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TERESA: EL CUERPO DE CRISTO


Dirección y guión: Ray Loriga.
Países:
España, Reino Unido y Francia.
Año: 2007.
Duración: 97 min.
Género: Drama.
Interpretación: Paz Vega (Santa Teresa de Jesús), Leonor Watling (doña Guiomar de Ulloa), Geraldine Chaplin (priora del convento), José Luis Gómez (fray Pedro de Alcántara), Eusebio Poncela (Gaspar Daza), Álvaro de Luna (padre de Santa Teresa), Paula Errando (Juana), Ángel de Andrés (obispo de Toledo), Amparo Valle (Mari Briceño), Javier Mejía (Francisco de Borja).
Producción: Andrés Vicente Gómez.
Música: Ángel Illarramendi.
Fotografía:
José Luis Alcaine.
Montaje: Pablo Blanco.
Dirección artística: Rafael Palmero.
Vestuario: Eiko Ishioka.
Estreno en España: 9 Marzo 2007.

CRÍTICA por Julio Rodríguez Chico

Mucho ropaje para poco espíritu

  Desde los títulos de crédito y los primeros planos se aprecia que detrás de esta semblanza de Teresa de Jesús está un escritor y artista de refinado gusto. También salta a la legua que tras sus cuidados diálogos y preciosista puesta en escena hay algo del espíritu de la época y poco de la profunda espiritualidad de la santa. Ahí se encuentran precisamente los logros y también las carencias de esta polémica cinta de Ray Loriga: mucho arte para poca interioridad. Y no decimos esto de manera despectiva, porque la sensibilidad y cuidado con que está rodada, la buena intención que se aprecia en un guión que procura recrear una época difícil y confusa en la Iglesia, y el esfuerzo de los actores por encarnarla quedan fuera de toda duda. Y sin embargo, el resultado es de una belleza exterior que no penetra en el espectador porque previamente no ha calado en el alma de los personajes ni en la época que pretende recoger.

 

  Aunque el personaje de Teresa ocupa prácticamente todos los planos de la película y la historia se centra en su vocación como novicia y más tarde como fundadora, la impresión que queda desde el mismo prólogo es que interesa más reflejar el clima de desorientación y miedo que atraviesa la Iglesia, incluido un nuevo varapalo –ya habitual y tópico– a la Inquisición. El director carga las tintas en los aspectos más sórdidos de unos iluminados entregados a la orgía sexual o ajusticiados de manera inhumana, para después aplicar la ley del contraste y recalcar la necesidad de una reforma, traída con la suavidad de Doña Teresa de Ahumada que se convertirá en Fundadora. Todo sería correcto si el personaje en cuestión tuviera la fuerza y el carácter que se presumen en quien había de poner patas arriba costumbres de los conventos un tanto mundanizadas, y enfrentarse a prácticas e influencias de poderes laicos y eclesiásticos. El problema es que la opción por una actriz como Paz Vega se antoja como un error de casting y que carece del suficiente vigor para tal empresa: su notable esfuerzo por dar dulzura al personaje no va acompañado por el temperamento exigible ni por la interioridad de un personaje como la santa; su seseo en la dicción, sus parlamentos convertidos en refinada poética y una actuación que queda lejos de la famosa "determinada determinación" de la mística de Ávila convierten su papel en una bella estampa sin vida ni verosimilitud. No convence su transformación y progresión interior, y su penitencia y mortificación corporal no pasan de escenas de artificio del guión no incorporadas por el personaje a la dramaturgia de los hechos. Entre los secundarios, Leonor Watling encarna con naturalidad a una doña Guiomar de Ulloa siempre solícita y leal, mientras que Eusebio Poncela aporta la gravedad y ambigüedad de un Gaspar Daza colocado entre dos frentes; más dudosa es la interpretación de Geraldine Chaplin y Manuel Morón como priora de La Encarnación y Provincial respectivamente, con escasa sutileza y excesiva rotundidad en sus actitudes.

  Pero volviendo a la protagonista y al núcleo de la película, llama la atención el modo en que resuelve Loriga dos de los momentos claves, aquellos que exigían del director un mayor talento y sensibilidad para adentrarse en las cuestiones del alma y su intimidad con Dios. Su intento de recoger el espíritu del “Cantar de los Cantares” le lleva a dar un tratamiento erótico-esponsal en las relaciones de la amada y el Amado, incapaz de sublimar y elevar el enamoramiento a categorías espirituales creíbles, tarea nada fácil y a la que parece renunciar para quedarse en caricias sensuales y superficiales. Por otra parte, el instante del arrobamiento se asemeja más a una crisis epiléptica, con sus convulsiones y espasmos de angustia, que a la paz y serenidad que a tal "transporte" o éxtasis se le supone. En definitiva, dos momentos fallidos en que su propuesta humano-mística chirría y repele, tanto a la razón y a la fe, como a la sensibilidad cinematográfica.

  Pero si la caracterización y resolución del estado interior de la protagonista resultan defectuosos, en cambio toda la labor artística de Rafael Palmero es digna de elogio y aplauso. Un vestuario barroco y preciosista para una puesta en escena estilizada dan idea del bello esteticismo por el que se decide Loriga. Una planificación cuidada y una colocación de la cámara en lugares muy estudiados desde donde resaltar la belleza de la actriz o los ambientes frecuentados por doñas y criadas, y que se permite tomas cenitales buscando cierta poesía y trascendencia. Pero lirismo y elegancia es lo que abunda en un guión muy literario y refinado, escrito por el propio Loriga, bien construido en sus diálogos, tan respetuoso con la espiritualidad de la Doctora de la Iglesia como carente de su fuerza y autenticidad sobre la escena, a la vez que se permite ciertos anacronismos feministas tan al uso. Una música que parece envolver y llenar la sala en busca de un dulce arrebato es el acompañante ideal de un extraordinario trabajo fotográfico, seguramente lo más conseguido de la cinta. Una vez más, José Luis Alcaine sabe recoger la luz cálida que penetra por la celosía al estilo de Johannes Vermeer (tan lograda iluminación como la conseguida por Eduardo Serra en "La joven de la perla"), dar a los paños la textura y calidad de época que ya recogieran pintores como Andrea del Sarto, capturar un claroscuro en las estancias cargado de fuerte simbología, emular a Andrea Mantegna con un Cristo yacente de matizadas sombras que aportan el consabido carácter escultórico, o pintar cielos tormentosos como si se tratara de una acuarela cargada de humedad. Espléndida tarea esteticista que, sin embargo, quizá haya ahogado el alma de una Teresa que parece pintada y maquillada, vestida y versada en letras, como si se tratara de una muñeca posmoderna transformada por un Pigmalión llamado Loriga.

  Si el espectador va buscando la religiosidad profunda o el garbo exigible a una fundadora que tuvo que enfrentarse a propios y extraños, esta película le defraudará porque no le encontrará el alma –más aún si uno es creyente–. Si, en cambio, se conforma con un bello retrato formalista y un esquema histórico poco matizado, entonces sí se sentirá satisfecho porque los sentidos quedarán confortados. En cualquier caso, parece que a una película religiosa habría que pedirle ambas cosas, ya que el objeto central al que mira –la fe y la Gracia de Dios, Jesucristo y el alma– así lo exige. Por todo, sabe a poco esta esmerada obra artística pero raquítica aproximación a la espiritualidad de la Santa de Ávila.

Calificación:


Imágenes de "Teresa: El cuerpo de Cristo" - Copyright © 2007 Iberoamericana Films Producciones, Future Films Limited y Artedis. Distribuida en España por Azeta Cinema. Todos los derechos reservados.

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