CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Entre dos
reinos
Adentrarse en
la mente y el corazón de quien comienza a descubrir la vida, y
perderse en un mundo donde la imaginación puede deshacer las
injusticias y crueldades que los hombres hemos generado. Ése es
el fondo de la historia contada por la escritora
Katherine Paterson, ahora
llevada al cine por Gabor Csupo.
Más que un cuento fantástico o de aventuras, estamos ante una
película de iniciación ante las paradojas, misterios y
contrariedades de la vida. Pero se trata de un drama suavizado y
contenido en su gravedad, luminoso en su mensaje y dulce en sus
formas, que echa mano de algunas situaciones familiares y
escolares arquetípicas, y que recurre a los efectos especiales
necesarios para crear un Reino donde el corazón es el rey y la
imaginación la princesa.
Es también la
historia de una bella amistad de dos adolescentes desplazados
por su entorno, que resultan “raros” por una sensibilidad y
talento cultivados a contracorriente, por no esconderse en la
superficialidad de la pandilla ni haber anulado sus neuronas
ante la televisión. Jess es el único chico de una familia
numerosa de escasos recursos, centro de burlas en el colegio, y
artista en ciernes en sus imaginativos dibujos. A su clase llega
Leslie, una chica inteligente y madura, alegre y despierta, que
ha pasado sus días entre libros y con unos padres más ocupados
en su trabajo que en ella. Almas afines y delicadas que dejan un
lugar a la complicidad y al poder de la imaginación para crear
el Reino de Terabithia, refugio y lugar de juegos donde todo es
posible –como el mismo cine–, donde una ardilla se transforma en
un ardiogro y una piña en una granada, donde un árbol que
es un troll gigante y un pájaro convertido en buitre
peludo les incordian como hicieran sus colegas de la escuela,
pero donde ellos pueden defenderse convenientemente, con la
ayuda de las libélulas-guerreros y refugiados en su
cabaña-castillo.
En su
simplicidad narrativa y con una puesta en escena convencional,
la propuesta de Csupo resulta eficaz como historia de una
relación juvenil, como la aproximación a unas mentes abiertas
que no quieren renunciar a su mundo interior y que descubren por
primera vez el amor, los celos o la amistad, la belleza de la
Naturaleza o de los cuadros de un museo, la humillación y hasta
la misma muerte. Funciona porque el guión prepara el terreno de
unos ambientes adversos con trazos nada rebuscados ni
artificiosos, porque la cámara sabe moverse en torno a ellos y
volar con sus travellings para crear una sensación de
libertad y fantasía, porque la banda sonora refuerza el clima
mágico, épico o cotidiano, porque los efectos de sonido nos
transportan a un ambiente de misterio, y porque la pareja
protagonista responde con frescura y sin excesos a unas
interpretaciones no muy complicadas pero bien asimiladas; en
concreto, sorprende gratamente la espontaneidad de la joven
AnnaSophia Robb, actriz con
gran futuro cuya mirada transmite la madurez de quien sabe
distanciarse y sobrevolar los escollos, junto a una calidez y
jovialidad envidiables. Frente a ellos, los secundarios quedan
perfilados con rasgos esquemáticos y escasa fuerza: unos padres
desdibujados, dos profesoras presentadas con actitudes y modos
maniqueos, y unos crueles compañeros de clase –por supuesto, de
composición multirracial– con los tópicos de la edad y los
habituales atropellos por parte de los alumnos de cursos
superiores.
Los animales
fantásticos están bien diseñados, especialmente las libélulas
convertidas en equipados guerreros al servicio del Reino; se
podría haber sacado más partido a tan variopinta creación de la
imaginación como aparece en la escena final, pero ése sólo era
el otro lado del puente, e interesaba más éste. La
transformación del árbol en troll y viceversa resulta
atractiva, mientras que las escenas de acción se resuelven con
agilidad y no ocultan su carácter introspectivo-inventivo en su
transición al mundo de lo real. El guión tiene sus arritmias
y recurre a puntos de giro fáciles que apuntan directamente al
sentimiento del espectador, pero consigue su objetivo y es
sincero en sus planteamientos.
Así, entre
las aguas de la realidad que se abren paso y el castillo
encantado de la imaginación, Jess y Leslie se plantean los
fundamentos de la vida, con una actitud abierta al hablar de la
existencia de Dios y de la fe –aunque siempre con el cariz
presbiteriano de la novelista–, del sentido de culpa y del
cultivo de la creatividad, con alusiones críticas del director
hacia una sociedad que se ahoga en lo material y en lo
superficial, con la televisión como gran "formadora" de la
juventud y padres que se ausentan en su cometido.
Película
intimista a medio camino entre "Mi chica" y "Las crónicas de Narnia: El león,
la bruja y el armario" (de los mismos productores que
ésta). Acierta el director al ponerse en el lugar de los jóvenes
protagonistas –siempre desde una óptica muy americana– con la
normal confusión de unos sentimientos aún por definir, entre la
amistad, el amor, la gratitud y la admiración, y que encuentran
un tercer vértice en la atractiva y amable profesora de música.
Y también en el deje nostálgico que queda en el espectador, con
el recuerdo de aquellos primeros y maravillosos descubrimientos.
El apunte trágico y el planteamiento de algunas cuestiones
vitales en el proceso de maduración, hacen que se convierta en
una cinta destinada en primer lugar a un público juvenil, capaz
de soñar y de levantarse tras los primeros reveses del Reino de
la Realidad.
Calificación:
    
Imágenes
de "Un puente hacia Terabithia" - Copyright ©
2007 Walt Disney Pictures, Walden Media y Hal Lieberman Company.
Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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