CRÍTICA
por
Leandro Marques
En la relación entre el cine
y el público de hoy existe una comunicación vertiginosa, casi
compulsiva. Cada vez más ofertas, más superproducciones,
parecieran responder a una demanda infinita y hambrienta,
imperante de nuevas propuestas para devorarse. Intentar explicar
las leyes de la oferta y demanda, y el arte de la construcción
de “la necesidad” de consumo, implicaría un análisis de la
evolución del Capitalismo que por supuesto no se justificaría en
el marco de lo que estas líneas se proponen narrar. Pero sí es
importante señalar una cosa, que tiene que ver con ese diálogo
compulsivo al que se hizo referencia en un principio:
probablemente, bajo estas condiciones de juego, el hambre de
querer siempre más, restrinja significativamente la capacidad de
ver y de sentir. En otras palabras, es casi imposible que la
pretensión de cantidad no afecte a la de calidad.
La
prolija, edulcorada y políticamente correcta “Noche en el
museo” fue disparadora de un diagnóstico como el del primer
párrafo. Cómo puede ser posible, cabría preguntarse, que un
simple entretenimiento, una hasta ingenua comedia de
aventuras, preferentemente para niños, sea capaz de devenir en
tal apocalíptico pensamiento. La respuesta es simple, una
película como la dirigida por
Shawn Levy
es un ejemplo más, una de las tantas muestras de que en ese
diálogo entre cine y público existe un pacto implícito que
permite observar una progresiva tendencia a cierta chatura y
mediocridad por ambas partes.
Unas
décadas atrás, probablemente menos todavía, la idea de un film
que contara la historia de un museo cuyos todos sus integrantes
cobran vida por la noche, hubiera fascinado y encandilado a
cualquiera. Hoy, en la era de la superabundancia de producciones
–aunque no siempre se tenga la fortuna de chocarse con ideas
interesantes–, se la reduce hasta convertirla prácticamente en
una buena idea más, un intento marketinero más por
diferenciarse del resto de las ideas del mercado. Esta
reducción, cabe aclarar, no es solamente implementada por los
productores de la película sino también por quienes la miran.
Específicamente, la atención debería detenerse en estudiar las
connotaciones de la mirada del espectador de estos tiempos, en
cuáles son sus exigencias, sus pretensiones.
Por otra parte, más
preocupado por saciar la hambruna de su público/cliente que por
otra cosa, el cine de hoy se dedica a pensar en su próximo
proyecto antes que en terminar de la mejor manera el que tiene
frente a sus narices. Así, descuidadas, hasta las grandes ideas
sucumben. De eso pasa bastante en “Noche en el museo”, porque no
pareciera interesarse demasiado en agotar el enorme potencial
que le otorga la idea central de la que surge. El film, del que
a priori podría esperarse una aventura fantástica, se termina
convirtiendo en una película más, económica en el mal sentido,
apurada, impaciente. Pareciera enteramente dedicada a cumplir un
objetivo, que no es un mal objetivo, como es entretener, pero en
su recorrido peca por no detenerse nunca, no explorar sus
posibilidades narrativas. por tratar de ser de la mejor manera
posible. En su apresuramiento deforma su idea,
pierde gracia, se vuelve previsible, desatiende sus fortalezas.
En los cinco primeros minutos, la introducción
a la historia, ya se conocen los miedos y motivaciones del
protagonista. A los diez, ya no hay misterios, se sabe cuál será
el nudo del argumento. Y todo sigue así, como rápido y
artificial, sin
espacios para las emociones y sin la decisión para involucrarse
con los vínculos que se amenazan con construir entre los
protagonistas.
Ben Stiller
es un gran actor cómico, y lo
demuestra. Es el protagonista casi exclusivo del largometraje y
se las arregla para sostenerlo con buenas dosis de humor. La
película tiene varios pasajes realmente entretenidos y unos
cuantos chistes que funcionan. Técnicamente no tiene fallas, los
efectos especiales son correctos y el trabajo de cámara tampoco
ofrece fisuras. El guión se posiciona en un lugar básico: la
trama sólo sirve de excusa para justificar que las cosas
sucedan; a la vez, tiene el mérito de la composición de varios
personajes que resultan simpáticos y aportan color a la
historia, aunque parecieran no aprovechados en su plenitud. El
fllm, en definitiva, es honesto porque es casi literal: no hay
mucho más allá de lo que se ve. Así y todo, por tres semanas
consecutivas lideró las taquillas en Estados Unidos. Sin duda,
es un éxito en lo que a ventas se refiere, y tiene con qué.
De todos modos, el tema no
pasa por estudiar las carencias del film sino por entender
cuáles son las exigencias de su público. ¿El público sólo quiere
entretenerse y ya? El entretenimiento nunca es ingenuo, hasta
puede convertirse en peligroso cuando se lo toma con
indiferencia, cuando da igual. Ser cómplice del entretenimiento
es no cuestionarlo, no exigirle, conformarse. En este sentido,
la actitud con que se mira y se significa lo que se ve, es tan
importante como la actitud con la que se produce. En “Noche en
el museo”, film y público no se rozan, no se interpelan, no
dialogan. La historia no invita al espectador a intervenir sino
que lo sitúa en un lugar secundario, pasivo. El resultado es un
producto cuadrado, que no emociona, no provoca, no se deja
sentir, no lleva a pensar.
Son tiempos de un público que
fue educado para esperar la segunda parte antes de que se
estrene la primera. “Ver” la película puede transformarse en
algo así como un trámite que casi pasa desapercibido, donde nada
más cuenta esperar al final para pasar a lo que sigue. Sin duda,
hay muchos tipos de cine y muchos tipos de espectadores. También
hay incontables matices de estados de ánimo, que pueden llevar a
cada uno, en un determinado momento, a volcarse por un tipo de
cine y enmarcarse dentro de un tipo de público. Este artículo no
se propone realizar condena alguna, juicio alguno. No se
pretende generalizar, solamente contar el asunto desde otro
ángulo posible. No se pretende señalar algo que está mal ni
bien, sino dejar registro de una percepción que tiene como gran
objetivo final explorar por qué, en este
momento, existe este tipo de cine y no otro. Una cosa es segura:
ni la película, ni la industria, ni los negocios, ni el
marketing son los únicos responsables de todo.
Calificación:
    
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