CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
El ámbito de la
controversia está tan minado de sucesos diarios que ahora
resulta extremadamente difícil firmar una película polémica. Más
aún si tenemos en cuenta que los escándalos de un país pueden no
serlo tanto para otro, reduciéndose así el impacto que persiguen
directores y guionistas con sus pretensiones sociales. “Diario
de un escándalo” se lanza a la piscina y se hace eco de un
problema "de sanidad pública", entendida ésta como la perseguida
pureza moral de una ciudadanía cerrada e hipócrita.
Para
los puritanos ingleses –dotados, sin embargo, de toda una
estructura de prensa sensacionalista, detalle que recoge la
película–, los encuentros sexuales entre una profesora y un
alumno de quince años rozan la brujería medieval. Sin ser
tampoco un hecho de perdonable consciencia, cosas mucho más
graves pueblan las noticias cada mañana y, de aquí a unos
años, el incidente será puramente anecdótico. Es por ello que
la cinta debe sobrevivir a su pronta fecha de caducidad
apoyándose en unos valores cinematográficos
escasos: dos de las más sofisticadas damas del cine
contemporáneo para dar una lección interpretativa y una
evidencia de que sin esos talentos el resultado habría pasado
sin pena ni gloria por las carteleras.
Con ellas la historia parece tejer hilos más delicados e
invisibles, tal vez simples quimeras en una trama de ramplón
desarrollo de sobremesa. En sus gestos invisibles –pocas veces
se compenetran tanto una actuación muda con una voz en over,
logro de Judi Dench–
se encierran filosofías que los diálogos apenas atisban, son
ellas las que arrancan la tragedia y la debacle de una
escenificación pobre y unos secundarios planos.
La
bohemia burguesa, tal y como se la denomina en el filme, ha
asumido su papel en la escala social a cambio del derecho a ser
transgresora. Sheba (Cate
Blanchett,
fabulosa interpretando a una mujer que no sabe actuar) pretende
disfrutar de ese supuesto albedrío, sucumbiendo a la seducción
de un jovencito que, a ojos del espectador, sólo busca
satisfacer antes de tiempo sus facultades varoniles. Bajo este
affaire prohibido no hay mucho donde rascar: la ética
profesional, la amenaza de la ley y las culpas maritales
–desapercibido Bill Nighy
en el papel del marido de Sheba, como si sólo vestirse de pulpo
para "Piratas del Caribe: El Cofre del
Hombre Muerto" le
otorgase algo de expresividad–, en definitiva, los tópicos de
una situación de inestabilidad personal carecen de argumentos
sólidos en el desarrollo y terminan diluyéndose frente al
auténtico conflicto: el duelo de dos mujeres que revelan que lo
oculto está más viciado que aquéllo que se condena públicamente.
Sheba
actúa como una adolescente que no sabe lo que quiere, tanto como
su hija –fumadora en el salón de casa, colgada por un tipo mayor
que ella–, e incapaz de sobrellevar dignamente un error
distinguible a la legua. Pero esta aparente ruptura de la
credibilidad en el personaje se convierte en una baza cuando
Barbara (Judi Dench) comienza a maquinar en pro de una explícita
relación lésbica. En una estrategia arriesgada, se nos obliga a
compartir su punto de vista desde el momento en que ella se
encarga de la narración en off –el diario del título– en
un obvio posicionamiento subjetivo, juez parcial e inmoral de
una contingencia de las mismas características. Se acepta este
forzoso, incómodo, obsesivo, a ratos repulsivo, feedback
entre vieja gruñona y espectador a causa del pretexto de la
soledad del personaje, punto fuerte a la hora de declinar a la
platea. No en balde los escenarios presentan un
vacío de tarde lluviosa, escasos viandantes, aulas vacías,
aceras oscuras, cuartos poco iluminados y blanquecinos, una
atmósfera de escasa profundidad de campo que aísla a las
protagonistas de un
entorno hostil al mismo tiempo que obliga al público a
entenderlas. O, al menos, a intentarlo. Este pacto de puesta en
escena teatral –nula originalidad demuestra el momento en que
Barbara descubre por primera vez a Sheba con su alumno– es
favorable al propósito del director, aunque su excesivo
formalismo interrumpe cualquier oportunidad de sorpresa o
pericia fílmica.
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En
la línea de un mal culebrón –o de un buen largometraje
consciente de sus paupérrimos recursos–, “Diario de un
escándalo” consigue enganchar al menos
predispuesto mientras deja de lado los juicios moralistas sobre
el comportamiento de los personajes.
Por supuesto que en ese distanciamiento la película roza la
mirada fría –subrayada por una banda sonora de
Philip Glass
con reminiscencias de "Las horas", otra
cinta de sobriedad expresiva y posicionamiento ambiguo–, pero
compensada por la humanidad que supone no intentar arreglar el
mundo, mucho menos a sus perdidos habitantes, en hora y media de
metraje. El epílogo certifica que puede falsearse la narración
de una historia sin necesidad de revisarla por completo al
terminarla, simplemente como demolición de la mirada inocente
con que el espectador consume el cine, los medios, el mundo,
reduciendo éste a los dos primeros. Somos unos crédulos que
adoptan la perspectiva impuesta y que se pierden cuando no está
claro quién es el culpable y quién el inocente, y en esa
incómoda posición nos sitúa “Diario de un escándalo” al fundirse
al negro de una realidad condenada a repetirse mientras sigamos
calificándola según erróneos criterios, aceptados porque un día
alguien, como un director de cine, nos dijo que eran correctos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Diario de un escándalo" - Copyright © 2006 Fox
Searchlight Pictures, DNA Films, UK Film Council y BBC Films.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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