CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Hablar de remakes a
estas alturas es casi una cláusula evidente, redactada en una
letra diminuta y traslúcida a pie de celuloide para que deje de
estorbar a los cinéfilos hartos de la polémica sobre escasez de
ideas. Como nuevas versiones ha habido siempre y, además, “El
velo pintado” de
John Curran
es más una relectura del libro de
W. Somerset Maugham
que de la cinta de Richard Boleslawski, no debe despertarse
ningún sonrojo a la hora de afirmar que esta nueva traslación no
tiene nada que envidiar a su predecesora y que, como peliculita
de expresividad modesta y silenciosa, aporta una buena dosis de
encanto.
El
filme protagonizado por Greta Garbo en 1934 era uno de
aquellos melodramáticos vehículos concebidos para la galería
de primeros planos de su fastuosa actriz. La siempre sólida
intérprete era de lo poco salvable en un novelón exótico que
ahora ya no se estila, a menos que John Le Carré escriba de
por medio. Por eso, la decisión de Curran se revela como
bastante valiente a pesar de encuadrarse en un timorato punto
de partida: el adulterio propiciado por un clima de liberación
extranjera, fuera de los vigilantes anteojos de la sociedad
londinense. Sin embargo, y al contrario de la narración
clásica de Boleslawski, en esta ocasión la primera media hora
opta por una solución si no novedosa, al menos refrescante: a
través de flashbacks se recupera la aventura de Kitty (Naomi
Watts) con el
vicecónsul Charlie (Liev
Schreiber) a
espaldas de su esposo Walter (Edward
Norton),
mediante un carácter casi anecdótico para la que será la
auténtica trama: el reencuentro de dos personas heridas
mutuamente. Esta estrategia redobla el interés de un arranque
poco atractivo para el público actual, pues entre recuerdo y
recuerdo la intriga sobre cuál es el motivo del silencio del
matrimonio viajante y cuál es su destino, se acentúa disipando
la temida previsibilidad, un defecto del que pecará más bien
su último tercio.
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El
esquema de avance hacia un fin desconocido y la continua
atmósfera de fatalismo que confirma esos miedos casa a la
perfección con el deseo por evitar el romanticismo o por
revelar su anverso rugoso, una especie de confirmación
para curiosos de qué fue de la hija de Ryan y del profesor
Shaughnessy después de subir al autobús con una
inconsolable despedida. Sin ánimo de redención inicial,
sin tampoco grandes muestras de culpa, Kitty encuentra
augurios de muerte en todo lo que toca y resume su
condición vital en la escena en que, tras rebelarse ante
su marido por la idea de instalarse en una aldea infectada
de cólera, vuelve al sofá adoptando la misma postura
incólume e inglesa del principio. La escenificación, a
ratos sumida en una oscuridad rojiza, se beneficia de
estas señales videntes mediante una iluminación siempre
dorada, como lo es el testimonio de la decadencia de una
clase, un imperio, un sentimiento y un ramo de flores.
Pero,
tomando una de las premonitorias frases de Kitty, es una
tontería –o, mejor dicho, una estúpida consciencia– poner todo
el esfuerzo en algo que sabes que va a morir. Curran deposita
sus mejores intenciones para una historia que, inevitablemente,
se dislocará hacia un ascenso maldito cien veces visto, otras
cien veces situado en localizaciones llamativas.
Los parajes que fotografía Stuart Dryburgh
no tienen nada que envidiar a las espiritosas panorámicas de
Edward Zwick, Anthony Minghella o Terrence Malick, aunque les
falta tanto un justificante como una mirada exclusiva. Termina
así sucumbiendo al impulso de recrearse en bonitas estampas de
transición, al estilo
de “Memorias de África” (1985), compensándolas de forma burda
con sopapos de telediario, repletos de enfermos, cadáveres y
huidas masivas que no parecen despertar nuestras conciencias,
sino equilibrar la hipotética balanza de la belleza fílmica. Ahí
también se diluyen las interpretaciones de la pareja
protagonista, de perfecto calzado con sus personajes pero
inmersos en su misma inmovilidad. Naomi Watts, que si ha
demostrado sus dotes artísticas ha sido precisamente por su
registro dramático, consigue que no recordemos –no que
olvidemos– a una sombra tan alargada como la Garbo, y da un giro
conservador a su Kitty mediante un vestuario más neutro y chic
que aquellos estrafalarios conjuntos con que centraba la
atención la actriz sueca.
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Entonces parece que tal vez
todo esté demasiado medido, tal vez sea demasiado apacible la
imagen de dos personas aferradas a unas sombrillas o a una barca
en el inmenso mar de la vegetación china, mientras por dentro la
confusión y el deber se revuelven. Kitty y Walter levantan entre
ambos una cortina de ilusiones rotas y mentiras desdibujadas,
pero John Curran también quiere hacer honor al título pintando
un velo de bordado minucioso y de transparencias que, a la
postre, desearíamos fuesen aún más veladas y misteriosas.
Calificación:
    
Imágenes
de "El velo pintado" - Copyright
© 2006 Yari Films Group Releasing, Mark Gordon
Company, Syndicate Films International, Emotion Pictures,
Colleton Company, Class 5 Films,
Dragon Studios Productions y Warner China Film HG Corporation.
Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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