CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Las intrigas
palaciegas se envuelven en una confusión constante que no ata
cabos ni expone claramente sus urdimbres hasta el final. En boca
de uno de los personajes de “Elizabeth: La Edad de Oro”, se nos
presenta la clave de estas películas ya casi pasadas de moda y
decadentes, culebrones de corta duración que condensan en sus
múltiples subtramas relaciones, sucesos y traiciones en gran
parte ininteligibles. La segunda incursión de Shekhar Kapur
en la vida de la reina inglesa no supone tanto caos argumental
como es frecuente en cualquier drama encerrado en palacio, pero
a costa de una estrategia más grave: su excesiva dependencia de
la Historia la convierte en un mecanismo rígido y predecible en
todos sus apartados, aunque con arte de torero se salte y
transforme algunos capítulos reales a favor de la emoción
ficcional. Sin embargo, si su rigor histórico es un
despropósito, como narración no añade filtros novedosos al seco
panorama del cine de época, y así, ni enciclopedia ni película,
resulta una mamarrachada muy bien ceñida por el corsé de la
tradición escénica.
La primera “Elizabeth” (1998), sin ser
una obra maestra, se acercaba de forma honesta a una figura
masacrada por los odios y la divinización. Con un toque
infinitamente más europeo que su secuela, la rotación en torno
a esa reina espontánea seguía el mismo ritmo no centralista
que los acontecimientos que la rodeaban, pero ahora, en su
reinado de gloria, la autocompasión y la simbología
encomiástica convierten a Isabel I en la protagonista de una
hagiografía pesada y sobrada de sí misma. Su transformación en
un producto hollywoodiense se hace notar en la propia línea
del argumento: una reina que ya no ha de luchar por su
acomodación a un mundo hostil, sino por el exterminio de
aquellos fanáticos que vienen a trastocar sus conquistas.
Villanos que son integristas religiosos procedentes del
interior –María Estuardo (Samantha Morton)– y del
exterior –Felipe II, un Jordi Mollà estereotipado, y
muy a pesar de que el rey español no merecería compasión
alguna–, sin olvidar la combinación de ambos: el pirata inglés
Walter Raleigh (Clive Owen), recién llegado del Nuevo
Mundo y que conquista a la soberana con sus patatas y su
sinceridad sin dueño.
Entre conatos de crímenes y planes
militares, su Majestad tiene tiempo para caer rendidamente
enamorada del pirata venido a sir, aunque éste deposite
sus intereses en una dama de compañía (Abbie Cornish).
Este romance se muestra con un recato y unos paralelismos
espaciales timoratos y dulzones, del mismo modo que se suavizan
con coreografía de ralentí los momentos más descarnados, como la
ejecución de María Estuardo. Las vías sentimentales ya no tienen
ninguna correspondencia con los acontecimientos políticos, y uno
se pregunta de dónde nace esa Edad de Oro que en el metraje no
aborda ni prosperidad económica, ni fuerza militar, ni esplendor
artístico y social. Encajada desde las primeras escenas en el
dramón solemne, la película sería más bien la preparación de esa
época dorada, por tranquilidad del país y de su reina, que
esperemos no se nos obsequie con un cierre de trilogía. Ni que
esto fuera "Piratas del Caribe",
aunque poco le falta cuando Raleigh encabeza su barco colgado de
la vela con el brazo elegantemente puesto en la cintura. Por
suerte, esa incursión masculina corresponde a alguien de mucho
más talento y apostura que el Joseph Fiennes que torturó al
personal en “Elizabeth”, e incluso se lleva a cabo su asesinato
cinematográfico cuando en la memoria de la reina se encadenan
los planos de ella en aquel baile que tuviese con Fiennes con
nuevas tomas del apuesto Clive Owen.
Por lo demás, todo lo ocupa una reina
caprichosa y cruel, que se hace mujer antes que emperatriz,
soportable gracias a la capacidad de la gran actriz que es
Cate Blanchett. Su famoso humor cortante, representado en un
semblante apenas expresivo para evitar que los polvos de talco
se cuarteen, se opone a los estallidos de cólera o preocupación
de una mujer que descubre los efectos del tiempo en su persona,
los sentimientos y las arrugas. La soledad que debía sufrir
resulta palpable por este esfuerzo interpretativo y menos por
una escenografía ampulosa que persigue la grandiosidad formal
antes que contraponerla a la pequeñez de la soberana –y ella
misma comenta esta metáfora a colación del Nuevo Mundo con
Raleigh–. La rotación de cámara, por mucha columna que
interponga en el objetivo, no transmite este aislamiento de
poder y parece una simple danza en un decorado triste y vacío.
La eficacia de la puesta en escena es la propia de alguien
curtido en el precedente y de un director hindú con obvias
reminiscencias de su propia industria –la misma sobrecarga que
impuso Mira Nair en su adaptación de "La feria de las vanidades"
(2004)–, capaz de mostrar un gusto por el detalle que abarca
desde los platos de un banquete hasta el equilibrio cromático de
la cohorte de la reina.
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Quizá por no
estancarse en lo fidedigno y dárselas de alegórico, Kapur
completa ese trazado estético con una iconografía artúrica, por
la cual Elizabeth se yergue a un mismo tiempo en Arturo –su
coraza de guerra y un risible discurso populesco– y Ginebra –la
contemplación de la victoria, descalza y en camisón–, regente de
una Camelot tan fantástica e irreal como la Inglaterra estratega
y demoledora que muestra el film. Esas estampas influenciadas
por el romanticismo pictórico casan, según la heterodoxia visual
del conjunto, con otras referencias cristianas que totalizan a
la reina en Virgen, madre del pueblo, salvaguarda de la religión
medida y fuente de una luz que baña la pureza de un país fiel y
atacado. Por estas idealizaciones formales no merece la pena
adentrarse en el discurso histórico, convenientemente manipulado
a favor de Inglaterra y en contra de una España caricaturesca y
oscura –también en su iluminación y en el predominio del negro
en el vestuario frente a la amable calidez de la corte
isabelina–, que conduce a despistes tales como considerar que la
Armada Invencible fue derrotada por unos pocos barcos
británicos, amén del bueno de Raleigh, y no por el mal tiempo y
administración naviera que trastocaron el destino. Los truenos
se oyen tarde, cuando este pasatiempo de época ya ha pasado como
un relámpago temprano, un fogonazo de luz que cuesta millones y
sabe a poco, tan bonita y tan olvidable.
Calificación:
    
Imágenes
de "Elizabeth: La Edad de Oro" - Copyright © 2007
Universal Pictures, Working Title Films y StudioCanal. Fotos
por Laurie Sparham. Distribuida en España por Universal
Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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