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EL NÚMERO 23
(The number 23)


Dirección: Joel Schumacher.
País:
USA.
Año: 2007.
Duración: 95 min.
Género: Thriller.
Interpretación: Jim Carrey (Walter Sparrow/detective Fingerling), Virginia Madsen (Agatha Sparrow/Fabrizia), Danny Huston (Dr. Isaac French/Dr. Miles Phoenix), Logan Lerman (Robin Sparrow/joven Fingerling), Rhona Mitra (Laura Tollins), Lynn Collins (rubia suicida/Sra. Dobkins).
Guión: Fernley Phillips.
Producción: Beau Flynn y Tripp Vinson.
Música: Harry Gregson-Williams.
Fotografía:
Matthew J. Libatique.
Montaje: Mark Stevens.
Diseño de producción: Andrew Laws.
Vestuario: Daniel Orlandi.
Estreno en USA: 23 Febrero 2007.
Estreno en España: 20 Abril 2007.

CRÍTICA por Almudena Muñoz Pérez

  Vivimos en una época de progreso estancado, en la que cualquier nueva idea es succionada de manera repetitiva y cíclica, hasta que los tornados sociales y culturales se hartan de darle vueltas a la misma casa. La mansión de moda es la conspiración sobrenatural, y sus numerosas habitaciones parecen no tener fin para los ¿creativos? del cine. Iniciado por "El código Da Vinci" con total repudio intelectual, pero apoyo popular, el thriller teológico tiene su baza en que la mente humana es muy propensa a la paranoia y la credulidad, a una plétora de teorías ultraterrenas que actúen como un imán para la taquilla. Esta vez le toca el turno a la numerología, la ciencia más débil ante los colmillos del suspense, pues sólo basta recordar todas aquellas leyendas urbanas que sumaban el número 11 por todas partes tras la masacre del World Trade Center…

 

  Precisamente en esa facilidad de construcción narrativa radica el principal obstáculo de “El número 23”, película fundamentada en la casualidad y que pretende justificar sus flojas soluciones mediante el mismo principio. Por supuesto que una opción mucho peor habría sido recurrir al manido destino, lo cual demuestra que el terreno donde se mueve Joel Schumacher tiene muy poco que escarbar. Casi como una traslación malévola de la reciente "Más extraño que la ficción" (2006), Walter Sparrow (Jim Carrey) recibe por su cumpleaños un libro que le recuerda vagamente a su infancia y en el que empieza a identificarse con intensa y creciente obsesión. Correspondiendo a los límites del terror psicológico, Bastian ya no encuentra refugio y cobijo en “La historia interminable”, ahora la lectura es el horripilante espejo que devuelve imágenes deformadas y, por eso mismo, dolorosamente reales. Las apocalipsis del siglo XXI continúan bebiendo de los preceptos románticos del XIX, pero para fines el doble de comerciales y el triple de ineficaces.

  Sparrow empieza a sumar el susodicho 23 por todos lados, una maldición de pretendidas raíces milenarias, religiosas, diabólicas y filosóficas –aunque podrían extraerse otros tantos teoremas basados en una cifra distinta y el 23 cuadra con palabras inglesas, pero para otros idiomas hay que adaptar el guión… de nuevo el etnocentrismo estadounidense–. El dilema podría servir para una cinta de suficiente entretenimiento si no cayera dentro de un ritmo constante, pausado y carente de la emoción que el director pretende conseguir con sus continuos desenfoques o audacias de montaje –los planos secuencia digitalizados que ilustran la lectura de la infancia–. La estética suciosexual –que nadie lo malinterprete: esas imágenes que reflejan una atmósfera viciada y opresiva, pero tan estudiada que en el fondo es sólo una pose para atraer al espectador– y la historia de autodestrucción mental pierden su sentido por un elemento que a Schumacher se le ha pasado por alto: la familia.

  Sparrow tiene su vida de Pin y Pon que de repente da un vuelco de 180º hacia el infierno, pero en ese trayecto continúa recibiendo el apoyo unánime de su esposa y su hijo. No sólo supone escenas de paupérrimos diálogos –y supuestos clímax terroríficos que resultan risibles, como el atropello del perro–, sino una pérdida paulatina de interés, dado que el protagonista parece estar siempre a salvo. La sensación de peligro no puede emanar exclusivamente de unas páginas, que pueden lanzarse al fuego en un santiamén –o sí puede conseguirse ese efecto, pero con más maña que el guionista Fernley Phillips–, y no es hasta el último tercio de cinta cuando los engaños empiezan a hacerse evidentes… y previsibles. El auténtico terror moderno es el que procede del individuo, capaz de lesionarse e inmolarse, y del derribo absoluto de los esquemas racionales en los que se alimenta la sociedad. El núcleo familiar, como su propio nombre indica, representa el todo cerrado, unísono y seguro para el ser humano, por lo que su destrucción supone, a pequeña escala, el ataque más potente contra nuestras esperanzas. La obra magna del terror de las últimas décadas, “El resplandor” (1980), recoge esta estrategia con una coherencia argumental mayor que la de “El número 23”, amén de un estilo realista más inquietante que las postmodernas virguerías visuales.

  Su languidez narrativa ha sido uno de los principales puntos de ataque a la nueva obra de Schumacher, director de poco prolija e irregular carrera, pero en el punto de mira colectivo está Jim Carrey. Resulta gratuito comentar las dotes dramáticas del actor, demostradas en –siempre que presenta un estreno serio es necesario volver a mencionarlas– "¡Olvídate de mí!" (2004), "Man on the Moon" (1999), "The Majestic" (2001) o “El show de Truman” (1998). Siempre arrastrará una legión de detractores dispuestos al tomatazo, y si bien es cierto que su actuación en esta película no sería destacable, el fracaso se debe más a los tópicos previsibles de su personaje que a sí mismo –locura autoinducida, arrebatos de exaltación gestual, gritos, ojos desorbitados, confusión de los límites entre la realidad y la fantasía, iluminación detectivesca, correrías temerarias y catarsis espontánea–. En el fondo, es él quien tiene que cargar con el peso de una historia liviana en sus ideas y en su originalidad, pesada en su desarrollo, y asumir la catastrófica tarea de llevarla a un puerto seguro en el que al menos pueda lanzarse un mensaje trascendental. El buenrrollismo no casa con el terror, menos aún con el psicológico, menos aún cuando es sólo una engañifa para el final abierto con aire de “Psicosis” (1960). Pero todo es cuestión de buscarle el punto… Es muy fácil caer en la tentación de la paranoia, con el placer masoquista que encierra. Quién sabe, tal vez cada 23 palabras de esta crítica aguarde la parte de un mensaje oculto.

Calificación:


Imágenes de "El número 23" - Copyright © 2007 New Line Cinema, Contrafilm y Firm Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos reservados.

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