CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
El peñón de la discordia
A sus 76 años, parece que el
director de "Million dollar baby"
apura su talento y experiencia cinematográfica con alguna obra
maestra y con retos sólo asumibles por los más grandes. En su
último proyecto, ha visto la oportunidad de realizar a la vez
dos películas sobre la misma realidad, cambiando el punto de
vista y adaptándose a la distinta percepción y mentalidad que la
narración exigía. Como es sabido, “Cartas desde Iwo Jima”
presenta la otra cara de la moneda de
"Banderas de nuestros padres",
con el desembarco y conquista de la isla japonesa como eje en
torno al cual articular unas historias personales de tono
dramático y con un claro carácter desmitificador. Por tanto, el
análisis comparativo acaba siendo inevitable, ya sea buscando
las diferencias entre ellas y su complementariedad o bien
analizando lo que tienen en común al responder a una misma
mirada.
La versión norteamericana
incidía en la manipulación política y propagandística de un
acontecimiento a partir de unos héroes creados desde el papel
fotográfico, y secundariamente en la dificultad de estos
veteranos para reincorporarse a la sociedad civil con el sueño
tranquilo. Recogían planteamientos y realidades de un pueblo sin
apenas tradición, que vivía intensamente el presente de un país
en guerra y que miraba hacia un futuro de expansión y progreso.
El individuo tenía su conciencia y sus sentimientos, pero éstos
quedaban ocultados por la maquinaria de un Estado que creaba y
olvidaba a sus héroes y que vivía empeñada en exportar sus
ideales democráticos.
Ahora, en “Cartas desde
Iwo Jima”, Clint Eastwood
se esfuerza por comprender al pueblo japonés, con unos
comportamientos donde la tradición oriental y militar colocan a
la patria y al Emperador por encima de todo lo personal, y donde
el honor y la dignidad se convierten en valores fundamentales
que obligan incluso al suicidio si se fracasa en la misión. Por
eso, el director opta por hacer pivotar la
película en el retrato de personajes y no tanto en el Japón que
abandona a sus héroes a una suerte segura: salvo algunos
flashback, toda la trama discurre con una narración directa
y clásica, apenas fragmentada,
y se centra en el presente de una isla y de unos militares que
esperan la muerte con desigual cara. No hay imagen retocada para
que sea utilizada electoralmente porque el país nipón no se rige
por principios democráticos sino por códigos de honor labrados
durante siglos. Sólo encontramos un heroico e inteligente
general formado en Estados Unidos y que hace gala de unas firmes
convicciones en las que el honor convive con el sentido común y
la humanidad, otro oficial de gran dureza y rigidez que parece
incapaz de trascender a la inmediatez de los actos, y unos
soldados que se debaten entre la lealtad a la patria y el amor a
la familia cuando no les invade un miedo a la muerte que les
empuja a la deserción: resulta muy interesante la evolución del
soldado Saigo, arquetipo del pueblo llano, como el general
Kuribayashi lo es de la tradición que se abre a la modernidad.
En cualquier caso, personajes bien matizados y cotidianos que
reflejan en sus rostros esos nobles pero también débiles
principios vitales, con una progresión dramática que da
emotividad y autenticidad a la cinta. El trabajo de los actores,
todos ellos japoneses, está a gran nivel, en especial un
Ken Watanabe
de expresión contenida
pero mirada llena de autoridad y que trasmite decisión y
sensibilidad a un mismo tiempo.
En esa radiografía cultural,
el peso de los recuerdos cobra una importancia capital, con
varios flashback bien ensamblados y que dan un tono
nostálgico al trabajo. Son escenas del pasado particularmente
emocionantes al ser vistas desde la realidad presente de unas
cuevas, auténtico cementerio para sus protagonistas: Kuribayashi
en la gala de despedida entre sus amigos militares americanos, o
el soldado Shimizu, antiguo policía nacionalista que se niega a
matar despiadadamente a un perro –en una preciosa escena, muy
bien planificada–, representan instantes de calma que oxigenan
el ruido ensordecedor de las bombas o la negrura de la muerte, y
también toques melancólicos de otra época de paz y concordia. En
la tragedia de la guerra ahora recogida, el director iguala a
japoneses y americanos –entre los que también recoge acciones
salvajes como otras honrosas reacciones– y defiende sin fisuras
un pacifismo que en
"Banderas de nuestros padres"
no quedaba explicitado.
En la historia de la
mítica bandera se había elegido una puesta en escena
espectacular y una estética que oscilaba entre lo verídico y lo
verosímil. Ahora el tono es más introspectivo, y la cámara se
acerca a los personajes para recoger sus resortes interiores y
poder así comprenderles. La fotografía pierde
en el lado japonés la viveza y colorido americanos para derivar
hacia lo terroso, pardo o sepia, siempre tonos oscurecidos que
trasmiten la desesperanza, agonía y derrota de la perspectiva
nipona. Y los acordes
de piano refuerzan el tono elegíaco y nostálgico de los momentos
de paz y permiten un aire contemplativo, roto con los primeros
bombardeos. Como es lógico en una película de guerra, las
escenas de fragor de la batalla son abundantes, con el realismo
espeluznante de una cámara loca que no duda en recoger miembros
amputados o vísceras esparcidas por el suelo, lo mismo que no se
aparta en los duros momentos del suicidio colectivo de uno de
los destacamentos, en la escena más escalofriante de la cinta.
El parecido con
"Banderas de nuestros padres"
de estas secuencias de desembarco y bombardeo es grande, pero no
en vano fueron rodadas a la vez y suponen el nexo de unión del
díptico, la realidad “objetiva” que da unidad al proyecto y que
conforma las dos caras de una moneda manchada con sangre.
Revisión de la memoria
histórica a partir de las cartas de un héroe que lo fue por la
defensa de su posición, pero también por su nobleza de alma y
por su humildad para ocultar su acción en el anonimato.
Historia que mantiene el tono de dureza y desazón
interior que Eastwood imprime a sus films, con crudas y
violentas escenas de guerra recogidas sin edulcorante alguno,
pero una película honesta y profunda
sobre el comienzo del fin del
Imperio Japonés y de la Segunda Guerra Mundial. Más equilibrada
y conseguida que la versión americana, se excede en el metraje
pudiendo prescindir sin perjuicio de algún que otro bombardeo
–que además habría dado nitidez a la narración–, y gustará a los
aficionados al género histórico y también a las historias
personales de individuos que son héroes o villanos a partes
iguales, y que no hubieran necesitado de la guerra para
demostrarlo.
Calificación:
    
Imágenes
de "Cartas desde Iwo Jima" - Copyright © 2006 Warner
Bros. Pictures, DreamWorks Pictures, Malpaso y Amblin
Entertainment. Distribuida en España por Warner Bros. Pictures
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