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JUEGOS SECRETOS (LITTLE CHILDREN)
(Little children)


Dirección: Todd Field.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 130 min.
Género: Drama.
Interpretación: Kate Winslet (Sarah Pierce), Patrick Wilson (Brad Adamson), Jennifer Connelly (Kathy Adamson), Gregg Edelman (Richard Pierce), Noah Emmerich (Larry Hedges), Jackie Earle Haley (Ronald James McGorvey), Phyllis Somerville (May McGorvey), Ty Simpkins (Aaron Adamson), Sadie Goldstein (Lucy Pierce).
Guión: Todd Field y Tom Perrotta; basado en la novela de Tom Perrotta.
Producción: Albert Berger, Ron Yerxa y Todd Field.
Música: Thomas Newman.
Fotografía:
Antonio Calvache.
Montaje: Leo Trombetta.
Diseño de producción: David Gropman.
Vestuario: Melissa Economy.
Estreno en USA: 3 Noviembre 2006.
Estreno en España: 9 Febrero 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Detrás del falso morbo que insinúa su título en español, “Juegos secretos (Little children)” tiene el rostro de un niño pequeño que, con sus sonrisas, su lengua de trapo y sus herramientas de plástico, construye castillos mucho menos inocentes de lo que aparentan. Gracias a esa arena maleable que es el interior de la clase media norteamericana, Todd Field ha aprendido a trazar surcos sutiles antes que lanzarla a puñados, como hizo en la cruda y exagerada "En la habitación" (2001). Aunque la impronta de drama telefílmico todavía se hace oír en algunos momentos, este nuevo trabajo anima a seguir la trayectoria de un creador al que se tomó demasiado en serio.

 

  El humor salva a una historia de aromas trágicos de caer no sólo en la exasperación del grito y el llanto, sino en la previsibilidad temática de su desarrollo. Ingenuas, duras, a veces absurdas, las gracias surgen de las situaciones más incómodas y de los recursos cinematográficos menos efectivos en la vida real. Por ese motivo, y aunque las referencias a “Madame Bovary” son explícitas, la película no mitifica la relación adúltera entre sus protagonistas (excelentes Kate Winslet y Patrick Wilson), librando las escenas de sus encuentros de cualquier encuadre, música o giro que justificaría el lado romántico del engaño. Lejos de adular o condenar este comportamiento, Field prefiere plantarlo –al igual que al pederasta y al policía frustrado– como un poste que anuncia la hipocresía de una sociedad representada en sus rectilíneas urbanizaciones rurales. Desde luego su propósito sería demasiado evidente y pretencioso si no existiese esa atmósfera de desengaño vital y estético que impide al director, voluntariamente, convertir a los personajes en antihéroes literales y literarios.

  Sin embargo, si posee alguna flojera, ésta procede de esa megalomanía presente en muchos realizadores que ven su retablo de pocas familias en ejemplo extrapolable a toda la nación. Para que esas intenciones pasen la aduana del escéptico, los pecados deben ser más universales que estadounidenses, y en ese ardid de venta se esconde la dura revelación para el no-americano de que cada vez comprendemos mejor sus psicosis porque se han convertido en las nuestras. No por casualidad el filme arranca con uno de esos alarmistas telediarios que llaman al pánico del vecindario porque un ‘desviado sexual’ acaba de finalizar su condena penitenciaria. Como detonante de una pauta de comportamiento socialmente intuitiva, las apariencias intentarán ganar la batalla a lo anormal, ejemplificada en esa magnífica escena de la piscina, puro homenaje al “Tiburón” de Spielberg (1975), con el paria amenazante –estupendo Jackie Earle Haley– nadando solo en el agua de la que todos huyen. En una línea similar, aunque menos paródica, a la de “Mujeres desesperadas”, los prejuicios de lo correcto resucitan en estereotipadas amas de casa que observan cualquier desviación con sus cómodos prismáticos de esposas y madres castas. Pero en lugar de propiciar el esquemático enfrentamiento entre los moradores del bien público y las bestias de la insatisfacción reconocida, Field prefiere romper las expectativas con un nihilismo bello y desolador, dejando claro que si no existe lucha abierta es porque el lado de los prejuicios y las fórmulas coloquiales posee la fuerza suficiente como para ganar sin esfuerzo.

  Se ha dicho que la narración en off de “Juegos secretos (Little children)”, exigua y distanciada, corresponde a la omnisciencia de un Flaubert que da voz consciente a una realidad adormilada en sus vapores de falsa idealización. Pero, mucho menos hábilmente que el maestro francés, en la mayor parte de sus intervenciones las palabras descriptivas no imprimen más desencanto que los propios diálogos de los personajes ni más información que la insinuada por el simple movimiento de las imágenes –como sucede en la cena entre las dos parejas–. Su redundancia es bastante molesta, pero el recurso narrativo no va mal desencaminado, muy útil para confirmar el relato individual como una película aislada de cualquier interpretación global, aunque ésta sea tan posible como la universalización de las tragedias de Emma Bovary. Trenzadas con singular fluidez, que hace pasar desapercibido el excesivo metraje, las vidas de estos habitantes de existencia plana y miras encasilladas, se van y regresan en el momento justo, con afortunadas elipsis –la escapada de los amantes secretos– y revelaciones directas e intrusivas –el pederasta que destruye estanterías de figuritas de porcelana kitsch, los ‘little children’ del título original y de los planos de inicio–.

  Precisamente en ese momento, cuando el aburrimiento del espectador empieza a hincharse en la boca y el argumento y la cámara de Field demuestran que no pueden estirarse más –la ridícula más que ridiculizante ralentización del partido de rugby–, las represiones estallan por senderos equivocados. Por suerte, las previsiones de cualquier persona ahíta de apogeos de sobremesa melodramática con armas de por medio se demuestran también como una sana y agradecida equivocación. Salvar los dictámenes de la novela realista supone aplicar el menos cinematográfico, satisfactorio y contundente final de nuestros días –al menos en dos de los tres personajes–: la dictadura de la sujeción a una inmovilidad moral que no ha cambiado dentro de nuestra propagada modernidad y en la que, lo admitamos o no, nos sentimos a gusto. Las nuevas Bovary se prostituyen a cambio de estabilidad mientras –en el más efectista cierre del personaje de Haley– la perversión del mal procede de un fracasado intento por asemejarse a los cánones del bien. Con sus prometedoras reivindicaciones, su estático y silencioso estilo, Todd Field deja el cuchillo de punta debajo del lienzo contemporáneo: la idolatría a una inocencia que cultivamos en niños que acaban destruidos, sin pudor, por los padres y madres que los convertirán en rastros de sí mismos.

Calificación:


Imágenes de "Juegos secretos (Little children)" - Copyright © 2006 New Line Cinema, Bona Fide Productions y Standard Film Company. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

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