvertidas sus batallas contra invasiones extraterrestres en
“Independence Day” (1996), su inmediata parodia “Men in black”
(1997) y derivadas. Tampoco habrán olvidado su rol de boxeador
("Ali", 2001) y mucho menos el de supuesto
pistolero en la vergonzosa "Wild wild west" (1999). Pero lo cierto es que en esta
“En busca de la felicidad” se las da de incansable corredor,
como en su alter ego en “Enemigo público” (1998).
Es cierto; aunque el de ambos
largometrajes sea un paralelismo forzado al límite, Chris
Gardner, su personaje en el más reciente, se pasa corriendo
una buena proporción de los planos que protagoniza, a pesar de
querer alcanzar, y no huir. Pero aunque guste de esta
actividad física en las películas de las que participa, Smith
no tiene ninguna prisa por definir sus preferencias en la vida
real. Su papel como productor empezó en 2002, pero las obras
en las que ha invertido, además, con la interpretación, son
sólo "Yo,
robot" (¿será realmente asiduo de Asimov?), "Hitch: Especialista en ligues"
(rellenando hueco de cartelera) y la presente “En busca de la
felicidad”. ¿Un fan de la ciencia ficción, un vendido al mejor
postor, o un intimista?
Lo de intimista, y no lo digo porque su
propio retoño (Jaden Christopher Syre
Smith) encarne al de su personaje en este film, es
afortunadamente por estrenar faceta. He de reconocer que rehúso
bastante de los relatos cinematográficos “basados en una
historia real” por razones que vienen a cuento pero no toca
explicar, pero si una personalidad influyente pone el ojo encima
de unos hechos que le han conmovido, merece la pena un poco de
atención (aunque en el guión Steve
Conrad haya adulterado levemente la biografía de
Gardner con trucos tan gastados como el cubo de Rubik).
Gabriele Muccino, que se
enfrentaba con su primera producción estadounidense, ha vertido
la salsa del sueño americano (y lo cierto es que tiene razones
para ello) sobre las vivencias de Gardner, que son las de un
hombre que sencillamente lo pierde todo, a excepción de su único
hijo, y que lucha (mientras corre) con toda su energía contra
esa fuerza que le arrastra sin compasión alguna hacia el vacío.
Así se define su línea argumental principal: bajo las premisas
de “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, del
economista y sociólogo alemán Max Webber, el protagonista
trabaja hasta la saciedad para conseguir dinero, el valor
supremo de la vida y único vehículo hacia la felicidad, mientras
huye de la ausencia de él, máximo estado de desgracia. Esta
simplificación de la existencia es perfectamente aplicable a un
lugar como San Francisco y en buena parte del resto del mal
llamado mundo occidental, pero no tiene perdón que en una
narración de tanta trascendencia, y más aún, con tintes de
valores humanos tan universales como el instinto de
supervivencia, Muccino haya querido dar ese toque patriótico,
aun siendo italiano, citando dos veces las dos apariciones de la
palabra ‘felicidad’ en la Declaración de Independencia (¿cuántas
obras literarias hablan de ella sin distinciones de nación?) o
mostrando a la Iglesia como único apoyo moral en la desdicha
(cuando el del propio hijo bastaba y sobraba). Sin embargo, el
discurso es válido en líneas generales para llegar a ese momento
final donde se roza la auténtica definición de felicidad:
perseverancia, paciencia y sana alimentación de los sueños. No
lo es, en cambio, en su afortunadamente momentánea incursión al
documental sobre la pobreza, que a pesar de ser breve, existe, a
sabiendas de que no tiene cabida cuando el metraje habla
constantemente de la naturaleza luchadora del propio yo.
Aunque ya
saben que en un drama raramente hay algo que pese más que la
actuación, es de agradecer que Muccino haya sido generoso con
otros elementos escénicos en circunstancias en que no era
sencillo usarlos, como el escáner óseo, que es capaz de
representar todo lo que alguien posee (entiéndase materialmente)
en no más de cincuenta por cuarenta por treinta centímetros,
cien por cien transportables. El mismo objeto permite eventuales
excursiones hacia el terreno narrativo, muy remarcables también,
usadas inteligentemente para parodiarse a sí mismo en su
reverencia a cómo el capitalismo es capaz de sacar tanto lo
mejor como lo peor de nosotros mismos (como el robo al taxista).
Llegados a
este punto, es posible que la imagen de gracioso o de mata
marcianos que tengan de Will Smith haya cambiado ya, pero en
realidad su representación sólo les convencerá si consigue
emocionarles, y debo admitir que difícilmente podrán evitarlo.
Quizá sea cierto eso de que un hombre consiguió llegar a la cima
partiendo de veinte dólares y sólo a base de trabajo y desmedida
fe en los sueños; pero siempre nos quedará la duda de qué fue de
su otra lucha, la librada para su primogénito, para el que
consiguió una vida mejor, pero quién sabe si feliz.
Calificación:
    
Imágenes
de "En busca de la felicidad" - Copyright © 2006
Columbia Pictures, Relativity Media, Overbrook Entertainment y
Escape Artists Productions. Distribuida en España por Sony
Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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