CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Un viaje
a las raíces
En muchas culturas, la cuestión del nombre es de capital
importancia, al referirse a la identidad profunda de la persona
o encerrar su misión y sentido de la vida. En su última
película,
Mira Nair
("La boda del monzón")
recoge la crónica de una familia bengalí emigrada a Nueva York
para hablarnos de la problemática convivencia de culturas tan
dispares, del difícil equilibrio entre los valores de la
tradición y la modernidad, y también de las relaciones entre
padres e hijos o de la propia madurez del individuo en la
búsqueda de su lugar en el mundo. Lo hace aprovechando la
historia de Gogol, el primogénito de Ashoke y Ashima Ganguli,
que se debate entre usar el nombre de nacimiento o el americano,
según sus circunstancias vitales o el entorno en el que va
creciendo, hasta que descubra el verdadero motivo por el que su
padre eligió el del conocido escritor ruso.
Mira Nair se
muestra interesada en recorrer con aliento conciliador el puente
intercultural e intergeneracional, en rescatar lo mejor de cada
cual en una armonía social y familiar.
Es la mirada nostálgica de una mujer formada a caballo entre el
moderno mundo occidental y la cultura de su India natal, la de
alguien abierta al cambio y lo foráneo pero que no quiere
renunciar a las raíces y a la propia historia. Este punto de
vista autobiográfico es trasladado al matrimonio Ganguli, con
una sensibilidad que le permite permanecer con Ashima ligada a
su amada Calcuta a través de la música tradicional hindú, y a la
vez viajar por el mundo siguiendo el consejo recibido por Ashoke
en su accidentado viaje ferroviario. De manera simbólica, la
historia podría sintetizarse en esa bella imagen de Ashima
calzándose los curiosos zapatos “occidentales” de su futuro
esposo, cuando la familia Ganguli está concertando el
matrimonio: un signo muy gráfico de lo que supone la integración
cultural y la unión familiar antes de recorrer juntos el camino
arduo y misterioso que entonces se les abre.
Quizá los mejores momentos
del film sean esas escenas iniciales en la India y la llegada
del joven matrimonio a su nuevo hogar, a las afueras de Nueva
York. El desconcierto y la perplejidad de Ashima en una ciudad
fría y desangelada, tan distinta a la conocida por ella hasta
entonces, con mayores comodidades materiales pero con la
dolorosa sensación de haber roto con su mundo. Los rostros e
interpretaciones de Tabu
y de Irfan Khan
en esos primeros instantes, con una fotografía de luces blancas
que parecen matar el colorido y vitalismo de la ciudad del
Ganges, arrancan escenas de una profunda y melancólica hondura
humana, y dejan paso a un recorrido contemplativo de lo viejo a
lo nuevo, de una particular odisea no exenta de desgarros y
pérdidas.
La narrativa es convencional
y avanza haciendo crecer la familia hasta centrarse en el
conflicto de Gogol. En torno a él, articula la existencia de dos
generaciones, una que precisa adaptarse a su nuevo hábitat y
otra que necesitará rescatar su natural idiosincrasia. En este
periplo familiar, los mejores y más placenteros momentos quedan
reservados, con una emoción contenida y silenciosa, para unos
padres que se van enamorando profundamente tras su pactada boda,
a la vez que se transforman en el país de acogida que lo es
también de oportunidades; que ven distanciarse a los hijos y
desgajarse también del tronco primigenio, atraídos por las modas
y los modos americanos, desorientados en su fragilidad cultural.
Esa preocupación les empuja a emprender un viaje “de vuelta a
casa”, nada menos que al Taj Mahal..., pero entonces la cámara
se identificará más con la mirada curiosa del turista que con la
de una familia que busca recuperar su tradición.
Algún que
otro altibajo narrativo intenta superarse por medio de varios
giros dramáticos, algunos un poco forzados –demasiado ataque
cardíaco– y con reacciones por tanto un poco inverosímiles para
un enamorado o desencantado Gogol, pero que cumplen su función
y por eso la historia se relanza con nuevas vueltas de tuerca a
la búsqueda de la epifanía del dichoso nombre. Por otra parte,
algunos clichés, sobre la superficialidad y frivolidad
occidentales, parecen inevitables y aparecen incorporados a los
dos amores de Gogol –y especialmente a la joven india
afrancesada, un tanto patética e impostada–, con lo que por
momentos la cinta parece discurrir hacia derroteros
melodramáticos y televisivos. Afortunadamente, el objetivo de la
cámara abandona esas aventuras sentimentales para enfocar otro
lirismo más profundo y conmovedor, que termina por dar una
perspectiva a una vida de búsqueda y a otra de renuncia (no en
vano, la dedicatoria final de Mira Nair va dirigida “a nuestros
padres, que nos lo dieron todo”).
Como en cualquier película de
ambientación india que se precie, los ceremoniales se suceden
con bodas, nacimientos y funerales, con comidas, enamoramientos
y rupturas... y aquí sólo alguna canción. Pero lo que ahora
prevalece es el sentimiento de contraste y de viaje interior, la
necesidad de prepararse para un nuevo tiempo y para una nueva
sociedad. Por eso, de manera equilibrada y sin énfasis, Mira
Nair mezcla el decorativismo y exotismo indios con la fría
funcionalidad americana, el colorido ritual de las tradiciones
bengalíes con la uniformidad e individualismo occidentales. No
abusa de la musicalidad ni del ritmo oriental pero sí que está
presente de manera sutil desde el primero hasta el último plano,
con los melodiosos acordes de la banda sonora y también con unos
silencios que dan densidad al tiempo transcurrido y que cargan
las miradas de los Ganguli de amor íntimo, de preocupación por
el porvenir de los suyos. Por eso, los mejores momentos son
aquellos en que se percibe el choque de culturas en el corazón
de los propios padres, y no tanto cuando se refleja en los
hábitos cotidianos o en los contratiempos de la vida. La mirada
de Ashima se convierte así en la mejor óptica para que el
espectador contemple el paso del tiempo y descubra el valor del
“nombre” tan misteriosamente guardado por los guionistas.
Después de tanta dicha e
infortunio, quien asiste a la proyección se siente reconfortado
con una película que se ve con agrado y que
conmueve, muy cuidada en su elaboración artística y algo forzada
en la trama narrativa.
De esta manera, el film de Mira Nair acaba siendo todo un canto
a viajar por el mundo y estar abierto a los cambios venideros,
pero siempre después de haber descubierto la propia identidad
escondida en el buen nombre recibido por nacimiento.
Calificación:
    
Imágenes de "El buen nombre" - Copyright © 2006 Fox
Searchlight Pictures, Entertainment Farm, UTV Motion Pictures, Mirabai Films y Cine
Mosaic. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
Página
principal de "El buen nombre"
Añade "El buen nombre" a tus películas favoritas
Opina
sobre "El buen nombre" en nuestra Lista de Cine
Suscríbete
a la Lista de Cine si todavía no eres miembro
Recomienda
"El buen nombre" a un amigo
|