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Estrenos 21 - 27 Sept 2001

A.I. Inteligencia Artificial
Mejor que el sexo

 

A.I. INTELIGENCIA ARTIFICIAL
(A.I. Artificial Intelligence)


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Dirección: Steven Spielberg.
País:
USA.
Año: 2001.
Duración: 145 min.
Interpretación: Haley Joel Osment (David Swinton), Jude Law (Gigolo Joe), Frances O'Connor (Monica Swinton), Sam Robards (Henry Swinton), Jake Thomas (Martin Swinton), Brendan Gleeson (Lord Johnson-Johnson), William Hurt (profesor Hobby), Jack Angel (voz original Teddy), Ben Kingsley (v.o. narrador), Robin Williams (v.o. Dr. Know).
Guión: Steven Spielberg; basado en una historia de Ian Watson a partir del relato de Brian Aldiss 'Supertoys last all summer long'.
Producción: Kathleen Kennedy, Steven Spielberg y Bonnie Curtis.
Música: John Williams.
Fotografía:
Janusz Kaminski.
Montaje: Michael Kahn.
Diseño de producción: Rick Carter.
Dirección artística: Richard L. Johnson, William James Teegarden y Tom Valentine.
Vestuario: Bob Ringwood.
Decorados: Nancy Haigh.

 

CRÍTICA

Tònia Pallejà

Artificial, mucho; inteligente, poco

Cuando se difundió la noticia de que Steven Spielberg se iba a encargar de dirigir un antiguo proyecto del fallecido Stanley Kubrick, muchos nos preguntamos cuál sería el resultado de esta compleja y arriesgada combinación entre dos mentalidades prácticamente opuestas: el generoso sentimentalismo de Spielberg y la cerebral gelidez de Kubrick, la demagogia de masas del primero y un cierto intelectualismo elitista del segundo; en definitiva, el choque entre la concepción cinematográfica de un director que revienta taquillas buscando la satisfacción del público por el camino más llano, y la de un director que rompe esquemas y que se contenta con satisfacerse a sí mismo. Pues bien, el resultado ha sido A.I., esta especie de híbrido artificial, despersonalizado, que no acaba de pertenecer ni a uno ni a otro, y que, por su naturaleza, sufre los mismos problemas de identidad y afecto que su niño androide protagonista. Claro que, como también es cierto aquello de que "el muerto al hoyo y el vivo al bollo", el pulso se acaba decantando en favor de Spielberg, este alquimista impaciente que tiene la envidiable habilidad de conseguir grandes ganancias vendiendo piezas de plomo con la deslumbrante apariencia del oro. No obstante, el "espíritu" de Kubrick lucha por abrirse paso en muchos momentos, y es entonces cuando A.I. consigue resultar más inquietante y despiadada. Pero sus lúcidos aciertos -la autoría de los cuales es a veces difícil de adjudicar- quedan diluidos en un todo irregular, confuso y sin cuerpo.

Se nota que, hasta cierto punto, Spielberg ha hecho un enorme esfuerzo de contención a lo largo de la película para no caer en su fatídica tendencia a la lágrima fácil, pero como un muelle que ha estado sujeto a presión en un cubículo de reducidas dimensiones, acaba expandiéndose con toda su fuerza reprimida y nos castiga con unos momentos finales de un patetismo crispante. A pesar de sus muchos detractores, nunca he considerado a Spielberg un mal director. Su composición de escenas y su manejo de la cámara es estudiadamente efectista, y la forma en que manipula las emociones del espectador, aunque obvia y repulsiva, no deja de resultar un logro. Este sentimentalismo acentuado que tiñe de melodrama todas sus cintas se ha convertido en una marca de la casa, una seña de identidad que hace reconocibles sus trabajos. El problema de A.I., o mejor dicho, uno de sus principales problemas, es que Spielberg ha escrito esta fábula futurista con un lenguaje que no es exactamente el suyo, con los excesos y también los recelos de un pulso inseguro que intenta agradar a todos -incluso a los difuntos- sin perder su personalidad, y que finalmente defrauda a la mayoría. Si a nivel técnico A.I. ha sido desarrollada de forma más o menos digna, es a nivel narrativo y conceptual donde resulta más inconsistente, pretenciosa e insípida. Se trata de un film poco brillante y previsible, que no comunica con el público y que apenas entretiene.

La película está formada por tres partes bien diferenciadas: En la primera, la historia se centra en la vida de David en casa de sus "padres adoptivos"; vemos como la presencia de esta nueva realidad mecánica se enfrenta a las situaciones más reales y cotidianas de un matrimonio que necesita sustituir su objeto de afecto, y como genera en ellos un dilema moral. La segunda parte es la más mágica y espectacular, no exenta de las peripecias típicas del cine de aventuras; es en esta búsqueda del Hada Azul, en compañía de Teddy y Gigolo Joe, donde se contraponen los sueños e ilusiones de David con la realidad menos amable de un planeta dividido entre humanos y robots. Por último, llega ese innecesario y prolongado final que tampoco pretendo desvelar, tan sólo señalaré que si algunos se quejaban del colofón burtoniano a El planeta de los simios, este otro tampoco tiene desperdicio, y además es muchísimo más largo y soporífero. Esta estructura tan marcada le resta solidez y continuidad a la historia, obligando al espectador a abruptos cambios de situación y registro. Uno tiene la sensación de que de forma independiente estos bloques argumentales podrían haber funcionado bien, o que al final de cada uno de ellos, sobre todo del segundo, tendría que haber concluido el metraje de la cinta.

