CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
A veces un director toma
prestado un elemento de su película favorita para homenajearla.
Otros la copian sin ningún pudor ni intención de reconocer tal
influencia. Salvo contadas ocasiones, estos robos siempre se
realizan desde el respeto. Hasta que llega un pícaro como
Soderbergh
y en lugar de firmar un remake, una secuela, una precuela
o un sucedáneo, aborda el guiño total, la remasterización de una
obra maestra como “Casablanca” (1942) sin que se note la broma
bajo una deshilachada trama.
Aunque el famoso título de
Michael Curtiz es el más citado a la hora de abordar
comparativas con “El buen alemán”, en realidad ésta encajaría
mejor como una versión seria y grave de “Berlín Occidente”
(1948). Al igual que la desconocida pero excelente película de
Billy Wilder, la historia emocional gravita en torno a una mujer
obligada a sobrevivir a cualquier precio, aunque éste incluya
sacrificar sus sentimientos por un norteamericano. Sin embargo,
las influencias del eterno romance inconcluso entre Rick Blaine
e Ilsa son evidentes: la bella extranjera (Cate
Blanchett)
casada con un enclenque por el que lo arriesga todo, frente al
amor sincero e impermeable –escena bajo la lluvia incluida– de
un hombre apuesto (George
Clooney), de
parcas palabras y decisiones nobles. La referencia y la
reverencia van más allá y alcanzan el ámbito visual, en la
recreación exacta de un par de escenas que serán muy fáciles de
identificar para cualquier espectador con un mínimo de cultura
cinematográfica.
Si las
relaciones entre los personajes se mantienen en este nivel de
identificable estereotipo, desprovisto de toda dosis de azúcar,
el resto del guión intenta rellenar huecos vacíos con una
aburrida, previsible y a ratos confusa conspiración de silencio.
Un asesinato repentino desencadena una cuerda de sucesos
apagados y de encuentros con enemigos cuya presencia no impone
el temor y la inquietud de antaño. Su funcionalidad se reduce
aún más cuando despunta un discurso superfluo y nada relevante
sobre el creciente odio entre rusos y estadounidenses tras la
Segunda Guerra Mundial y la amenaza nuclear que pudo haber
desencadenado un nuevo conflicto planetario. Con un poco de
chicha y orden se habría horneado una, por lo menos, digna
película, pero la cinta de Soderbergh tiene que reñir con la
memoria del celuloide de los cuarenta y los cincuenta, aún
fresco y vívido para hablar de viejos asuntos como si fueran
problemas del presente.
Contradictoriamente, lo que puede generar cierto atractivo en
torno a “El buen alemán” es una estética preñada de manierismos
clásicos. En contra de la precipitación de los relatos
contemporáneos, el director apuesta por un retorno a las
estrategias más sobrias y narrativas posibles,
aunque rompa el principio con un montaje nada simple y algunos
toques de creador incapaz de callarse su presencia –las dos
palizas, montadas en un vertiginoso intercambio de puntos de
vista–. Conversaciones rodadas en esquema de plano/contraplano,
los justos enfoques a detalles, ángulos picados y encuadres que
se abren y cierran acompañando el devenir sentimental de los
personajes son unas muestras de cámara pretendidamente
tradicional y que acaban como un fútil ejercicio naíf. Por ese
motivo, el blanco y negro deja de ser una decisión dramática
para convertirse en un adorno tendencioso, como una mezcla entre
la pretenciosidad fotográfica de “La lista de Schindler” (1993)
y los violentos contrastes de "Frank Miller's Sin City: Ciudad
del Pecado"
(2005), sin que los rostros en sombras transmitan la ambigüedad
moral y el deseo de huir que se presuponen en este tipo de
argumentos. El uso de cortinillas pasadas de moda, títulos de
crédito toscos y continuas imágenes de archivo dota al filme de
una ambientación histórica que evoca cierta nostalgia, pero que
enseguida huele y sabe a rancio porque carece de la misma verdad
que un mueble envejecido de fábrica.
Los grandes nombres que
planearon sobre Berlín y alrededores germánicos, el Rossellini
de “Alemania, año cero” (1947), el Carol Reed de “El tercer
hombre” (1949), se citan en “El buen alemán” con carácter
enciclopédico y de molesta pedagogía, sin absorber ni un ápice
de la potencia neorrealista o siquiera de la edad dorada de
Hollywood. Sólo Thomas
Newman sabe extraer lo más jugoso de un tiempo
inmortalizado en la pantalla mediante su maravillosa banda
sonora, que remite a
aquellas cintas en las que la música recalcaba sigilosamente los
momentos de tensión dramática y se engrandecía cuando el
espectador menos lo esperaba. Todo lo demás puede ser tan
efectivo como artificial –las imágenes digitalizadas que se ven
tras los cristales de los coches en marcha resultan aún más
fastidiosas que aquellos viejos planos con murales como
paisajes–, incluso a pesar de la efectividad de sus actores y la
demostración del dúctil acento de una Cate Blanchett heredera de
la insuperable Marlene Dietrich.
No es cuestión de adoptar
actitudes reaccionarias y besar con pasión ingenua el suelo del
pasado, pero Soderbergh toma prestadas demasiadas cosas de las
décadas originales como para observar su obra desde una
perspectiva novedosa. Si a eso se añaden la escasa sutileza,
característica de las narraciones que nos rodean, la ausencia
total de subtexto –inútil voz en off a tres bandas– y la
búsqueda desesperada de grandes frases que pasen a la Historia,
la decepción del curioso se acerca al máximo riesgo. Claro que,
al menos, lo anuncia desde su cartel, copia del diseño de una
“Casablanca” que ni se supera ni se parodia en este producto de
textura ideal para aquéllos que no tragan una película en blanco
y negro del antiguo.
Calificación:
    
Imágenes
de "El buen alemán" - Copyright © 2006
Warner Bros. Pictures, Virtual Studios y Section Eight.
Distribuida en España por Warner Bros. Pictures International
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