CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Detrás del
falso morbo que insinúa su título en español, “Juegos secretos
(Little children)” tiene el rostro de un niño pequeño que, con
sus sonrisas, su lengua de trapo y sus herramientas de plástico,
construye castillos mucho menos inocentes de lo que aparentan.
Gracias a esa arena maleable que es el interior de la clase
media norteamericana, Todd Field
ha aprendido a trazar surcos sutiles antes que lanzarla a
puñados, como hizo en la cruda y exagerada
"En la habitación"
(2001). Aunque la impronta de drama telefílmico todavía se hace
oír en algunos momentos, este nuevo trabajo anima a seguir la
trayectoria de un creador al que se tomó demasiado en serio.
El humor salva a una historia de
aromas trágicos de caer no sólo en la exasperación del grito y
el llanto, sino en la previsibilidad temática de su
desarrollo. Ingenuas, duras, a veces absurdas, las gracias
surgen de las situaciones más incómodas y de los recursos
cinematográficos menos efectivos en la vida real. Por ese
motivo, y aunque las referencias a “Madame Bovary” son
explícitas, la película no mitifica la relación adúltera entre
sus protagonistas (excelentes Kate
Winslet y Patrick Wilson),
librando las escenas de sus encuentros de cualquier encuadre,
música o giro que justificaría el lado romántico del engaño.
Lejos de adular o condenar este comportamiento, Field prefiere
plantarlo –al igual que al pederasta y al policía frustrado–
como un poste que anuncia la hipocresía de una sociedad
representada en sus rectilíneas urbanizaciones rurales. Desde
luego su propósito sería demasiado evidente y pretencioso si
no existiese esa atmósfera de desengaño vital y estético que
impide al director, voluntariamente, convertir a los
personajes en antihéroes literales y literarios.
Sin embargo, si posee alguna flojera,
ésta procede de esa megalomanía presente en muchos realizadores
que ven su retablo de pocas familias en ejemplo extrapolable a
toda la nación. Para que esas intenciones pasen la aduana del
escéptico, los pecados deben ser más universales que
estadounidenses, y en ese ardid de venta se esconde la dura
revelación para el no-americano de que cada vez comprendemos
mejor sus psicosis porque se han convertido en las nuestras. No
por casualidad el filme arranca con uno de esos alarmistas
telediarios que llaman al pánico del vecindario porque un
‘desviado sexual’ acaba de finalizar su condena penitenciaria.
Como detonante de una pauta de comportamiento socialmente
intuitiva, las apariencias intentarán ganar la batalla a lo
anormal, ejemplificada en esa magnífica escena de la piscina,
puro homenaje al “Tiburón” de Spielberg (1975), con el paria
amenazante –estupendo Jackie Earle
Haley– nadando solo en el agua de la que todos huyen.
En una línea similar, aunque menos paródica, a la de “Mujeres
desesperadas”, los prejuicios de lo correcto resucitan en
estereotipadas amas de casa que observan cualquier desviación
con sus cómodos prismáticos de esposas y madres castas. Pero en
lugar de propiciar el esquemático enfrentamiento entre los
moradores del bien público y las bestias de la insatisfacción
reconocida, Field prefiere romper las expectativas con un
nihilismo bello y desolador, dejando claro que si no existe
lucha abierta es porque el lado de los prejuicios y las fórmulas
coloquiales posee la fuerza suficiente como para ganar sin
esfuerzo.
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Se ha dicho
que la narración en off de “Juegos secretos (Little
children)”, exigua y distanciada, corresponde a la omnisciencia
de un Flaubert que da voz consciente a una realidad adormilada
en sus vapores de falsa idealización. Pero, mucho menos
hábilmente que el maestro francés, en la mayor parte de sus
intervenciones las palabras descriptivas no imprimen más
desencanto que los propios diálogos de los personajes ni más
información que la insinuada por el simple movimiento de las
imágenes –como sucede en la cena entre las dos parejas–. Su
redundancia es bastante molesta, pero el recurso narrativo no va
mal desencaminado, muy útil para confirmar el relato individual
como una película aislada de cualquier interpretación global,
aunque ésta sea tan posible como la universalización de las
tragedias de Emma Bovary. Trenzadas con singular fluidez, que
hace pasar desapercibido el excesivo metraje, las vidas de estos
habitantes de existencia plana y miras encasilladas, se van y
regresan en el momento justo, con afortunadas elipsis –la
escapada de los amantes secretos– y revelaciones directas e
intrusivas –el pederasta que destruye estanterías de figuritas
de porcelana kitsch, los ‘little children’ del título
original y de los planos de inicio–.
Precisamente
en ese momento, cuando el aburrimiento del espectador empieza a
hincharse en la boca y el argumento y la cámara de Field
demuestran que no pueden estirarse más –la ridícula más que
ridiculizante ralentización del partido de rugby–, las
represiones estallan por senderos equivocados. Por suerte, las
previsiones de cualquier persona ahíta de apogeos de sobremesa
melodramática con armas de por medio se demuestran también como
una sana y agradecida equivocación. Salvar los dictámenes de la
novela realista supone aplicar el menos cinematográfico,
satisfactorio y contundente final de nuestros días –al menos en
dos de los tres personajes–: la dictadura de la sujeción a una
inmovilidad moral que no ha cambiado dentro de nuestra propagada
modernidad y en la que, lo admitamos o no, nos sentimos a gusto.
Las nuevas Bovary se prostituyen a cambio de estabilidad
mientras –en el más efectista cierre del personaje de Haley– la
perversión del mal procede de un fracasado intento por
asemejarse a los cánones del bien. Con sus prometedoras
reivindicaciones, su estático y silencioso estilo, Todd Field
deja el cuchillo de punta debajo del lienzo contemporáneo: la
idolatría a una inocencia que cultivamos en niños que acaban
destruidos, sin pudor, por los padres y madres que los
convertirán en rastros de sí mismos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Juegos secretos (Little children)" - Copyright © 2006 New
Line Cinema, Bona Fide Productions y Standard Film Company. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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