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Dirección: Richard LaGravenese.
País: USA.
Año:
2007.
Duración: 123 min.
Género:
Drama.
Interpretación: Hilary Swank (Erin
Gruwell), Patrick Dempsey (Scott Casey), Scott Glenn (Steve
Gruwell), Imelda Staunton (Margaret Campbell),
April Lee Hernandez (Eva), Mario (Andre), Kristin Herrera
(Gloria), Jacklyn Ngan (Sindy), Sergio Montalvo (Alejandro), Jason Finn (Marcus), Hunter Parrish (Ben).
Guión: Richard LaGravenese;
basado en el libro "The freedom writers diary" de Freedom
Writers y Erin Gruwell.
Producción: Stacey Sher, Michael
Shamberg y Danny DeVito.
Música: Mark Isham y will.i.am.
Fotografía: Jim Denault.
Montaje: David Moritz.
Diseño de producción: Laurence Bennett.
Vestuario: Cindy Evans.
Estreno en USA: 5 Enero 2007.
Estreno en España: 11 Mayo 2007. |
CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Es difícil calificar a
una película como pretenciosa, vana y repetitiva cuando está
basada en un suceso real. Si todas las victorias sinceras y
auténticas fueran celebradas en el cine, éste terminaría
perdiendo su condición artística en esa peligrosa tarea,
reducida a la acción panfletaria. Y, como decía Hitchcock, para
eso no se hacen películas: se escriben telegramas. O libros, y
uno se lee el publicado por Erin Gruwell y sus chicos en vez de
tragarse una cinta que, de no tener sus referentes, habríamos
visto muchas veces.
Cualquiera que vea un film sobre estudiantes conflictivos,
arrabales urbanos y profesores entregados con increíble
diligencia a su trabajo, sabe muy bien que la base de denuncia
sólo pretende alimentar la esperanza. El motivo que mueve esta
historia no es extraordinario –en el sentido de que otras
voces lo han proclamado con anterioridad a ella–, pero sí
loable. Y en su pura ingenuidad, simplificación y efectismo
emocional termina funcionando. Sin embargo, una maquinaria
correcta no garantiza el lustre que pocas películas del estilo
han conseguido, condenadas a un éxito generacional y efímero a
la par que sucesivos públicos no se explican el éxito de
semejante blandura –de ahí el rotundo fracaso en taquilla de
"Emperor's
club" (2002),
refrito de “El club de los poetas muertos” (1989)–.
Sin el respaldo de una protagonista famosa, una buena
productora y la repercusión de los métodos didácticos de
Gruwell en Estados Unidos, “Diarios de la calle” hubiese
picado su material en uno de esos caldos de cultivo
telefílmico, de estreno directo en canal de pago o DVD.
La
dirección no favorece en nada a un desarrollo argumental típico,
en ocasiones rozando lo casposo –la explicitud de las escenas de
violencia que viven los alumnos adquieren un tono de reiteración
cansina al acompañarse de las lecturas en off de sus
diarios–. Las resoluciones dramáticas se antojan tan
previsibles, obvias para la lógica de la cinta, como
acomodaticias por su demostrada funcionalidad –recordemos
“Mentes peligrosas” (1995) o “Los chicos del barrio” (1991), sus
más claros referentes, e historias de prometedores niños
rebeldes como "El
indomable Will Hunting"
(1997) o "Descubriendo
a Forrester"
(2000)–. ¿La culpa de anclarse en fórmulas previas o la virtud
de valerse de ellas? En todo caso,
Richard LaGravenese
es conocido por su tendencia a la sensiblería en guiones, por
otra parte, de fuerte estructura – “Los puentes de Madison”
(1995) o “El rey pescador” (1991) –, lo cual dota al film de una
evolución lógica, pero tremendamente aburrida.
En esa
recreación de supuesto realismo, la otra baza importante es
Hilary Swank,
más publicitada por sus dos Oscar ®
que por un talento poderoso. Su fuerte complicidad con el
proyecto provoca la mayor franqueza de toda la historia, en un
papel dulcificado, sin ninguna arista y perfecto como vehículo
de simpatización con el público. Las ganas de laurear los
esfuerzos de la Erin Gruwell de carne y hueso, así como de todo
representante de una profesión tan desagradecida, conlleva el
desdibujado instantáneo de quienes la rodean. Los alumnos,
demasiados para cubrir la totalidad de sus problemas, se
ejemplifican con los habituales cabecillas conflictivos a fin de
que de la parte se extraiga la conclusión del conjunto. Sus
compañeros de instituto, jefa de estudios (Imelda
Staunton) y
director (Scott Glenn)
se colocan desde el principio en una estratégica oposición
estereotipada para reforzar la labor heroica de Erin, de la
misma forma que las relaciones con su padre y su marido (Patrick
Dempsey, quien
hace el mismo papel de sumiso partenaire que en la serie
“Anatomía de Grey”) ocupan unos escasos minutos de metraje que
levantan un conflicto emocional en la protagonista, pálido
recurso para equilibrar sus ascensos escolares.
“Diarios de la calle” es como
esas muñecas recortables a las que se puede encasquetar
cualquier vestido hecho a medida. Pero los patrones que encajan
carecen de rasgos exclusivos, innovadores y atractivos: llega un
momento en que ya no hace falta cambiar las prendas, o ver otra
película, porque nos recuerdan a las anteriores. El
microuniverso estudiantil como utopía de la enorme contrautopía
que venden los telediarios y las masacres en centros
estadounidenses, tan extrema la concentración en un punto como
en otro. Los propósitos factibles pierden su sentido cuando los
recursos cinematográficos los reducen al tópico: la música
rap y R&B, las peleas entre clase y profesor hasta
alcanzar el colegueo de “Adiós, Mr. Chips” (1939), los forzados
contrastes de vestuario y nuevas comparaciones traídas por los
pelos –con el Holocausto judío y Ana Frank–. Lejos de servir
como retrato definitivo de una nueva juventud, aún más imposible
es su repercusión sobre ella. Doble pérdida de sentido, doble
razón para que, al margen de los espectadores individuales a
quienes pueda alcanzar su mensaje solidario, los “Diarios de la
calle” se conviertan en una ajada lectura obligatoria.
Calificación:
    
Imágenes
de "Diarios de la calle" -
Copyright © 2007 Paramount Pictures, MTV Films, Jersey Films y Double Feature Films.
Fotos por Jaimie Trueblood. Distribuida en
España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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