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NUEVO MUNDO (GOLDEN DOOR)
(Nuovomondo)


Dirección y guión: Emanuele Crialese.
Países:
Italia y Francia.
Año: 2006.
Duración: 118 min.
Género: Drama.
Interpretación: Charlotte Gainsbourg (Lucy), Vincenzo Amato (Salvatore), Aurora Quattrocchi (Donna Fortunata), Francesco Casisa (Angelo), Filippo Pucillo (Pietro), Federica de Cola (Rita), Vincet Schiavelli (don Luigi), Isabella Ragonese (Rosa), Massimo Laguardia (Mangiapane), Filippo Luna (don Ercole), Andrea Prodan (Del Fiore).
Producción: Alexandre Mallet-Guy, Fabrizio Mosca y Emanuele Crialese.
Música: Antonio Castrignanò.
Fotografía:
Agnès Godard.
Montaje: Maryline Monthieux.
Dirección artística: Carlos Conti.
Vestuario: Mariano Tufano.
Estreno en Italia: 22 Septiembre 2006.
Estreno en España: 15 Junio 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  El “Nuevo mundo” de Emanuele Crialese nace de una doble ensoñación: la del propio director y la de sus personajes, inmigrantes italianos seducidos por las leyendas que circulan sobre los modernos Estados Unidos. Atrás quedaron las crónicas familiares, no sin ciertos tintes adornistas, de realizadores emigrados a América como Elia Kazan. Queda muy poco de la alabada crudeza visual en aquellas películas despojadas de espejos cinematográficos, de tal manera que la memoria se solapa con la imaginación en una fábula más ligera de lo que su tema pudiera insinuar.

 

  En esta encrucijada de caminos todavía paralelos, donde lo tradicional convive con lo postmoderno sin que existan visos de una evolución uniforme, el film también posee serias dudas para resolver sus contradicciones. La imposibilidad de conjugar el añorado realismo de una cinematografía hoy poco influyente en el ámbito internacional con las maneras de una producción contemporánea, lo cual se manifiesta en el alegórico comienzo, una empinada ladera rocosa que escalan Salvatore (Vincenzo Amato) y su hijo Angelo (Francesco Casisa) para consultar a Dios la conveniencia de marchar a la tierra prometida. El acto de trepar simula el viaje que experimentará la familia Mancuso de Sicilia a América, una penitencia que sueñan con convertir en la antesala de una vida mejor, en la que las piedras que transportan con la boca sean el suficiente precio de la gloria de masticar las nubes, es decir, pan recién hecho. Si en este primer tercio el carácter de unos personajes provincianos, la desnudez paisajística y el silencio reinante predicen un ambiente grave y reflexivo, pronto se revelan como los primeros instrumentos de una historia de evolución sonora y musical que marca los tiempos de esa relación inconexa entre el costumbrismo más explícito y la fantasía estética.

  La travesía del mundo antiguo al nuevo tiene su materialización más conseguida en el equilibrado uso de la banda sonora, de los ruidos naturales del ámbito rural a los ronroneos omnipresentes, en un intangible fuera de campo, que emite el barco en el que se apiñan decenas de viajeros de tercera clase, hasta la música jazz de los Estados Unidos. Esta victoria narrativa, sin embargo, acaba saldándose con la pérdida de otros elementos no menos importantes: la historia se ciñe al servicio de la puesta en escena, una recreación mimosa y detallista de una época y un cine perdidos en los que las nuevas miradas ya no aportan nada auténtico, sólo la sonrisa con que acogen los relatos pintorescos de los abuelos. Aunque es de agradecer que la película no caiga en las redes de un previsible drama, la mezcla agridulce que consigue sólo abarca a las atmósferas y los incidentes fortuitos, mientras la evolución de sentimientos, sucesos y prejuicios se reduce a la mínima expresión. Protagonistas estáticos, a veces de falso misterio, como Lucy (Charlotte Gainsbourg), porque no se asientan correctamente las bases de su irracionalidad supersticiosa, vista desde una perspectiva de realismo mágico. Este distanciamiento humorístico impide que los métodos estadounidenses empleados en la isla de Ellis se perciban trágicos e ilógicos, y que casi todo el metraje respire por la curiosidad y la actitud contemplativa, a veces boquiabierta, de su romántico autor.

  Que a Crialese le interesa más la imagen que los diálogos es una sospecha que se vuelve certidumbre en escenas climáticas como el poético cierre ante el jurado o la forma pueril de desarrollar la relación entre Salvatore y Lucy. Correspondiéndose con su condición de Historia soñada, “Nuevo mundo” transmite irrealidad a pesar de su venta como fresco de época, abusa del ralentí, a veces con necesidad –los paseos por la cubierta de un barco desde el que nunca se avista tierra–, otras estropeando momentos clave –las turbulencias durante la noche, que se bastaban con el caos del ruido y la oscuridad–, y resume sus escasas ideas argumentales en la agilidad del último tercio de guión y mediante estampas surrealistas cercanas a Spike Jonze o Michel Gondry –las verduras gigantes y las lluvias de monedas que esperan encontrar los ilusos campesinos en la tierra de las oportunidades–.

  Frente al aislamiento práctico de los italianos, la abstracción norteamericana. Frente a las costumbres enraizadas, la resignación al cambio. Crialese intenta demostrar que estas dos posturas usualmente en contra no son tan distintas, tesis recogida en la mirada que intercambian Lucy y la madre de Salvatore mientras todo a su alrededor se detiene, después de un viaje de reproches mutuos. Sin embargo, el peso de la herencia estadounidense es grande –las vistas de corredores masificados y coronados por enormes relojes, a la usanza de “Y el mundo marcha” (1928) – y las vivencias que propone el film se acotan en el territorio de lo sensorial y lo decorativo. Un manierismo elegante, pero a ratos hueco y cada vez más autocomplaciente, como si el director quisiera introducir planos deslumbrantes y enigmáticos entre secuencias convencionales. Por la distancia temporal y la ausencia de recuerdo, “Nuevo mundo” únicamente puede hablar del abandono y no de la pérdida, centrarse en una clase social y no enseñar nunca los incipientes rascacielos –de nuevo la ensoñación: encaramado a unas ventanas Salvatore describe esa América sólo imaginada–, el sueño de un perpetuo río de leche en el que tras pesados y difusos braceos los recién llegados continúan sin distinguir nada, todo tan parecido a la imprecisión de las brumas que envolvían al buque y a las infinitas laderas empedradas de Sicilia. La impresión más actual, y al mismo tiempo intemporal, de este cuento nostálgico, imposible, ilustrado con amenazas de una belleza momentánea, rápidamente pasada de moda.

Calificación:


Imágenes de "Nuevo mundo (Golden door)" - Copyright © 2006 Memento Films, Titti Film, Respiro y Arte France Cinéma. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos reservados.

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