CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Luces para ensalzar a una
reina
Los ingleses
parecen decididos a exaltar su monarquía y a oscurecer la
Historia con fogonazos de luz que cieguen y hagan una relectura
de la realidad. Quizá por eso recientemente hemos visto el lado
más humano de una “queen” contemporánea, y ahora se nos presente
esta hagiografía de otra que también respondía al nombre de
Elizabeth pero que vivía en tiempos de Felipe II y la Armada
Invencible. Son momentos de lucha por la hegemonía política, con
una corte británica envuelta en intrigas y traiciones por una
reina Virgen sin sucesión y una María Estuardo con derechos pero
encarcelada, con piratas y galanes que miran al Nuevo Mundo y el
miedo al Imperio Español, con aristócratas que se mueven entre
la rigidez y soledad de palacio y la necesidad de afecto.
El indio Shekhar Kapur pretende
hacer un cine histórico, y ahí se evidencian sus carencias
documentales o quizá su amor y pleitesía a la Corona
Británica. Salta a la vista el poco rigor de su “historieta”
de buenos y malos, y aunque al cine no hay que exigirle lo
mismo que a un libro de Historia, tampoco se le puede permitir
falsear lo contado hasta hacerlo irreconocible. El director
adopta el punto de vista de Elizabeth sobre el periodo para
presentarla como paradigma de mujer moderna e inteligente,
para ensalzar la libertad de pensamiento protestante y la
apertura de miras británica, para alabar su heroísmo y pericia
militar en la batalla decisiva. Frente a ello, Felipe II no
pasa de ser un beato oscuro y patético, de voz temblorosa y
dudosa capacidad de mando, su catolicismo un conjunto de
normas rígidas de intolerancia, y su ejército un conjunto de
prepotentes hombres anclados en la barbarie del pasado.
Artísticamente, Kapur juega todas sus
bazas al servirse de una fotografía luminosa y brillante, de una
música lírica y sinfónica, de una planificación abierta para las
escenas de la corte británica; frente a ellas, Felipe siempre es
retratado entre penumbras y tonos tenebrosos, mientras suenan
acordes rasgados y lúgubres y la cámara cierra los planos de
manera asfixiante y misteriosa. A la belleza y esplendor de
Cate Blanchett le corresponde la facha ridícula de Jordi
Mollà, más parecido a un bufón que al sobrio Felipe II: un
montaje paralelo que de manera repetida insiste en su proclama
antihispana y anticatólica, que no es más que un fácil y simplón
recurso fílmico para plasmar todos los tópicos de una época. La
presencia de Samantha Morton como María Estuardo no llega
a tener el peso que se merece el personaje, y se queda en una
subtrama cercenada y sin entidad; mientras que la de Clive
Owen como galán aventurero se acerca al de los dibujos
hollywoodienses de héroes de trazo grueso y escasa
verosimilitud, fabricados para aportar glamour a una
historia romántica que se ve venir a la legua (desde su
aparición en pantalla, las miradas que cruza con la bella dama
de la corte y con su reina dejan ver al espectador todo lo que
entre ellos sucederá en adelante).
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Quizá si se
hubiera obviado la contraposición simplona entre los monarcas
rivales, la película hubiera ganado verosimilitud, pues el
retrato humano de Elizabeth está elaborado con matices y
humanidad, aunque también con anacronismos de mentalidad
imperdonables. Un rico y elegante vestuario, una ambientación
muy cuidada en los pequeños detalles y una planificación con la
cámara que gira en torno a una protagonista a la que ensalza
hasta el paroxismo hacen que la puesta en escena rescate a una
cinta que se perdería en la autocomplacencia. En ella cae en
algunos momentos tan vacuos como pretenciosos, como la escena
del atentado fallido o la fatua arenga de una reina de armadura
reluciente —más bien parece Juana de Arco o Galadriel—, cuando
aparece rodeada de un halo de luz misteriosa y melena al viento,
a cámara lenta y con el caballo encabritado: aquí, a Kapur se le
va la mano, y su idolatrada heroína es quien cae en lo patético
e irrisorio. Ciertamente, la radiografía de su personaje está
dotada de matices que la convierten en una mujer que lucha entre
la inseguridad y el arrojo, entre la inteligencia de estadista y
la ternura femenina, entre la arrogancia y la templaza con los
súbditos, los celos y el perdón....pero nada de eso hubiera
salido a flote si no es por la buena interpretación de la
australiana Cate Blanchett, que con su belleza gélida y su
expresividad contenida arranca a su personaje sentimientos tan
variados.
En la
película, la música envuelve toda la acción en sus coros, quizá
con excesiva presencia a lo largo de casi todo el metraje, como
si tuviera que sostener un guión que se vuelve confuso en la
subtrama de intrigas y que podría prescindir de algún pasaje
para centrarse en el drama humano de la reina. Si la
ambientación palaciega está conseguida en su atrezo, no se puede
decir lo mismo de las panorámicas exteriores, con vistas de
barcos en astilleros o alta mar, de tropas en formación o en
batalla, que no pasan de decorados mal disimulados y poco
verosímiles. En fin, un largometraje de época con aciertos en
la puesta en escena y una buena interpretación de su
protagonista, pero con claras deficiencias y excesos en su afán
por ensalzar una figura real a partir de la ley del contraste.
Dirigida a un público que esté dispuesto a pasar por alto
tantas imprecisiones históricas, que sólo aspire a recrearse en
los aspectos artísticos de una corte y a contemplar a una
Elizabeth tan bella y fría como irreal y desprovista del
pensamiento de su época.
Calificación:
    
Imágenes
de "Elizabeth: La Edad de Oro" - Copyright © 2007
Universal Pictures, Working Title Films y StudioCanal. Fotos
por Laurie Sparham. Distribuida en España por Universal
Pictures International Spain. Todos los derechos
reservados.
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