CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Mucho ropaje
para poco espíritu
Desde los títulos de crédito
y los primeros planos se aprecia que detrás de esta semblanza de
Teresa de Jesús está un escritor y artista de refinado gusto.
También salta a la legua que tras sus cuidados diálogos y
preciosista puesta en escena hay algo del espíritu de la época y
poco de la profunda espiritualidad de la santa. Ahí se
encuentran precisamente los logros y también las carencias de
esta polémica cinta de Ray Loriga:
mucho arte para poca interioridad. Y no decimos esto de manera
despectiva, porque la sensibilidad y cuidado con que está
rodada, la buena intención que se aprecia en un guión que
procura recrear una época difícil y confusa en la Iglesia, y el
esfuerzo de los actores por encarnarla quedan fuera de toda
duda. Y sin embargo, el resultado es de una belleza exterior que
no penetra en el espectador porque previamente no ha calado en
el alma de los personajes ni en la época que pretende recoger.
Aunque el personaje de Teresa
ocupa prácticamente todos los planos de la película y la
historia se centra en su vocación como novicia y más tarde como
fundadora, la impresión que queda desde el mismo prólogo es que
interesa más reflejar el clima de desorientación y miedo que
atraviesa la Iglesia, incluido un nuevo varapalo –ya habitual y
tópico– a la Inquisición. El director carga las tintas en los
aspectos más sórdidos de unos iluminados entregados a la orgía
sexual o ajusticiados de manera inhumana, para después aplicar
la ley del contraste y recalcar la necesidad de una reforma,
traída con la suavidad de Doña Teresa de Ahumada que se
convertirá en Fundadora. Todo sería correcto si el personaje en
cuestión tuviera la fuerza y el carácter que se presumen en
quien había de poner patas arriba costumbres de los conventos un
tanto mundanizadas, y enfrentarse a prácticas e influencias de
poderes laicos y eclesiásticos. El problema es que la opción por
una actriz como Paz Vega
se antoja como un error de casting y que carece del
suficiente vigor para tal empresa: su notable esfuerzo por dar
dulzura al personaje no va acompañado por el temperamento
exigible ni por la interioridad de un personaje como la
santa; su seseo en la dicción, sus parlamentos convertidos
en refinada poética y una actuación que queda lejos de la famosa
"determinada determinación" de la mística de Ávila convierten su
papel en una bella estampa sin vida ni verosimilitud. No
convence su transformación y progresión interior, y su
penitencia y mortificación corporal no pasan de escenas de
artificio del guión no incorporadas por el personaje a la
dramaturgia de los hechos. Entre los secundarios,
Leonor Watling encarna con
naturalidad a una doña Guiomar de Ulloa siempre solícita y leal,
mientras que Eusebio Poncela
aporta la gravedad y ambigüedad de un Gaspar Daza colocado entre
dos frentes; más dudosa es la interpretación de
Geraldine Chaplin y
Manuel Morón como priora de La
Encarnación y Provincial respectivamente, con escasa sutileza y
excesiva rotundidad en sus actitudes.
Pero volviendo a la
protagonista y al núcleo de la película, llama la atención el
modo en que resuelve Loriga dos de los momentos claves, aquellos
que exigían del director un mayor talento y sensibilidad para
adentrarse en las cuestiones del alma y su intimidad con Dios.
Su intento de recoger el espíritu del “Cantar de los Cantares”
le lleva a dar un tratamiento erótico-esponsal en las relaciones
de la amada y el Amado, incapaz de sublimar y elevar el
enamoramiento a categorías espirituales creíbles, tarea nada
fácil y a la que parece renunciar para quedarse en caricias
sensuales y superficiales. Por otra parte, el instante del
arrobamiento se asemeja más a una crisis epiléptica, con sus
convulsiones y espasmos de angustia, que a la paz y serenidad
que a tal "transporte" o éxtasis se le supone. En definitiva,
dos momentos fallidos en que su propuesta humano-mística chirría
y repele, tanto a la razón y a la fe, como a la sensibilidad
cinematográfica.
Pero si la caracterización y
resolución del estado interior de la protagonista resultan
defectuosos, en cambio toda la labor artística de
Rafael Palmero es digna de elogio y
aplauso. Un vestuario barroco y preciosista para una puesta en
escena estilizada dan idea del bello esteticismo por el que se
decide Loriga. Una planificación cuidada y una colocación de
la cámara en lugares muy estudiados desde donde resaltar la
belleza de la actriz o los ambientes frecuentados por doñas y
criadas, y que se permite tomas cenitales buscando cierta poesía
y trascendencia. Pero lirismo y elegancia es lo que abunda en un
guión muy literario y refinado, escrito por el propio Loriga,
bien construido en sus diálogos, tan respetuoso con la
espiritualidad de la Doctora de la Iglesia como carente de su
fuerza y autenticidad sobre la escena, a la vez que se permite
ciertos anacronismos feministas tan al uso. Una música que
parece envolver y llenar la sala en busca de un dulce arrebato
es el acompañante ideal de un extraordinario trabajo
fotográfico, seguramente lo más conseguido de la cinta. Una vez
más, José Luis Alcaine sabe
recoger la luz cálida que penetra por la celosía al estilo de
Johannes Vermeer (tan lograda iluminación como la conseguida por
Eduardo Serra en "La
joven de la perla"), dar a los paños la textura y calidad
de época que ya recogieran pintores como Andrea del Sarto,
capturar un claroscuro en las estancias cargado de fuerte
simbología, emular a Andrea Mantegna con un Cristo yacente de
matizadas sombras que aportan el consabido carácter escultórico,
o pintar cielos tormentosos como si se tratara de una acuarela
cargada de humedad. Espléndida tarea esteticista que, sin
embargo, quizá haya ahogado el alma de una Teresa que parece
pintada y maquillada, vestida y versada en letras, como si se
tratara de una muñeca posmoderna transformada por un Pigmalión
llamado Loriga.
Si el espectador va buscando
la religiosidad profunda o el garbo exigible a una fundadora que
tuvo que enfrentarse a propios y extraños, esta película le
defraudará porque no le encontrará el alma –más aún si uno es
creyente–. Si, en cambio, se conforma con un bello retrato
formalista y un esquema histórico poco matizado, entonces sí se
sentirá satisfecho porque los sentidos quedarán confortados. En
cualquier caso, parece que a una película religiosa habría que
pedirle ambas cosas, ya que el objeto central al que mira –la fe
y la Gracia de Dios, Jesucristo y el alma– así lo exige. Por
todo, sabe a poco esta esmerada obra artística pero raquítica
aproximación a la espiritualidad de la Santa de Ávila.
Calificación:
    
Imágenes de "Teresa: El cuerpo de Cristo" - Copyright © 2007
Iberoamericana Films Producciones, Future Films Limited y Artedis.
Distribuida en España por Azeta Cinema. Todos los derechos
reservados.
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