Otro de los problemas de A.I. es que trata una amplia diversidad de temas que intenta reunir bajo el mismo relato, pero que al estar mal hilvanados, sólo consiguen añadir sobrepeso a una construcción no demasiado segura. Encontramos claros ecos ecologistas en una Tierra inundada por el mar debido al deshielo de los casquetes polares; tenemos a una sociedad -en la línea del mundo feliz de Aldous Huxley- con límites de procreación, que sustituye a las personas por robots; nos plantea el peligro de una civilización que puede llegar a ser dominada por los androides que, a diferencia de los humanos, no tienen necesidades fisiológicas ni conocen la muerte orgánica; introduce cuestiones éticas y morales acerca del amor y las responsabilidades que puede tener un humano hacia un robot; recoge una cierta reivindicación en torno a temas raciales o de discriminación ante estos seres artificiales diferentes; por último, nos enfrenta al problema de la identidad y la individualidad de un niño que quiere ser a la vez igual que los humanos que le rodean, pero único e irrepetible como robot y como persona.

A.I. plantea una ambiciosa cuestión filosófica y moral que queda desdibujada en su desarrollo y finalmente irresuelta. Spielberg pretende alzarse como una voz que sacuda nuestras consciencias, pero el film acaba reduciéndose a un diálogo consigo mismo en el que la autocompasión y la autocomplacencia rezuman por igual. Esta propuesta ideológica, expuesta de manera tan poco firme, tal vez hubiera resultado más turbadora desde el prisma distanciado de Kubrick que desde la emotividad gastada y la magia infantil de Spielberg, que fuerza al espectador a la lástima, y que es contraproducente, pues acaba generando reactancia.

Hay un último problema que afecta al grado de credibilidad y comprensión que suscita el protagonista de la película. Es cierto que David tiene una apariencia bastante más humana que una tostadora, pero no deja de ser un robot. Lo saben sus padres y lo sabe el espectador. David nunca crecerá, nunca morirá, en todo caso se romperá, y su risa nunca dejará de parecer sintética. El film alude al concepto de impronta para explicarnos la forma en que este niño androide es programado para amar. Esta impronta no es muy diferente de la que Konrad Lorenz descubrió en los patos y otras aves, y que hace que éstos, al nacer, identifiquen como su progenitor al primer objeto que se encuentre presente, se trate de su verdadera madre, su cuidador, el perro de la casa o un coche dirigido por control remoto. El afecto de David opera en un sentido similar, se establece en un periodo crítico y a partir de entonces actúa como una huella imborrable. Por eso resulta difícil reconocer como auténtico amor a este apego artificial, no condicionado e incondicional, que a nivel conductual puede parecer real pero que tiene un origen mecánico (en el caso de un ser vivo, genéticamente innato). De igual forma, su desamor por no ser correspondido apenas nos trasciende. En contraste, su lucha resulta más descorazonadora y cercana en los momentos en que David trata de delimitar su propia identidad, manteniendo ese difícil equilibrio entre la igualdad -la escena de las espinacas- y la diferencia respecto a los otros -cuando destruye a su réplica, otro David fruto de la cadena de montaje-.

En A.I., tenemos a tres personajes androides con diferente nivel de concienciación acerca de su naturaleza, y que paradójicamente es inversa al grado de implicación en su relación con los humanos. El de David es prácticamente nulo, es más, se rebela inútilmente contra su condición de robot. Sus emociones ciegan su parte más racional, pero tratándose de una máquina deberíamos decir más bien que ha sido programado específicamente para que su inteligencia emocional y su capacidad de metacognición sean mínimas, al igual que lo serían en un niño de verdad. Gigolo Joe, a pesar de su apariencia frívola, es consciente de su papel en el mundo, y trata de abrir los ojos a David, pero prefiere sumirse en la cómoda y estúpida rutina para la que ha sido diseñado. Por último, tenemos a Teddy, que por su aspecto de oso de peluche y por su función de juguete en el sentido más primitivo -los otros también lo son, claro está- podría parecernos el robot menos desarrollado de todos, pero la forma en que asume su condición, y su resignada lealtad hacia David, acaba siendo la actitud más inteligente y conmovedora de todas.

Un último apunte sobre el magnífico diseño de los faraónicos decorados, y sobre el cuidadoso tratamiento estético, tan acorde con el cuento de ciencia ficción que se nos presenta. También es de agradecer que por una vez los efectos especiales estén al servicio de la historia y no viceversa, aunque el impresionante despliegue de medios pueda servir para sazonar una historia tan insulsa.

Hay algunas secuencias que por su impacto visual rescataría de esta cinta. La Feria de la Carne, ese espectáculo tan genuinamente yanki, con resonancias de circo romano, y el desolador paisaje de un Manhattan destruido, en el que algunos encontrarán seguramente señales premonitorias, pero cuya visión despertó un revoloteo de risas en la sala de proyección.

A.I. es un producto más artificial que inteligente; no consigue ser la gran película que pretendió y se pierde en su propio mar de dudas.


Imágenes de A. I. Inteligencia Artificial - Copyright © 2001 Warner Bros., DreamWorks SKG, Amblin Entertainment y Stanley Kubrick Productions. Todos los derechos reservados.

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