CRÍTICA
Tònia
Pallejà
Artificial, mucho;
inteligente, poco
Cuando se
difundió la noticia de que Steven
Spielberg se iba a encargar de dirigir un
antiguo proyecto del fallecido Stanley
Kubrick, muchos nos preguntamos cuál
sería el resultado de esta compleja y arriesgada
combinación entre dos mentalidades
prácticamente opuestas: el generoso
sentimentalismo de Spielberg y la cerebral
gelidez de Kubrick, la demagogia de masas del
primero y un cierto intelectualismo elitista del
segundo; en definitiva, el choque entre la
concepción cinematográfica de un director que
revienta taquillas buscando la satisfacción del
público por el camino más llano, y la de un
director que rompe esquemas y que se contenta con
satisfacerse a sí mismo. Pues bien, el resultado
ha sido A.I., esta especie de híbrido
artificial, despersonalizado, que no acaba de
pertenecer ni a uno ni a otro, y que, por su
naturaleza, sufre los mismos problemas de
identidad y afecto que su niño androide
protagonista. Claro que, como también es cierto
aquello de que "el muerto al hoyo y el
vivo al bollo", el pulso se acaba
decantando en favor de Spielberg, este alquimista
impaciente que tiene la envidiable habilidad de
conseguir grandes ganancias vendiendo piezas de
plomo con la deslumbrante apariencia del oro. No
obstante, el "espíritu" de Kubrick
lucha por abrirse paso en muchos momentos, y es
entonces cuando A.I. consigue resultar
más inquietante y despiadada. Pero sus lúcidos
aciertos -la autoría de los cuales es a veces
difícil de adjudicar- quedan diluidos en un todo
irregular, confuso y sin cuerpo.
Se nota
que, hasta cierto punto, Spielberg ha
hecho un enorme esfuerzo de contención a lo
largo de la película para no caer en su
fatídica tendencia a la lágrima fácil,
pero como un muelle que ha estado sujeto a
presión en un cubículo de reducidas
dimensiones, acaba expandiéndose con toda su
fuerza reprimida y nos castiga con unos momentos
finales de un patetismo crispante. A pesar de sus
muchos detractores, nunca he considerado a
Spielberg un mal director. Su composición
de escenas y su manejo de la cámara es
estudiadamente efectista, y la forma en que
manipula las emociones del espectador, aunque
obvia y repulsiva, no deja de resultar un logro.
Este sentimentalismo acentuado que tiñe de
melodrama todas sus cintas se ha convertido en
una marca de la casa, una seña de identidad que
hace reconocibles sus trabajos. El problema de A.I.,
o mejor dicho, uno de sus principales problemas,
es que Spielberg ha escrito esta fábula
futurista con un lenguaje que no es exactamente
el suyo, con los excesos y también los recelos
de un pulso inseguro que intenta agradar a todos
-incluso a los difuntos- sin perder su
personalidad, y que finalmente defrauda a la
mayoría. Si a nivel técnico A.I.
ha sido desarrollada de forma más o menos digna,
es a nivel narrativo y conceptual donde resulta
más inconsistente, pretenciosa e insípida. Se
trata de un film poco brillante y previsible, que
no comunica con el público y que apenas
entretiene.
La
película está formada por tres partes bien
diferenciadas: En la primera, la historia se
centra en la vida de David en casa de sus
"padres adoptivos"; vemos como la
presencia de esta nueva realidad mecánica se
enfrenta a las situaciones más reales y
cotidianas de un matrimonio que necesita
sustituir su objeto de afecto, y como genera en
ellos un dilema moral. La segunda parte es la
más mágica y espectacular, no exenta de las
peripecias típicas del cine de aventuras; es en
esta búsqueda del Hada Azul, en compañía de
Teddy y Gigolo Joe, donde se contraponen los
sueños e ilusiones de David con la realidad
menos amable de un planeta dividido entre humanos
y robots. Por último, llega ese innecesario y
prolongado final que tampoco pretendo desvelar,
tan sólo señalaré que si algunos se quejaban
del colofón burtoniano a El
planeta de los simios, este otro
tampoco tiene desperdicio, y además es
muchísimo más largo y soporífero. Esta
estructura tan marcada le resta solidez y
continuidad a la historia, obligando al
espectador a abruptos cambios de situación y
registro. Uno tiene la sensación de que de forma
independiente estos bloques argumentales podrían
haber funcionado bien, o que al final de cada uno
de ellos, sobre todo del segundo, tendría que
haber concluido el metraje de la cinta.
Otro de los
problemas de A.I. es que trata una
amplia diversidad de temas que intenta reunir
bajo el mismo relato, pero que al estar mal
hilvanados, sólo consiguen añadir sobrepeso a
una construcción no demasiado segura.
