CRÍTICA
Leandro
Marques
Menos
deleite del esperado
Finalmente,
la película que soñó hacer el genial Stanley
Kubrick y que su amigo, el gran Steven
Spielberg, logró llevar a la pantalla
grande, no pudo estar ni cerca de la talla de
muchas de las obras con las que ambos directores
ya se aseguraron un inmortal lugar en la historia
del cine. Inteligencia Artificial (A.I) es
un multitemático filme que a través de un robot
capacitado para amar, interpretado magistralmente
por el chico que se hizo famoso por ver muertos
en Sexto
Sentido, Haley Joel Osment, repasa
humanísticas cuestiones como la sensibilidad, la
familia, la maldad, los sueños, el progreso y
los límites -si es que existen- entre el hombre
y la máquina.
Amo y
señor del mundo, el hombre, junto a su aliada la
ciencia, ya ha diseñado objetos para satisfacer
todas las necesidades cotidianas habidas y por
haber: desde los oficios de la casa hasta los
laborales y los dedicados al placer (como lo
demuestran avanzados modelos preparados para
hacer favores sexuales a los humanos). Sin
embargo, hay algo que aún no se ha inventado:
una máquina que sea capaz de dar amor. Así
surge el proyecto David (Osment). Gracias a
éste, una pareja cuyo hijo natural yace
congelado, al parecer eternamente, víctima de
una enfermedad incurable, reencuentra la alegría
de vivir al adoptar al niño robot.
Con ciertos
destellos que hacen recordar a la clásica novela
de Aldous Huxley, Un mundo
feliz, en la que una sociedad no de
máquinas pero sí de seres creados por sistemas
de incubación artificial rechaza y excluye al
"distinto" (allí lo era un ser humano
procreado a la "antigua") con sus
prejuicios y desconfianza, en AI es David
quien empieza a sufrir eso cuando Martín, el
hijo del matrimonio, se recupera y vuelve a la
casa sano y salvo. A partir de entonces, el
"meca" es despreciado por su familia y
finalmente abandonado por su amada madre en medio
de un bosque, desde donde comienza su angustiante
búsqueda de un hada madrina que, como a Pinocho,
pueda convertirlo en un niño de verdad para
poder reconquistar así el cariño materno.
Spielberg
establece la división del filme en tres
segmentos claramente diferenciables. Y si bien
logra generar lapsos de interesantes atmósferas
de tensión, éstos son entrecortados con
momentos totalmente intrascendentes, y todavía
peor, con situaciones de absurda tonalidad
hollywoodense (como el increíble hallazgo de un
mechón de pelo salvador, que posibilita la
reunión final entre David y su
"mami"). Por esos altibajos, fieles
reflejos de un guión no del todo sólido, la
cinta deambula sin encontrar nunca su mejor ritmo
ni su fluidez, y sin poder acaparar
definitivamente la atención a través de sus
escasos picos de intensidad.
Aunque son
varios los puntos para destacar, como algunos
momentos de ácida incomodidad, los efectos
especiales, la interesante estética de la
película (puesta en escena, fotografia,
iluminación), el brillante desempeño del niño
prodigio Osment, y la idea (casi tan escabrosa
como la de El planeta
de los simios) de un planeta Tierra ya
no dominado por humanos, la película con la cual
Spielberg quería rendir homenaje a Kubrick
-había sido él quien alguna vez le había
comentado la idea de hacerla-, no termina
siendo más que un discreto y a veces aburrido
entretenimiento. Sólo permite recordar
la invisible presencia del director de La
naranja mecánica en pequeños instantes
conceptuales, los mejores del filme, en los que
puede respirarse la espesa atmósfera de su cine.
Pero el notable realizador de E.T. prefirió
eclipsar esos pasajes otorgando a su cinta -al
fin y al cabo él la escribió, la coprodujo y la
dirigió- un tono esperanzador y mágico, como si
fuera un cuento de niños, que termina no
resultando tan movilizador.
Imágenes
de A. I. Inteligencia Artificial - Copyright ©
2001 Warner Bros., DreamWorks SKG, Amblin
Entertainment y Stanley Kubrick Productions.
Todos los derechos reservados.
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