CRÍTICA
Tònia
Pallejà
Crónica
de una muerte anunciada
Desde que Sean Penn hizo su
primera aparición en una película han pasado ya
varios años, y afortunadamente, a pesar de
algunos baches iniciales, su carrera como actor
parece haberse consolidado definitivamente sin
levantar ningún género de dudas. En cambio, su
faceta como director no ha dado hasta el momento
grandes frutos. Tras la fría acogida recibida
por Cruzando la oscuridad -también
protagonizada por Jack Nicholson-, nos
llega este nuevo trabajo del empeñado realizador
californiano, factible de caer en el olvido más
inmediato. Es posible que Sean Penn haya cometido
muchos errores a lo largo de su vida, además de
haber estado casado con Madonna. De El
juramento podría decirse que, sin llegar a
merecerse ocupar un lugar de honor entre su
colección de patinazos, tampoco se encontraría
entre la de sus aciertos.
Es verdad, uno ya sabía de antemano
que esta historia del veterano policía a punto
de jubilarse que se enfrenta a un último caso de
asesinato -con las habituales investigaciones,
dramas familiares y rencillas con los compañeros
de comisaría por medio- está más exprimida,
reaprovechada y caduca que un limón de la
Mirinda. A este trasnochado argumento, se viene a
añadir la no menos típica camarera de bar de
carretera -la señora Robin
Wright Penn-, a quien su exmarido pega alguna
que otra paliza de vez en cuando, y que debe
sacar su vida y la de su hija adelante sin la
ayuda de nadie. Y cómo no, por si alguien aún
no lo había adivinado, el policía, que no ha
tenido demasiada suerte con las mujeres, que
aunque algo obsesivo con su trabajo no deja de
ser buena persona, la acoge en su hogar sin
esperar obtener ningún favor sexual a cambio.
Pero como ella está tan sola como él, y le
conmueve su buena mano con la angelical criatura,
se la acaba llevando a la cama de todas formas.
Sin
embargo, no es menos cierto que, aunque fuera por
una simple cuestión de dignidad y de no tirar el
dinero a lo tonto -el de los productores y el del
público-, uno también esperaba que a pesar de
lo trillado de la trama, Penn habría sido capaz
de dar un nuevo enfoque a esta historia basada en
la novela de Dürrenmatt, más aún
cuando ya había sido adaptada con anterioridad
para el cine. Y en realidad lo ha hecho, pero su
resultado es de vago interés. Sean Penn nos
ofrece una película de perdedores, tan
contemplativa como lacónica -léase falta de
todo ritmo y emoción-, ausente de sí misma e
incluso desperdigada. Existe en ella, en
todo caso, una gran atención por los detalles,
tanto en la insistencia y el cuidado de sus
primeros planos como en la forma en que se van
relacionando las ideas a lo largo de su
desarrollo. Penn se atreve a jugar con la cámara
y el montaje de las secuencias, a asombrarnos con
un estilo narrativo nada enquilosado y consigue,
también, componer algunas escenas de manera
bastante efectista (el hallazgo del cadáver en
la nieve, la fiesta de jubilación de Black, el
momento en que comunica la noticia a los padres
de la víctima en la granja de pavos, su visita a
la residencia...). Pero todo se queda en un buen
intento fallido. Este lenguaje hipnótico,
enajenado, ayuda a crear ese tono pesimista y
desapacible de la cinta, pero por otra parte
aumenta la distancia, ya de por sí notable,
entre el espectador y la historia que se le
explica. Se nota que conceptualmente la idea ha
sido estudiada, tal vez por la propia base
literaria sobre la que se apoya, pero es en su
exposición donde pierde fuelle. Lo mejor de la
película es ese clima derrotista y desolado que
la envuelve y que consigue contagiar. Sean Penn
ambienta este tercer largometraje en una
norteamérica profunda y rural, desangelada,
aislada, devotamente religiosa, que roza la
insania.
Hay que decir que como
thriller la película no funciona. El suspense
que propone es prácticamente inexistente,
y después de mantener la generosa paciencia del
espectador hasta su final, ofreciéndole pistas
falsas hasta el último momento, nos lleva a una
resolución del enigma tan torpe como dudosa.
Porque si se trataba de ser originales, y de
original este final lo es un rato, tal vez
hubiera sido necesario cargar las municiones
desde buen principio. El problema es que como
drama, El juramento
tampoco da mucho más de sí. La intriga
criminal y la investigación policíaca pasan a
un segundo término en favor del proceso de
muerte vital -que no orgánica- de este policía
de oscuras motivaciones que acaba confundiendo su
trabajo con su vida privada de forma algo
atípica. El descenso a los infiernos de la
locura de un hombre que no sabemos muy bien si se
encuentra en su sano juicio o que simplemente
lleva su tenacidad a extremos insospechados, pero
que acaba perdiendo su prestigio profesional a
pesar de que seguía la pista correcta.
Como suele
pasar con la mayor parte de actores que deciden
ponerse tras la cámara, Sean Penn
concede una especial importancia al trabajo
interpretativo de su reparto, lleno de estrellas
y caras conocidas, desde los principales a los
secundarios. Y a pesar de que su
recreación de estos desabridos personajes es
excelente, Penn no llega a sacarles todo su jugo,
no es capaz de atrapar su alma. Jack Nicholson
deja de lado sus registros más mordaces e
irreverentes, y encara a este solitario y
lúgubre policía en un trabajo sobrio, pero
magnífico en su contención, sin precedentes en
su trayectoria. Robin Wright ofrece un aspecto
poco habitual en este film, lejos de su imagen de
mujer atractiva, pero con la misma doble carga de
fragilidad y dureza que acostumbra a transmitir. Benicio del
Toro resuelve de forma impecable al
indio deficiente mental que se declara culpable
del crimen, y Vanessa Redgrave, en su
pequeño papel como abuela de la niña asesinada,
aunque espléndida, no sobresale más que la
punta de un iceberg. No resulta menos curioso
tampoco que Mickey Rourke, en su
brevísima intervención, tal vez dé en esta
película lo mejor de sí mismo.
Imágenes
de El juramento - Copyright © 2001 Franchise
Pictures, Warner Bros., Pledge Productions,
Morgan Creek Productions y Clyde Is Hungry
Productions. Todos los derechos reservados.
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