CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Todos necesitamos
demostrarnos algo a nosotros mismos, pero lo gracioso es que, en
cuanto se consigue, uno necesita repetirlo para asegurarse de
que no fue algo fortuito. Podría pensarse que “Rocky” va sobrado
en ese asunto con cinco películas por detrás, pero
Sylvester Stallone
ha decidido añadir
otra para… ¿cuál es el motivo? ¿Alcanzar la hexalogía? ¿Cerrar
cabos sueltos? ¿Recuperar las glorias perdidas? Sea cual sea el
caso, el viejo 'Semental Italiano' regresa como una suerte de
'Mr. Increíble' adaptado a una vida corriente que, como le
sucede a todo héroe que se precie, debe romper constantemente.
Mientras a lo largo de la segunda y quinta entrega Rocky
amenazaba con retirarse del mundo pugilístico, en esta ocasión
se ha cumplido su propósito y sólo es recordado como una
gloria de vitrina. Muerta Adrian (la insoportable
Talia Shire),
empañada la relación con su hijo (esta vez
Milo Ventimiglia,
visto en teleseries como “Las chicas Gilmore”) y regente de un
humilde restaurante, el ex-campeón se ha convertido en una
versión fofa de sí mismo, y, como el Jake LaMotta de “Toro
salvaje”, se dedica a contar batallitas entre sus clientes.
Pero incluso desde estas primeras escenas en las que la
estrella ya no es lo que era, no se insinúa ni una pizca,
ni una hebra de autocrítica, ironía o
sensación de ridículo. Para reafirmarlo, Stallone sigue
vistiendo a su personaje de la misma manera y dotándole de los
mismos gestos y el mismo comportamiento
–aunque algunos apuntarán que su registro interpretativo no da
para más–. Desde que Rocky se descuelga de unas barras de
metal para ejercitarse, sabemos por qué trillados y
previsibles derroteros se dirige toda la película: la sexta
–ya no me atrevo a decir última– oportunidad para el boxeador
condenado a repetirse una y otra vez que su pasado fue real y
dejó huella.
“Rocky”
sirvió para ver este subgénero cinematográfico desde una
perspectiva fresca, aunque nada revolucionaria en lo narrativo.
Quizá consciente de que esa fórmula ya la ha utilizado –y
explotado– y de que estos son otros tiempos, el actor metido a
guionista y director encauza toda la trama como un
enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo. Otra vez nada original
bajo el sol, pero al menos le sirve para derramar algunas
reflexiones sobre su propio mérito y para aceptar con humor las
décadas que han pasado –como cuando corrige a su oponente que él
no es de los ochenta, sino de los setenta–. En realidad la tan
anunciada pelea final no cobra mucha importancia en el
desarrollo, y Stallone prefiere construir una historia sobre ‘el
último golpe’ o el último sueño que pueda ser entendida por
todos, a la vez que derrama las obligatorias referencias para el
fan –el perro que recoge de la protectora, los almacenes
cárnicos o los esporádicos y breves flashbacks–. Pero no
importa que la película pueda funcionar ante todos: no es una
cinta necesaria ni mucho menos recopilatoria. La nostalgia se
transmuta en ñoñería pura –¡ese Rocky que se desvanece en el
aire!–, los permanentes conflictos internos se
verbalizan en exceso y la acción, para cuando quiere arrancar,
carece de todo atractivo emocional o estético.
Es cierto que tiene la virtud de no recrearse en el
recordatorio, aunque en cada plano se lloren los viejos tiempos
y hacia el último cuarto del filme se incluya la típica
secuencia de montaje con las imágenes y la música que
popularizaron al mito. Puede nevar sobre Rocky en una obvia
metáfora, pero en el fondo siempre será lo mismo.
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Algo así como 'Rocky
está triste, ¿qué tendrá Rocky?' planea sobre un guión que en
nada pretende explotar dicha premisa. En lugar de psicoanalizar
–tal vez habría sido aún más terrible– al personaje, éste incita
a que todos digan o le hagan decir a él la filosofía casera que
siempre ha vendido la franquicia. Un estirado
pretexto para dar el cinturón de despedida al campeón, una
excusa que al menos tendría validez si el enfrentamiento
estuviese a la altura de la expectativa.
Pero incluso la pelea virtual que simulan por la televisión
resulta más emocionante que el desfile videoclipero entre Balboa
y Dixon (Antonio Tarver).
Alternando el color con fogonazos en blanco y negro, a veces
repuntado por el kitsch de toques rojos o amarillos, esta
simbología del pasado contra el futuro sólo cuaja en superficie
porque desde el fondo emerge la moralina de siempre. Tal vez
este regreso al primero de los Rockys obedezca a la madurez de
su director e intérprete, pero, visto el transcurso y el
tratamiento visual de la conclusión, parece que sólo estaba
buscando el último, el más cálido de los aplausos.
Así que, añorantes del
'Semental Italiano', prepárense para despedirse y sacar algún
que otro kleenex, pues Stallone espera que su público,
como él, sepa reconocer sin pudor la sensibilidad que esconde
tanto músculo. O cómo ver una película de tipos duros sin que la
novia refunfuñe en el asiento.
Calificación:
    
Imágenes
de "Rocky Balboa" - Copyright © 2006 Metro
Goldwyn Mayer Pictures, Revolution Pictures y Chartoff/Winkler
Productions. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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