CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Todos conocemos a alguien que
parece vivir de acuerdo a una aventura novelesca. Todos tenemos
nuestras batallitas y nos gusta contarlas como si fueran el
clímax de un best-seller. La verdad es que, aunque nos
refugiemos en las artes y, en concreto, en el cine, nuestra vida
es un argumento más caótico y extraño que cualquier ficción.
Sólo hay que saber reordenarla o, más acertadamente, aceptar su
imprecisión, una tarea que el joven
Zach Helm,
heredero light de Charlie Kaufman, aborda con fresca
sabiduría cinematográfica y narrativa.
Resulta inútil hacer un esbozo sinóptico de esta película de
reconocido carácter paranoide y metadiscursivo. Apócrifa
heredera de “Niebla” de Unamuno, la simple premisa de un
hombre corriente que de repente empieza a oír una voz en
off que narra su vida es atractiva, pero engañosa. La idea
no valdría de mucho sin una plasmación formal que corrobore
esa necesidad de fundir y separar lo real y lo ficticio. Por
eso, la estructura del filme adopta los pasos
de un manual de guión dispuesto a cuestionarse y parodiarse a
sí mismo. Helm consigue ironizar sobre los recursos narrativos
más habituales, aunque al mismo tiempo esté utilizándolos.
¿Sagacidad u oportunismo?
Seguramente lo primero con una consciencia de los beneficios
de lo segundo.
Pero
vayamos por partes menos teóricas. Harold Crick (Will
Ferrell) oye a
una narradora que relata sus pasos cotidianos, pero debe
aprender a escucharla. Con este detalle la historia da un giro
hacia un conflicto de superación bastante trillado –sin ir muy
lejos, el adicto al trabajo con una vida gris, una vis cómica,
una mujer inesperada y hasta una guitarra eléctrica es el perfil
de Hugh Grant en
"Un niño grande"
(2002)–, aunque la propia cinta se perdona a sí misma esa
previsibilidad porque el protagonista sabe lo que va a pasar. La
hipótesis planteada es que las normas de la ficción deben
respetarse para obtener productos perfectos, pero en este caso
esa ficción se está haciendo realidad, lugar donde no encajan
las mismas reglas. Estas ideas tan complicadas flotan sobre el
nuevo trabajo de Marc
Forster con más
admiración que entendimiento, por lo que, lejos de las
excelencias de Kaufman, Jonze y Gondry en
"Adaptation (El ladrón de
orquídeas)"
(2002) y
"¡Olvídate de mí!"
(2004), el resultado final carece de las filosofías vitales y
creativas de esos nuevos genios. Sin embargo, casi como un
manual de instrucciones sobre esta corriente de innovación
cinematográfica, “Más extraño que la ficción” encaja dentro de
este mundo de competiciones por ser el más freak de
todos.
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Marc Forster ya demostró un
hábil manejo de los accesorios visuales como riendas para
conducir una historia en sus cintas anteriores, sobre todo
"Descubriendo
Nunca Jamás"
(2004) y
"Tránsito"
(2005). Esta última es el reverso serio y tenebroso de un mundo
que ahora plantea a partir de espacios personalizados. El
protagonista, un Ferrell tan convenientemente cuadriculado como
su personaje, se mueve en habitaciones blancas, rectilíneas,
espaciosas y vacías, en medio de mobiliarios alfabéticos y con
sobreimpresiones numéricas en pantalla. Con un grado de obsesión
similar al de Jack Nicholson en “Mejor... imposible” (1997),
este aburrido inspector de Hacienda sólo sabe comunicarse con
los demás a través de cifras e iconos informáticos.
Curiosamente, su narradora (Emma
Thompson)
también vive en un piso de parecidas características, y ambos
tendrán que visitar lugares desastrosos e impredecibles –la
pastelería y la casa de Ana Pascal (Maggie
Gyllenhaal) o
el despacho del profesor Jules Hilbert (Dustin
Hoffman)– para
librarse de un estancamiento existencial y literario. No es
casual que el guionista haya trazado este paralelismo. La
trayectoria de la película es la demostración de que la ficción,
a causa de las teorías y el reglamento a los que se somete, es
mil veces menos rara y atractiva que la vida real. Tal vez haya
mucho de idealismo en esa conclusión, pero reconvierte con
ternura y válida confianza las tramas peliculeras en las que ya
hemos dejado de creer.
Lo más nimio, como un reloj
de pulsera, puede adquirir la categoría de elemento
indispensable, mientras que los grandes golpes de efecto
demuestran su impertinencia –una grúa que arremete contra la
pared del salón, después de esa magnífica escena-ironía sobre la
necesidad de que en el cine siempre pasen cosas–. Ni a Helm ni a
Forster les gustan las casualidades. Finalmente cierran un surco
circular donde cada anécdota tenía su razón de ser, con ese
reconocimiento de que las causalidades son producto del autor y
no de la realidad, que se rige por el azar. Todos los tópicos
adquieren una nueva función –la relación retraído-bella
impetuosa, el amigo raro, el mentor sabiondo, la entrega a los
deseos reprimidos–, porque se trata de romper los pilares de la
narración clásica contando los sentimientos de siempre. En la
forma reside la virtud de una odisea en la que el papel del
héroe cuestiona sus rasgos prototípicos para terminar
aceptándolos. Sólo en esa certeza de que el hombre, el autor, el
guionista es dueño de las normas y el destino de sus creaciones,
reside la valentía para hablar de forma distinta con el
beneplácito de los dioses –o productores que esperan algo
comprensible–.
El personaje de Dustin
Hoffman verbaliza estos razonamientos al analizar el desarrollo
de la historia de Harold y plantearle cuestiones aún más
absurdas. Los actos cómicos derivan en dramas y
los gestos patéticos adquieren simpática belleza. En definitiva,
una vuelta de campana a los presupuestos que manejamos con
soltura para ponerlos en entredicho, al igual que la forma
cronológica con que contamos nuestras vidas.
Se llega a un puerto no del todo desconocido y que en otro
contexto sería de sonrojante blandura, pero ahí es donde Zach
Helm reivindica la ficción después de desmontarla. A Harold sólo
le merece la pena vivir una vez que alguien le ha enseñado a
buscar y encontrar un sentido. ¿Y qué hace el cine si no es
mostrarnos un sentido, aunque sólo sea por dos horas?
Calificación:
    
Imágenes de "Más extraño que la ficción" - Copyright © 2006
Columbia Pictures, Mandate Pictures y Three Strange Angels.
Distribuida en España por Sony Pictures Releasing de España. Todos los derechos
reservados.
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