CRÍTICA
por
Leandro Marques
Lo complejo no hace a
lo creativo
23. Ese número, de
repente, se convirtió en todo lo que Walter podía encontrar
mirara donde mirara. Con los ojos cerrados, inclusive, y la
mente despierta, o dormida, sólo le cabía la posibilidad de
encontrarse con el número 23. Todos los caminos lo conducían a
esa cifra. “El número 23”, film dirigido por una persona que
sabe mucho sobre la temática que aborda, la de la obsesión y la
paranoia, como Joel
Schumacher
–imposible olvidar, entre otras tantas, su “Un día de furia” con
Michael Douglas–, es una propuesta definitivamente obsesiva. Da
vueltas y vueltas sobre el mismo universo, se acota a él, elige
convertirse en su prisionero, y, a partir de ahí, intenta
convocar a la asfixia y a la incomodidad de los espectadores.
El
largometraje desde el principio anuncia sus objetivos
comunicacionales. Mediante una puesta estética muy bien
trabajada, que juega permanentemente con las texturas, los
colores –varios fragmentos de la película son en blanco y
negro– y los ángulos de cada imagen, más el buen uso de los
efectos sonoros, el realizador pretende construir una
atmósfera de misterio, oscuridad y tensión que se complemente
con la historia que se está desarrollando. El problema que
surge reside justamente no en la composición visual, que
termina convirtiéndose en el punto más positivo, sino
básicamente en las particularidades intrínsecas a la historia
en sí, que nunca alcanzan plenamente a acercarse a su
potencialidad.
Como
toda cinta de suspense e intriga, el guión delinea un recorrido
sinuoso. Ofrece señales, aporta algo de información, incorpora
nuevos elementos, quita de camino a los anteriores. En síntesis,
es propio de las películas de este género trabajar con los
indicios necesarios para que el espectador pueda involucrarse y
confundirse lo suficiente con la historia, dialogar con ella,
esbozar hipótesis. En “El número 23”, si bien la organización
del relato está planteada de esa manera, no se pueden dejar de
percibir ciertas carencias que influyen negativamente en el
impacto y capacidad de sorprender de la trama.
Schumacher construye una historia retorcida, tal cual la
obsesión de su personaje principal, pero al mismo tiempo sin
matices, a tal punto que parece agotarse rápidamente
en sí misma. Esto sea tal vez consecuencia de que la
organización del relato está tan focalizada en explorar la
paranoia que empieza a invadir la cabeza del protagonista, que
descarta la posibilidad de construir con consistencia ejes
externos a él, que posteriormente podrían ser usados para
otorgarle a la narración una continuidad más armónica y menos
forzada. La historia, si bien avanza, pareciera no activar nunca
la faceta de las sensaciones. La trama no logra empaparse de
tensión, no construye una atmósfera verdaderamente filosa y
paralizante; por ende, el recorrido del relato no consigue hacer
evolucionar al componente emotivo de la misma manera con que se
suceden los acontecimientos.
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Una
trama compleja, calculadora, dominada por los números y las
permanentes asociaciones, exige en el espectador el uso casi
permanente de su inteligencia para poder seguir la historia. El
film apunta a la reflexión y al cálculo constante, al estar en
permanente estado de atención, pero en ese movimiento inhabilita
las posibilidades de encontrarse con un público desprevenido,
relajado, y por lo tanto lo torna menos plausible de ser tomado
por sorpresa, de ser capturado definitivamente por el suspense y
la tensión que pretende envolver a la trama. La complejidad del
relato no está necesariamente relacionada con su ingenio y
originalidad. Éste es el punto preponderante de “El número 23”,
porque, a fin de cuentas, se trata de un film carente de matices
verdaderamente creativos. Siempre parece faltar algo que luzca
como propio a la historia, algo que le quite los aires de que lo
que sucede ya fue visto en otras películas.
Por
otra parte, la actuación en el rol principal de
Jim Carrey, si
bien no es mala, es difícil de asimilar. Pese a que ya realizó
papeles alejados al estigma de humorista de ilimitadas caras y
gestos exagerados con el que carga, como por ejemplo sus
correctas interpretaciones en grandes títulos como "¡Olvídate
de mí!" o “El
show de Truman”, en esta oportunidad su personaje es portador de
un tono muy intenso, muy dramático, que pareciera no encajar con
sus mejores cualidades actorales. De todos modos, aunque no es
brillante, no puede decirse que no salga airoso de su
performance. Además, es verdad que tampoco le ayuda
demasiado la composición que el guión pensó para su Walter. La
cinta gira en torno suyo a tiempo completo, específicamente en
torno al interior de su cabeza y su paranoia; empieza y acaba
con él, volviendo más que previsible la evolución de su
personaje.
Existirá el destino o sólo se tratará del resultado de las
decisiones que cada uno tome en su momento, se pregunta en algún
momento el film. Más allá de la respuesta a este interrogante,
que dependerá de las convicciones y creencias de quien opine,
“El número 23” sí ofrece una certeza: lo complejo no hace a lo
creativo. La falta de mejores decisiones narrativas y de giros
que sorprendan por su imprevisibilidad, en este caso, ayudó a
concebir un film entretenido, es cierto, pero demasiado
pretencioso para su resultado final.
Calificación:
    
Imágenes
de "El número 23" - Copyright © 2007 New Line Cinema,
Contrafilm y Firm Films. Distribuida en España por TriPictures. Todos los derechos
reservados.
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