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ELIZABETH: LA EDAD DE ORO
(Elizabeth: The Golden Age)


Dirección: Shekhar Kapur.
Países:
Reino Unido y Francia.
Año: 2007.
Duración: 114 min.
Género: Drama.
Interpretación: Cate Blanchett (Elizabeth I de Inglaterra), Geoffrey Rush (sir Francis Walsingham), Clive Owen (sir Walter Raleigh), Abbie Cornish (Bess Throckmorton), Samantha Morton (María Estuardo), Jordi Mollà (Felipe II), Rhys Ifans (Robert Reston).
Guión: William Nicholson y Michael Hirst.
Producción: Tim Bevan, Eric Fellner y Jonathan Cavendish.
Música: Craig Armstrong y A.R. Rahman.
Fotografía:
Remi Adefarasin.
Montaje: Jill Bilcock.
Diseño de producción: Guy Hendrix Dyas.
Vestuario: Alexandra Byrne.
Estreno en Reino Unido: 2 Nov. 2007.
Estreno en España: 9 Noviembre 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Las intrigas palaciegas se envuelven en una confusión constante que no ata cabos ni expone claramente sus urdimbres hasta el final. En boca de uno de los personajes de “Elizabeth: La Edad de Oro”, se nos presenta la clave de estas películas ya casi pasadas de moda y decadentes, culebrones de corta duración que condensan en sus múltiples subtramas relaciones, sucesos y traiciones en gran parte ininteligibles. La segunda incursión de Shekhar Kapur en la vida de la reina inglesa no supone tanto caos argumental como es frecuente en cualquier drama encerrado en palacio, pero a costa de una estrategia más grave: su excesiva dependencia de la Historia la convierte en un mecanismo rígido y predecible en todos sus apartados, aunque con arte de torero se salte y transforme algunos capítulos reales a favor de la emoción ficcional. Sin embargo, si su rigor histórico es un despropósito, como narración no añade filtros novedosos al seco panorama del cine de época, y así, ni enciclopedia ni película, resulta una mamarrachada muy bien ceñida por el corsé de la tradición escénica.

 

  La primera “Elizabeth” (1998), sin ser una obra maestra, se acercaba de forma honesta a una figura masacrada por los odios y la divinización. Con un toque infinitamente más europeo que su secuela, la rotación en torno a esa reina espontánea seguía el mismo ritmo no centralista que los acontecimientos que la rodeaban, pero ahora, en su reinado de gloria, la autocompasión y la simbología encomiástica convierten a Isabel I en la protagonista de una hagiografía pesada y sobrada de sí misma. Su transformación en un producto hollywoodiense se hace notar en la propia línea del argumento: una reina que ya no ha de luchar por su acomodación a un mundo hostil, sino por el exterminio de aquellos fanáticos que vienen a trastocar sus conquistas. Villanos que son integristas religiosos procedentes del interior –María Estuardo (Samantha Morton)– y del exterior –Felipe II, un Jordi Mollà estereotipado, y muy a pesar de que el rey español no merecería compasión alguna–, sin olvidar la combinación de ambos: el pirata inglés Walter Raleigh (Clive Owen), recién llegado del Nuevo Mundo y que conquista a la soberana con sus patatas y su sinceridad sin dueño.

  Entre conatos de crímenes y planes militares, su Majestad tiene tiempo para caer rendidamente enamorada del pirata venido a sir, aunque éste deposite sus intereses en una dama de compañía (Abbie Cornish). Este romance se muestra con un recato y unos paralelismos espaciales timoratos y dulzones, del mismo modo que se suavizan con coreografía de ralentí los momentos más descarnados, como la ejecución de María Estuardo. Las vías sentimentales ya no tienen ninguna correspondencia con los acontecimientos políticos, y uno se pregunta de dónde nace esa Edad de Oro que en el metraje no aborda ni prosperidad económica, ni fuerza militar, ni esplendor artístico y social. Encajada desde las primeras escenas en el dramón solemne, la película sería más bien la preparación de esa época dorada, por tranquilidad del país y de su reina, que esperemos no se nos obsequie con un cierre de trilogía. Ni que esto fuera "Piratas del Caribe", aunque poco le falta cuando Raleigh encabeza su barco colgado de la vela con el brazo elegantemente puesto en la cintura. Por suerte, esa incursión masculina corresponde a alguien de mucho más talento y apostura que el Joseph Fiennes que torturó al personal en “Elizabeth”, e incluso se lleva a cabo su asesinato cinematográfico cuando en la memoria de la reina se encadenan los planos de ella en aquel baile que tuviese con Fiennes con nuevas tomas del apuesto Clive Owen.

  Por lo demás, todo lo ocupa una reina caprichosa y cruel, que se hace mujer antes que emperatriz, soportable gracias a la capacidad de la gran actriz que es Cate Blanchett. Su famoso humor cortante, representado en un semblante apenas expresivo para evitar que los polvos de talco se cuarteen, se opone a los estallidos de cólera o preocupación de una mujer que descubre los efectos del tiempo en su persona, los sentimientos y las arrugas. La soledad que debía sufrir resulta palpable por este esfuerzo interpretativo y menos por una escenografía ampulosa que persigue la grandiosidad formal antes que contraponerla a la pequeñez de la soberana –y ella misma comenta esta metáfora a colación del Nuevo Mundo con Raleigh–. La rotación de cámara, por mucha columna que interponga en el objetivo, no transmite este aislamiento de poder y parece una simple danza en un decorado triste y vacío. La eficacia de la puesta en escena es la propia de alguien curtido en el precedente y de un director hindú con obvias reminiscencias de su propia industria –la misma sobrecarga que impuso Mira Nair en su adaptación de "La feria de las vanidades" (2004)–, capaz de mostrar un gusto por el detalle que abarca desde los platos de un banquete hasta el equilibrio cromático de la cohorte de la reina.

  Quizá por no estancarse en lo fidedigno y dárselas de alegórico, Kapur completa ese trazado estético con una iconografía artúrica, por la cual Elizabeth se yergue a un mismo tiempo en Arturo –su coraza de guerra y un risible discurso populesco– y Ginebra –la contemplación de la victoria, descalza y en camisón–, regente de una Camelot tan fantástica e irreal como la Inglaterra estratega y demoledora que muestra el film. Esas estampas influenciadas por el romanticismo pictórico casan, según la heterodoxia visual del conjunto, con otras referencias cristianas que totalizan a la reina en Virgen, madre del pueblo, salvaguarda de la religión medida y fuente de una luz que baña la pureza de un país fiel y atacado. Por estas idealizaciones formales no merece la pena adentrarse en el discurso histórico, convenientemente manipulado a favor de Inglaterra y en contra de una España caricaturesca y oscura –también en su iluminación y en el predominio del negro en el vestuario frente a la amable calidez de la corte isabelina–, que conduce a despistes tales como considerar que la Armada Invencible fue derrotada por unos pocos barcos británicos, amén del bueno de Raleigh, y no por el mal tiempo y administración naviera que trastocaron el destino. Los truenos se oyen tarde, cuando este pasatiempo de época ya ha pasado como un relámpago temprano, un fogonazo de luz que cuesta millones y sabe a poco, tan bonita y tan olvidable.

Calificación:


Imágenes de "Elizabeth: La Edad de Oro" - Copyright © 2007 Universal Pictures, Working Title Films y StudioCanal. Fotos por Laurie Sparham. Distribuida en España por Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados.

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