CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
El “Nuevo
mundo” de Emanuele Crialese
nace de una doble ensoñación: la del propio director y la de sus
personajes, inmigrantes italianos seducidos por las leyendas que
circulan sobre los modernos Estados Unidos. Atrás quedaron las
crónicas familiares, no sin ciertos tintes adornistas, de
realizadores emigrados a América como Elia Kazan. Queda muy poco
de la alabada crudeza visual en aquellas películas despojadas de
espejos cinematográficos, de tal manera que la memoria se solapa
con la imaginación en una fábula más ligera de lo que su tema
pudiera insinuar.
En esta
encrucijada de caminos todavía paralelos, donde lo tradicional
convive con lo postmoderno sin que existan visos de una
evolución uniforme, el film también posee serias dudas para
resolver sus contradicciones. La imposibilidad de conjugar el
añorado realismo de una cinematografía hoy poco influyente en el
ámbito internacional con las maneras de una producción
contemporánea, lo cual se manifiesta en el alegórico comienzo,
una empinada ladera rocosa que escalan Salvatore (Vincenzo
Amato) y su hijo Angelo (Francesco
Casisa) para consultar a Dios la conveniencia de
marchar a la tierra prometida. El acto de trepar simula el viaje
que experimentará la familia Mancuso de Sicilia a América, una
penitencia que sueñan con convertir en la antesala de una vida
mejor, en la que las piedras que transportan con la boca sean el
suficiente precio de la gloria de masticar las nubes, es decir,
pan recién hecho. Si en este primer tercio el carácter de unos
personajes provincianos, la desnudez paisajística y el silencio
reinante predicen un ambiente grave y reflexivo, pronto se
revelan como los primeros instrumentos de una historia de
evolución sonora y musical que marca los tiempos de esa relación
inconexa entre el costumbrismo más explícito y la fantasía
estética.
La travesía
del mundo antiguo al nuevo tiene su materialización más
conseguida en el equilibrado uso de la banda sonora, de los
ruidos naturales del ámbito rural a los ronroneos omnipresentes,
en un intangible fuera de campo, que emite el barco en el que se
apiñan decenas de viajeros de tercera clase, hasta la música
jazz de los Estados Unidos. Esta victoria narrativa, sin
embargo, acaba saldándose con la pérdida de otros elementos no
menos importantes: la historia se ciñe al servicio de la puesta
en escena, una recreación mimosa y detallista de una época y un
cine perdidos en los que las nuevas miradas ya no aportan nada
auténtico, sólo la sonrisa con que acogen los relatos
pintorescos de los abuelos. Aunque es de agradecer que la
película no caiga en las redes de un previsible drama, la mezcla
agridulce que consigue sólo abarca a las atmósferas y los
incidentes fortuitos, mientras la evolución de sentimientos,
sucesos y prejuicios se reduce a la mínima expresión.
Protagonistas estáticos, a veces de falso misterio, como Lucy (Charlotte
Gainsbourg), porque no se asientan correctamente las
bases de su irracionalidad supersticiosa, vista desde una
perspectiva de realismo mágico. Este distanciamiento humorístico
impide que los métodos estadounidenses empleados en la isla de
Ellis se perciban trágicos e ilógicos, y que casi todo el
metraje respire por la curiosidad y la actitud contemplativa, a
veces boquiabierta, de su romántico autor.
Que a
Crialese le interesa más la imagen que los diálogos es una
sospecha que se vuelve certidumbre en escenas climáticas como el
poético cierre ante el jurado o la forma pueril de desarrollar
la relación entre Salvatore y Lucy. Correspondiéndose con su
condición de Historia soñada, “Nuevo mundo” transmite irrealidad
a pesar de su venta como fresco de época, abusa del ralentí, a
veces con necesidad –los paseos por la cubierta de un barco
desde el que nunca se avista tierra–, otras estropeando momentos
clave –las turbulencias durante la noche, que se bastaban con el
caos del ruido y la oscuridad–, y resume sus escasas ideas
argumentales en la agilidad del último tercio de guión y
mediante estampas surrealistas cercanas a Spike Jonze o Michel
Gondry –las verduras gigantes y las lluvias de monedas que
esperan encontrar los ilusos campesinos en la tierra de las
oportunidades–.
Frente al
aislamiento práctico de los italianos, la abstracción
norteamericana. Frente a las costumbres enraizadas, la
resignación al cambio. Crialese intenta demostrar que estas dos
posturas usualmente en contra no son tan distintas, tesis
recogida en la mirada que intercambian Lucy y la madre de
Salvatore mientras todo a su alrededor se detiene, después de un
viaje de reproches mutuos. Sin embargo, el peso de la herencia
estadounidense es grande –las vistas de corredores masificados y
coronados por enormes relojes, a la usanza de “Y el mundo
marcha” (1928) – y las vivencias que propone el film se
acotan en el territorio de lo sensorial y lo decorativo. Un
manierismo elegante, pero a ratos hueco y cada vez más
autocomplaciente, como si el director quisiera introducir planos
deslumbrantes y enigmáticos entre secuencias convencionales.
Por la distancia temporal y la ausencia de recuerdo, “Nuevo
mundo” únicamente puede hablar del abandono y no de la pérdida,
centrarse en una clase social y no enseñar nunca los incipientes
rascacielos –de nuevo la ensoñación: encaramado a unas ventanas
Salvatore describe esa América sólo imaginada–, el sueño de un
perpetuo río de leche en el que tras pesados y difusos braceos
los recién llegados continúan sin distinguir nada, todo tan
parecido a la imprecisión de las brumas que envolvían al buque y
a las infinitas laderas empedradas de Sicilia. La impresión más
actual, y al mismo tiempo intemporal, de este cuento nostálgico,
imposible, ilustrado con amenazas de una belleza momentánea,
rápidamente pasada de moda.
Calificación:
    
Imágenes
de "Nuevo mundo (Golden door)" - Copyright ©
2006 Memento Films, Titti Film, Respiro y Arte France Cinéma.
Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
reservados.
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