CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Aparente aliento clásico
El actor
Edward Norton
ha sido el principal impulsor de la nueva adaptación en la
pantalla de la novela de
W. Somerset Maugham
“El velo pintado”, sin duda llevado por las innegables
posibilidades de lucimiento que ofrece un texto que integra
amores contrariados, epidemias y paisajes coloniales. Además de
ejercer como productor y, al parecer, modificar ampliamente el
guión, convenció personalmente a
Naomi Watts
para implicarse en el proyecto, y encargó la dirección a
John Curran.
Todo ello para construir un film al servicio de sus intérpretes,
de factura impecable pero meramente ilustrativo de su original
literario, que naufraga irremisiblemente en su pretensión de
recordar a los melodramas clásicos.
El hoy
día algo olvidado W. Somerset Maugham fue un habitual en las
estanterías de la generación anterior. Su sólida escritura
ilustra las postrimerías de un mundo colonial, un tiempo de
viajes que duraban meses o incluso años, que transformaban a
unos personajes con frecuencia envueltos en alguna turbia
insatisfacción, reflejo de la propia personalidad
contradictoria del escritor. Obras como “Servidumbre humana”
y, en especial, su novela más popular “El filo de la navaja”
conocieron logradas adaptaciones que cimentaron todavía más
prestigio; al igual que “El velo pintado”, drama que traslada
a un matrimonio de conveniencia al interior de la China
colonial durante una epidemia de cólera.
La cinta tiene un buen arranque que evita la temible voz
en off de tantas adaptaciones, y resuelve los inicios de
la historia con una serie de eficaces flashbacks
que perfilan el carácter de sus personajes y los sitúa en la
colonia inglesa. Un revelador plano inicial indica sin necesidad
de palabras –tan sólo la imagen de un hombre y una mujer ante un
inmenso paraje chino mirando en distintas direcciones– la
distancia que separa a la pareja. Pese a este prometedor tramo
inicial, conforme avanza el metraje el ritmo tiende a decaer, y
el realizador emplea el resto de las dos largas horas de
duración en desarrollar un argumento sencillo, que podría haber
aligerado en buena parte prescindiendo del exceso de recreación
en los hermosos paisajes y en la exquisita ambientación.
La pretensión de convertir un conflicto íntimo en un espectáculo
le hace introducir como telón de fondo lejanas referencias a las
tensiones de la colonización, que resultan superfluas y ponen al
descubierto cierta torpeza en las secuencias de acción. Lo
esencial de lo narrado, el progresivo redescubrimiento de la
pareja ante las adversidades,
está tratado de forma excesivamente fría y apenas logra la
implicación hacia esos sentimientos. El conjunto transcurre
hacia lo previsible, correcto pero sin alma.
Se limita a transmitir una situación que se entiende
reaccionaria, sin introducir ningún atisbo de revisión; así como
hoy día continúa conmoviendo el sufrimiento del joven lisiado de
“Servidumbre humana” o es posible identificarse con las
inquietudes que empujan a Larry Darrell en “El filo de navaja” a
emprender un viaje en busca de respuestas, los ejercicios de
culpa, sacrificio y redención que se infringen este matrimonio
–un cuestionable proceso que ha envejecido francamente mal–
están abordados de forma tan ingenua que son difícilmente
aceptables.
El origen y proceso de gestación del proyecto parece encajar a
la perfección en el apartado que dedica al “star system” el
director Fernando Trueba en su muy entretenido “Mi diccionario
de cine”. Entre otras impagables reflexiones, señala cómo el
verdadero poder del actor surge en los últimos años como un
fenómeno paralelo a la extinción de la figura del productor,
convertido en un mero ejecutivo “empachado de manuales sobre
cómo escribir guiones, que construye casi cualquier proyecto
apoyándose en el nombre de la estrella”. Así, el director se ve
sometido, al igual que el resto de elementos de la película,
desde vestuario, luz, hasta planificación y guión, al inmenso
poder del actor. Esto explica el aparentemente desconcertante
fenómeno de que pongan grandes presupuestos en manos de
directores desconocidos y sin apenas experiencia (en este caso
John Curran), los únicos que aceptan someterse sin condiciones
de ningún tipo
al total servicio de la estrella. Norton y Watts se construyen
un vehículo a medida, una profusión de primeros planos y
secuencias donde desplegar su demostrada valía.
No parecen tener en cuenta que aquellas obras de los años
treinta a cincuenta con las que pretenden compararse son todavía
recordadas porque pertenecen a cineastas que sabían lo que se
traían entre manos, que creían ante todo en el poder de narrar,
la pasión por contar una historia con la que entretener y
transmitir épica y emociones.
De esta forma, aunque se quiera vender este producto como un
melodrama de aliento clásico, no pasa de ser un film impersonal
rodado de forma academicista, revestido de calidad pero de
contenido tramposo, alargado hasta caer en el tedio. Dentro de
esta oportunidad perdida de actualizar aquellos largometrajes,
resta disfrutar de la excelente dirección artística y, en
especial, de la espléndida partitura del compositor francés
Alexandre Desplat.
Calificación:
    
Imágenes
de "El velo pintado" - Copyright
© 2006 Yari Films Group Releasing, Mark Gordon
Company, Syndicate Films International, Emotion Pictures,
Colleton Company, Class 5 Films,
Dragon Studios Productions y Warner China Film HG Corporation.
Distribuida en España por Aurum. Todos los derechos
reservados.
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