CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Vivimos en una época de
progreso estancado, en la que cualquier nueva idea es succionada
de manera repetitiva y cíclica, hasta que los tornados sociales
y culturales se hartan de darle vueltas a la misma casa. La
mansión de moda es la conspiración sobrenatural, y sus numerosas
habitaciones parecen no tener fin para los ¿creativos? del cine.
Iniciado por
"El
código Da Vinci"
con total repudio intelectual, pero apoyo popular, el
thriller teológico tiene su baza en que la mente humana es
muy propensa a la paranoia y la credulidad, a una plétora de
teorías ultraterrenas que actúen como un imán para la taquilla.
Esta vez le toca el turno a la numerología, la ciencia más débil
ante los colmillos del suspense, pues sólo basta recordar todas
aquellas leyendas urbanas que sumaban el número 11 por todas
partes tras la masacre del World Trade Center…
Precisamente en esa facilidad de construcción narrativa radica
el principal obstáculo de “El número 23”, película
fundamentada en la casualidad y que pretende justificar sus
flojas soluciones mediante el mismo principio. Por supuesto
que una opción mucho peor habría sido recurrir al manido
destino, lo cual demuestra que el terreno donde se mueve
Joel Schumacher
tiene muy poco que
escarbar. Casi como una traslación malévola de la reciente
"Más
extraño que la ficción"
(2006), Walter Sparrow (Jim
Carrey)
recibe por su cumpleaños un libro que le recuerda vagamente a
su infancia y en el que empieza a identificarse con intensa y
creciente obsesión. Correspondiendo a los límites del terror
psicológico, Bastian ya no encuentra refugio y cobijo en “La
historia interminable”, ahora la lectura es el horripilante
espejo que devuelve imágenes deformadas y, por eso mismo,
dolorosamente reales. Las apocalipsis del siglo XXI continúan
bebiendo de los preceptos románticos del XIX, pero para fines
el doble de comerciales y el triple de ineficaces.
Sparrow
empieza a sumar el susodicho 23 por todos lados, una maldición
de pretendidas raíces milenarias, religiosas, diabólicas y
filosóficas –aunque podrían extraerse otros tantos teoremas
basados en una cifra distinta y el 23 cuadra con palabras
inglesas, pero para otros idiomas hay que adaptar el guión… de
nuevo el etnocentrismo estadounidense–. El
dilema podría servir para una cinta de suficiente
entretenimiento si no cayera dentro de un ritmo constante,
pausado y carente de la emoción que el director pretende
conseguir con sus continuos desenfoques o audacias de montaje
–los planos secuencia digitalizados que ilustran la lectura de
la infancia–. La estética suciosexual –que nadie lo
malinterprete: esas imágenes que reflejan una atmósfera viciada
y opresiva, pero tan estudiada que en el fondo es sólo una pose
para atraer al espectador– y la historia de autodestrucción
mental pierden su sentido por un elemento que a Schumacher se le
ha pasado por alto: la familia.
Sparrow
tiene su vida de Pin y Pon que de repente da un vuelco de 180º
hacia el infierno, pero en ese trayecto continúa recibiendo el
apoyo unánime de su esposa y su hijo. No sólo supone escenas de
paupérrimos diálogos –y supuestos clímax terroríficos que
resultan risibles, como el atropello del perro–, sino una
pérdida paulatina de interés, dado que el protagonista parece
estar siempre a salvo. La sensación de peligro no puede emanar
exclusivamente de unas páginas, que pueden lanzarse al fuego en
un santiamén –o sí puede conseguirse ese efecto, pero con más
maña que el guionista
Fernley Phillips–,
y no es hasta el último tercio de cinta cuando los engaños
empiezan a hacerse evidentes… y previsibles. El auténtico terror
moderno es el que procede del individuo, capaz de lesionarse e
inmolarse, y del derribo absoluto de los esquemas racionales en
los que se alimenta la sociedad. El núcleo familiar, como su
propio nombre indica, representa el todo cerrado, unísono y
seguro para el ser humano, por lo que su destrucción supone, a
pequeña escala, el ataque más potente contra nuestras
esperanzas. La obra magna del terror de las últimas décadas, “El
resplandor” (1980), recoge esta estrategia con una coherencia
argumental mayor que la de “El número 23”, amén de un estilo
realista más inquietante que las postmodernas virguerías
visuales.
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Su languidez narrativa ha
sido uno de los principales puntos de ataque a la nueva obra de
Schumacher, director de poco prolija e irregular carrera, pero
en el punto de mira colectivo está Jim Carrey. Resulta gratuito
comentar las dotes dramáticas del actor, demostradas en –siempre
que presenta un estreno serio es necesario volver a
mencionarlas–
"¡Olvídate
de mí!"
(2004),
"Man on the Moon"
(1999),
"The
Majestic"
(2001) o “El show de Truman” (1998). Siempre arrastrará una
legión de detractores dispuestos al tomatazo, y si bien es
cierto que su actuación en esta película no sería destacable, el
fracaso se debe más a los tópicos previsibles de su personaje
que a sí mismo –locura autoinducida, arrebatos de exaltación
gestual, gritos, ojos desorbitados, confusión de los límites
entre la realidad y la fantasía, iluminación detectivesca,
correrías temerarias y catarsis espontánea–. En el fondo, es él
quien tiene que cargar con el peso de una historia liviana en
sus ideas y en su originalidad, pesada en su desarrollo, y
asumir la catastrófica tarea de llevarla a un puerto seguro en
el que al menos pueda lanzarse un mensaje trascendental. El
buenrrollismo no casa con el terror, menos aún con el
psicológico, menos aún cuando es sólo una engañifa para el final
abierto con aire de “Psicosis” (1960). Pero todo es cuestión de
buscarle el punto… Es muy fácil caer en la tentación de la
paranoia, con el placer masoquista que encierra. Quién sabe, tal
vez cada 23 palabras de esta crítica aguarde la parte de un
mensaje oculto.
Calificación:
    
Imágenes
de "El número 23" - Copyright © 2007 New Line Cinema,
Contrafilm y Firm Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
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