Encontramos claros ecos ecologistas en una Tierra
inundada por el mar debido al deshielo de los
casquetes polares; tenemos a una sociedad -en la
línea del mundo feliz de Aldous
Huxley- con límites de procreación, que
sustituye a las personas por robots; nos plantea
el peligro de una civilización que puede llegar
a ser dominada por los androides que, a
diferencia de los humanos, no tienen necesidades
fisiológicas ni conocen la muerte orgánica;
introduce cuestiones éticas y morales acerca del
amor y las responsabilidades que puede tener un
humano hacia un robot; recoge una cierta
reivindicación en torno a temas raciales o de
discriminación ante estos seres artificiales
diferentes; por último, nos enfrenta al problema
de la identidad y la individualidad de un niño
que quiere ser a la vez igual que los humanos que
le rodean, pero único e irrepetible como robot y
como persona.
A.I.
plantea una ambiciosa cuestión
filosófica y moral que queda desdibujada en su
desarrollo y finalmente irresuelta. Spielberg
pretende alzarse como una voz que sacuda nuestras
consciencias, pero el film acaba reduciéndose a
un diálogo consigo mismo en el que la
autocompasión y la autocomplacencia rezuman por
igual. Esta propuesta ideológica,
expuesta de manera tan poco firme, tal vez
hubiera resultado más turbadora desde el prisma
distanciado de Kubrick que desde la emotividad
gastada y la magia infantil de Spielberg, que
fuerza al espectador a la lástima, y que es
contraproducente, pues acaba generando
reactancia.
Hay un
último problema que afecta al grado de
credibilidad y comprensión que suscita el
protagonista de la película. Es cierto que David
tiene una apariencia bastante más humana que una
tostadora, pero no deja de ser un robot. Lo saben
sus padres y lo sabe el espectador. David nunca
crecerá, nunca morirá, en todo caso se
romperá, y su risa nunca dejará de parecer
sintética. El film alude al concepto de impronta
para explicarnos la forma en que este niño
androide es programado para amar. Esta impronta
no es muy diferente de la que Konrad
Lorenz descubrió en los patos y otras
aves, y que hace que éstos, al nacer,
identifiquen como su progenitor al primer objeto
que se encuentre presente, se trate de su
verdadera madre, su cuidador, el perro de la casa
o un coche dirigido por control remoto. El afecto
de David opera en un sentido similar, se
establece en un periodo crítico y a partir de
entonces actúa como una huella imborrable. Por
eso resulta difícil reconocer como auténtico
amor a este apego artificial, no condicionado e
incondicional, que a nivel conductual puede
parecer real pero que tiene un origen mecánico
(en el caso de un ser vivo, genéticamente
innato). De igual forma, su desamor por no ser
correspondido apenas nos trasciende. En
contraste, su lucha resulta más descorazonadora
y cercana en los momentos en que David trata de
delimitar su propia identidad, manteniendo ese
difícil equilibrio entre la igualdad -la escena
de las espinacas- y la diferencia respecto a los
otros -cuando destruye a su réplica, otro David
fruto de la cadena de montaje-.
En A.I., tenemos a tres
personajes androides con diferente nivel de
concienciación acerca de su naturaleza, y que
paradójicamente es inversa al grado de
implicación en su relación con los humanos. El
de David es prácticamente nulo, es más, se
rebela inútilmente contra su condición de
robot. Sus emociones ciegan su parte más
racional, pero tratándose de una máquina
deberíamos decir más bien que ha sido
programado específicamente para que su
inteligencia emocional y su capacidad de
metacognición sean mínimas, al igual que lo
serían en un niño de verdad. Gigolo Joe, a
pesar de su apariencia frívola, es consciente de
su papel en el mundo, y trata de abrir los ojos a
David, pero prefiere sumirse en la cómoda y
estúpida rutina para la que ha sido diseñado.
Por último, tenemos a Teddy, que por su aspecto
de oso de peluche y por su función de juguete en
el sentido más primitivo -los otros también lo
son, claro está- podría parecernos el robot
menos desarrollado de todos, pero la forma en que
asume su condición, y su resignada lealtad hacia
David, acaba siendo la actitud más inteligente y
conmovedora de todas.
Un último apunte sobre el
magnífico diseño de los faraónicos decorados,
y sobre el cuidadoso tratamiento estético, tan
acorde con el cuento de ciencia ficción que se
nos presenta. También es de agradecer
que por una vez los efectos especiales estén al
servicio de la historia y no viceversa,
aunque el impresionante despliegue de medios
pueda servir para sazonar una historia tan
insulsa.
Hay algunas secuencias que por su
impacto visual rescataría de esta cinta. La
Feria de la Carne, ese espectáculo tan
genuinamente yanki, con resonancias de circo
romano, y el desolador paisaje de un Manhattan
destruido, en el que algunos encontrarán
seguramente señales premonitorias, pero cuya
visión despertó un revoloteo de risas en la
sala de proyección.
A.I.
es un producto más artificial que inteligente;
no consigue ser la gran película que pretendió
y se pierde en su propio mar de dudas.
Imágenes
de A. I. Inteligencia Artificial - Copyright ©
2001 Warner Bros., DreamWorks SKG, Amblin
Entertainment y Stanley Kubrick Productions.
Todos los derechos reservados.
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